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Lectura: Edgar Morin: humanista y educador
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Filosofía

Edgar Morin: humanista y educador

Última actualización: 5 de junio de 2026 11:23 am
11 minutos de lectura
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edgar morin
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El filósofo Rogelio Rodríguez reflexiona sobre el legado intelectual de Edgar Morin y su llamado urgente a repensar la educación: frente a una enseñanza fragmentada que separa saberes y apaga la curiosidad, Morin propone una reforma que integre disciplinas, fomente el pensamiento crítico y recupere la solidaridad social.

Por Rogelio Rodríguez Muñoz.- Ha fallecido, el 29 de mayo de este año, el filósofo y sociólogo francés Edgar Morin, una de las voces más influyentes de la intelectualidad contemporánea, a la edad de 104 años. A modo de póstumo homenaje, quiero referirme aquí a algunos aspectos de su teoría de la educación, los que considero muy valiosos de atender en nuestros días y en nuestro medio.

Con motivo de una solicitud de la UNESCO, en el marco del proyecto transdisciplinario “Educación para un futuro sostenible”, Morin expresó en la publicación de su obra Los siete saberes necesarios para la educación del futuro  los principios que consideró claves para la preparación de estudiantes con espíritu inquisitivo, solidario y ético, necesarios para nuestras sociedades.

Uno de estos saberes reza así: “Promover un conocimiento capaz de abordar problemas globales en toda su complejidad, evitando la actual supremacía de un conocimiento fragmentado según disciplinas que impide vincular las partes con las totalidades”. Pienso que es importante razonar al respecto, relacionando este saber con una sólidamente establecida dimensión educativa de nuestro sistema de enseñanza básica y media: la estructura fragmentaria de los contenidos que se entregan a nuestros estudiantes a través de las diversas asignaturas.

¿Pueden nuestros alumnos percibir alguna conexión entre los contenidos disímiles que reciben, escindidos en distintas asignaturas? ¿Pueden comprender cómo se vinculan, por ejemplo, las materias que aprenden en Historia con las ideas que les son enseñadas en Biología, Lenguaje o Matemáticas? ¿Qué enlaza lo que es impartido por el profesor de Química con lo que imparte el docente que le sucede en la siguiente hora de clases, sea de Filosofía, de Física  o de Inglés?

Lo que estudian nuestros alumnos tiene una estructura fragmentaria; aparece como un montón de contenidos sin relación entre sí, como un mero agregado de materias. Entre unas asignaturas y otras hay separación; ante la ausencia de una relación orgánica entre unas asignaturas y otras, cada disciplina se entrega a una reacción de aislamiento, se cierra rechazando la búsqueda de puentes de comunicación y se vuelve compartimentada.

“Hay una inadecuación cada vez más amplia, profunda y grave por un lado entre nuestros saberes desunidos, divididos, compartimentados y por el otro, realidades o problemas cada vez más polidisciplinarios, transversales, multidimensionales, transnacionales, globales, planetarios”, señala Edgar Morin.

Podemos servirnos de imágenes para abordar el fenómeno. Supongamos un carro de supermercado lleno de mercaderías diversas; el contenido es un conjunto de cosas que están reunidas por mera agregación. Nada hay, fuera de las paredes del carro que las encierra, que las ligue necesariamente. Sumadas, estas cosas no son nada diferente de lo que cada una es por separado.

Otra imagen: el cuerpo humano, del que se dice apropiadamente que es un organismo. Consiste en una diversidad de órganos que guardan entre sí una relación necesaria para subsistir; al cumplir cada uno su determinada función, el organismo entero existe y se mantiene. El cuerpo humano es una unidad orgánica, no un mero conjunto de cosas agregadas accidentalmente.

Mientras el organismo humano es una “unidad de diferencias”, el montón de mercaderías en el carro de supermercado no constituye una unidad. Se puede sacar un producto y nada se altera: ni el carro ni ese producto ni las mercaderías que quedan dentro. Pero en el caso del cuerpo humano ninguna parte del organismo puede ser extraída sin que corra el riesgo de que deje de ser y sin que ponga en peligro, inmediatamente, al organismo mismo. Esto prueba la intrínseca necesidad de la relación de sus diferentes partes.

Con nuestros modelos de enseñanza escolar se procede como creyendo que basta con amontonar arbitrariamente en un envase —un carro de supermercado escolar— un montón de disciplinas dispersas que se entregan en compartimentos estancos, de lunes a viernes y en un horario determinado, para formar a los estudiantes en los conocimientos que el programa establece. Así, la mente de cada alumno es obligada a comportarse también a la manera del carro de supermercado: un envase en que se meten diversidad de cosas, sin atender a ninguna posible relación entre esos diversos contenidos.

Morin plantea la necesidad de una reforma de pensamiento. Y, en verdad, es necesario organizar de otro modo el conocimiento para salir de nuestra enseñanza basada en la “mentalidad del carro de supermercado”; hay que transformarla en un modelo orgánico de entrega del saber (a la imagen del cuerpo humano). Por lo pronto, una enseñanza como la que hoy tenemos arroja una contradicción entre esta entrega inorgánica y fragmentaria del saber, por un lado, y, por otro, la intención verbalmente declarada de nuestra educación de desarrollar en nuestros alumnos necesarios hábitos de crítica, coherencia y reflexión.

Nuestros métodos de enseñanza, habituados a una entrega de contenidos compartimentados, responden a una visión mecanicista de la realidad que disgrega las organizaciones complejas en sus elementos parciales. El mecanicismo es una concepción analítica de la realidad, desbordada por un desarrollo del saber que implica hoy enfoques inter y multidisciplinarios. Efectivamente, como indica Morin, el fenómeno de la especialización en las disciplinas científicas y en las humanidades “quebranta los contextos, las globalidades, las complejidades.

Por esta razón enormes obstáculos se han acumulado para impedir el ejercicio del conocimiento pertinente en el seno mismo de nuestros sistemas de enseñanza”; sin embargo, actualmente otro fenómeno se torna característico en el avance de las ciencias y él también lo reconoce denominándolo “polidisciplinario”: los contactos de las ciencias más allá de las fronteras que hasta ahora guardaban celosamente, las investigaciones llevadas a efecto conjuntamente entre múltiples disciplinas.

También asevera Morin que la filosofía tiene un rol relevante al respecto, pero que lamentablemente no cumple: “La filosofía que es, por naturaleza, una reflexión sobre todos los problemas humanos se volvió un campo encerrado en sí mismo. Los problemas fundamentales y los problemas globales son evacuados de las ciencias disciplinarias. Solo son protegidos por la filosofía pero dejan de alimentarse de los aportes de las ciencias”.

En efecto, el problema de la estructura fragmentaria del saber que enfrentan nuestros estudiantes adopta, en primer lugar, la fisonomía de un tema de teoría del conocimiento o, incluso, de filosofía de las ciencias. Por tanto, sugiero que es la asignatura de Filosofía la más estrechamente implicada para decir una palabra sobre la ausencia de unidad sistemática en el saber de las diferentes asignaturas. Pero el mismo programa de Filosofía para la enseñanza media —que otorga una muy escasa dedicación a los tópicos de filosofía de las ciencias— impide que esta disciplina intelectual se haga cargo del fenómeno.

La filosofía se encierra en sí misma, como dice Morin, despreocupándose de los resultados del creciente desarrollo científico y eludiendo reiteradamente su compleja relación con las ciencias. Estos mecanismos de autoafirmación y aislamiento de la filosofía respecto de las ciencias no son privativos de la enseñanza de esta disciplina en la enseñanza media, sino que se revelan también —hay que decirlo aunque sea de pasada— en muchos ámbitos de la enseñanza universitaria de la filosofía.

Edgar Morin aboga por una educación que estimule el empleo total de la inteligencia general y que ejercite, en vez de extinguir, la facultad de la curiosidad en los estudiantes. Efectivamente, un espíritu curioso estimula una mente abierta, una inteligencia despierta. El mañana necesita mentes así preparadas, que contextualicen los saberes, integrándolos a sus conjuntos globales. Porque este autor ve un riesgo en las mentes reduccionistas y compartimentadas, forjadas por una enseñanza fragmentaria, que va más allá de lo meramente intelectual: “El debilitamiento de la percepción de lo global conduce al debilitamiento de la responsabilidad (cada uno se responsabiliza sólo de su tarea especializada) y al debilitamiento de la solidaridad (ya nadie siente vínculos con sus conciudadanos)”.

Así, pues, debemos empujar por una transformación de nuestro sistema educacional, para que de nuestras aulas salgan jóvenes con espíritu inquisitivo, deseosos de seguir aprendiendo y capaces de comprender las complejidades y los contextos globales y multidimensionales de las realidades de nuestro tiempo. Porque ellos serán también responsables y solidarios frente a los problemas de su entorno y no fomentarán actitudes individualistas en la convivencia social.

Rogelio Rodríguez Muñoz es licenciado en Filosofía y Magíster en Educación, U. de Chile; académico de la USACH y de la Universidad Mayor

ETIQUETADO:Edgar MorineducaciónFilosofía
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