La plebe colonial, lejos de ser un grupo marginal, fue el motor económico y social de la época, mientras la élite desplegaba un disciplinamiento implacable que buscó controlar, vigilar y castigar a quienes sostenían con su trabajo el orden colonial.
Por Juan Medina Torres.- En la colonia, los plebeyos constituían la mayoría de la población y abarcaban diversos grupos sociales —artesanos, campesinos, comerciantes y trabajadores urbanos— que no pertenecían a la élite social ni a la nobleza. Su vida diaria estaba marcada por el trabajo y la búsqueda del sustento, participando en actividades económicas y sociales diversas dentro de las estructuras coloniales.
Alberto Flores Galindo, en su obra Los rostros de la plebe, sostiene que lo que definía a la plebe no era únicamente la “ignorancia”, el mestizaje, la penuria económica o la carencia de un oficio definido, sino, ante todo, el hecho elemental de no tener esclavos. A estas características —compartidas por otros autores— agrega ser explotado económicamente y reprimido política y policialmente, no tener residencia fija, no ser “limpio de sangre”, estar biológicamente mezclado y no ser hidalgo.
Por su parte, el historiador Leonardo León Solís, en Plebeyos y patricios en Chile colonial, 1750‑1772. La gesta innoble, señala que ser plebeyo significaba pertenecer al “común” o pueblo llano, diferenciándose de la élite blanca (noble o hidalga). Luego clasifica a la plebe según:
- Razas: mestizos, negros, zambos e indios.
- Componentes socio‑espaciales: hombres y mujeres pobres, marineros desertores, chinas, madres de huachos.
- Ocupaciones: vendedores ambulantes, pulperos, entre otros.
- Repertorios de acción colectiva: hurtos, pleitos, acciones contra la propiedad.
- Transacciones socioculturales: alcohol, tabaco, juegos.
- Espacios de sociabilidad: pulperías, cuartos, zaguanes, bodegones.
- Movilidad popular: mineros, jornaleros, peones, “cañones”, indios de encomienda.
En suma, todo aquello que la narrativa de la época calificó como “ociosos, vagabundos e incorregibles”, “delincuentes” y “malentretenidos”.
Para disciplinar a la plebe operaba la élite colonial, que controlaba la tierra, los recursos y el comercio, funcionando bajo una lógica estrictamente jerarquizada y disciplinaria. El control social se ejercía mediante la casta, la religión y el trabajo forzado, con el objetivo —como plantea Michel Foucault— de producir individuos “útiles pero obedientes” a través de la vigilancia constante.
Un ejemplo de ello es Luis Manuel de Zañartu, corregidor de Santiago (1762‑1782), quien impuso un régimen autoritario para disciplinar principalmente a la plebe. El historiador Francisco Antonio Encina señala que los únicos medios que tuvo Zañartu para cristalizar su objetivo fueron “los azotes, los grillos y los trabajos forzados”.
La historiadora Alejandra Araya Espinoza, en Ociosos, vagabundos y malentretenidos en Chile colonial, cita un expediente donde Zañartu afirmaba que “las pulperías son la perdición de todos”, pues los peones gastaban allí su salario en alcohol, abandonando sus labores y generando retrasos en las faenas. Para él, la plebe era “sin vergüenza ni honra”, un juicio que revela la mirada moralizante y disciplinaria de la élite.
Entre las medidas utilizadas para el disciplinamiento social estaban los castigos corporales, caracterizados por su violencia física y su carácter público. Los azotes, la picota, el cepo y la tortura eran comunes para amedrentar a la población. El objetivo era la humillación pública del reo, realizada en plazas o lugares transitados para que la pena sirviera de escarmiento.
Los métodos más frecuentes incluían:
- Azotes: aplicados con látigos o varas (“la disciplina”).
- Cepo y picota: instrumentos de madera para inmovilizar y exhibir a los infractores.
- Trabajos forzados: los reos eran destinados a obras públicas; la construcción del puente de Cal y Canto es un ejemplo emblemático.
Sin embargo, pese a las calificaciones negativas que predominan en la narrativa de la época, es necesario reconocer que la plebe fue esencial para el funcionamiento económico colonial: constituía la mano de obra indispensable para los proyectos de desarrollo y para la reproducción material del orden social.

