El crecimiento del iliberalismo —presente tanto en liderazgos personalistas como en la erosión de la confianza institucional— coincide con un país cansado de los proyectos refundacionales y de la polarización permanente. Este escenario abre una oportunidad para reconstruir acuerdos amplios y responder con soluciones concretas a los problemas que más afectan la vida cotidiana, desde la seguridad hasta la salud pública.
Por Hugo Cox.- “Dime con quién andas y te diré quién eres”, se encuentra en El Quijote Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes.
El significado de este refrán indica, al menos, dos elementos que deben considerarse: el primero es la Influencia directa, es decir, las personas con quienes se comparte influyen directamente en la forma de pensar y de ser; el segundo es que es un reflejo de los valores, pues lo que uno cree y a lo que aspira se reflejan en las compañías que uno elige.
En síntesis, el refrán muestra cómo las compañías moldean la identidad personal.
El presidente electo, José Antonio Kast, ha realizado algunas giras al exterior y, en ellas, se ha reunido con personas que desprecian la democracia liberal. Esas figuras iliberales son: Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Viktor Orbán en Hungría, Santiago Abascal en España (Vox) y Giorgia Meloni en Italia, admiradora de Donald Trump.
Como se puede observar, su gira es, en términos prácticos, la demostración de su ideología, que en la campaña presidencial ocultó permanentemente.
Por otra parte, dos dirigentes del Partido Comunista declararon que quien milita en el partido no puede perder la perspectiva de la “construcción socialista” y debe solidarizar siempre con Cuba, país que —según ellos— es agredido por el “imperialismo”.
En esas dos acciones están los caminos que, más que buscar la construcción de un “nosotros”, profundizan el conflicto que polariza a la sociedad, porque ambos sectores desean imponer sus formas e ideas, creyéndose iluminados que piensan por los demás.
Pero como el presidente electo gobernará los próximos cuatro años, y es en esencia un iliberal, cabe preguntarse qué significa ser iliberal en Chile.
El iliberalismo en Chile
El concepto de iliberalismo ha cobrado relevancia en los últimos años, alejándose de las categorías tradicionales de “izquierda” o “derecha”. Ser iliberal no significa necesariamente ser antidemocrático (en el sentido de no querer votar), sino cuestionar los límites e instituciones que protegen las libertades individuales y el pluralismo.
- Cuestionamiento a la democracia liberal
La democracia liberal se basa en el equilibrio de poderes, el respeto a las minorías, autonomía de instituciones como el Banco Central o el Poder Judicial. Una postura iliberal suele ver estas estructuras como obstáculos que impiden cumplir la “voluntad del pueblo”.
- Manifestaciones en el espectro político
Lo curioso del iliberalismo chileno es su transversalidad. En la derecha se expresa como deseo de “mano dura” y orden por encima de procesos judiciales garantistas. Se prioriza la seguridad nacional o los valores tradicionales, cuestionando tratados internacionales de derechos humanos si estos “frenan” la acción del Estado.
En la izquierda, en cambio, se observa en el cuestionamiento a los “cerrojos” constitucionales o a los tratados comerciales, bajo la idea de que las instituciones de élite impiden transformaciones sociales profundas.
- Características clave del perfil iliberal
El iliberalismo se expresa a través de un marcado personalismo, una preferencia por líderes fuertes o supuestos “mesías” que prometen soluciones rápidas sin pasar por los procedimientos deliberativos del Congreso. A esto se suma una polarización constante, que divide a la sociedad entre “nosotros” y “ellos”, oponiendo al “pueblo” frente a “la casta”, “los políticos” o “los poderosos”. Finalmente, aparece una profunda desconfianza institucional, basada en la idea de que los organismos autónomos no son garantes del bien común, sino herramientas de las élites para mantener el statu quo.
¿Por qué crece el iliberalismo en Chile?
Chile pasó de ser un modelo de estabilidad a un escenario de alta incertidumbre. Cuando la ciudadanía siente que la democracia no resuelve problemas básicos —seguridad, salud, pensiones— surge la tentación de apoyar soluciones que ignoran las “formas” liberales en favor de resultados inmediatos.
Pero es importante comprender que ser iliberal no es lo mismo que ser dictatorial o autoritario. Muchos líderes iliberales ganan elecciones legítimas, pero luego erosionan los contrapesos que limitan su autoridad.
El péndulo político se alimenta de los extremos. Cuando los partidos de centro se debilitan, las propuestas se vuelven blanco o negro.
La solución pasa por reconstruir el equilibrio político, y para ello se requieren reformas que fortalezcan la formación de coaliciones amplias, reduzcan la fragmentación y eviten que el sistema premie el conflicto permanente como forma de obtener visibilidad.
El panorama, sin embargo, muestra señales mixtas. Por un lado, la polarización en redes sociales y en el Congreso sigue siendo intensa, lo que continúa privilegiando el grito por sobre el consenso. Pero, al mismo tiempo, tras dos procesos constitucionales fallidos —uno impulsado desde la izquierda y otro desde la derecha— se percibe una fatiga ciudadana frente a los extremos.
Esa “fatiga refundacional” abre una oportunidad real para avanzar hacia un camino de mayor equilibrio.
En resumen, superar el péndulo no significa que todos piensen igual, sino que todos acepten las mismas reglas del juego. Chile ya lo logró en los años 90 con relativo éxito; el desafío actual es actualizar esas reglas para incluir la dignidad social que la ciudadanía exige.
Pero para avanzar, es indispensable un programa básico que aborde los problemas más urgentes —listas de espera, violencia, criminalidad, narcotráfico—. Cuando la calidad de vida mejora, es posible reconstruir el equilibrio social.

