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Lectura: El Imperio redescubre el arancel
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Opinión

El Imperio redescubre el arancel

Última actualización: 9 de agosto de 2026 11:33 am
7 minutos de lectura
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imperio arancel eeuu
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La ofensiva arancelaria del imperio con capital en Washington revela el ocaso del viejo dogma del libre comercio: mientras EEUU levanta muros para proteger su industria, China consolida cadenas de valor globales que ya no tienen competencia. El mundo cambia de reglas y la geopolítica económica se reescribe sin pedir permiso.

Por Miguel Mendoza Jorquera.- Durante décadas, desde los púlpitos de Washington se predicó el libre comercio con la solemnidad de un dogma revelado. A los países en desarrollo —con Chile como alumno especialmente aplicado— se les enseñó, citando al economista clásico británico David Ricardo (1772-1823) y su teoría de la ventaja comparativa, que la apertura irrestricta era el único camino racional hacia la prosperidad. Chile tomó apuntes con una devoción que habría enorgullecido a Calvino: privatizó, liberalizó, firmó TLC tras TLC, y desde 2015 dejó circular con Estados Unidos casi todo su comercio de bienes sin un solo arancel.

Las reglas, sin embargo, resultan sagradas solo mientras el marcador favorece al predicador.

En julio de 2026, Washington aplicó a Chile una sobretasa del 12,5%, invocando la Sección 301 y una supuesta insuficiencia regulatoria chilena para bloquear importaciones de terceros países elaboradas con trabajo forzoso. No se acusó a Chile de exportar nada irregular: se le culpó de no vigilar lo suficiente el comercio ajeno según criterios propios de Washington. Es una construcción jurídica de una elegancia casi barroca: culpable no por lo que hace, sino por lo que Washington sospecha que podría no estar impidiendo que haga otro.

Eso sí, cobre y litio quedaron exentos. El sermón moral, como siempre, termina justo donde empieza la cadena de abastecimiento.

Conviene recordar, además, que Estados Unidos nunca fue una criatura genuinamente librecambista. Alexander Hamilton pedía aranceles protectores en 1791; la industrialización del siglo XIX creció detrás de murallas aduaneras; Smoot-Hawley en 1930 fue puro proteccionismo con corbata. Washington solo se hizo apóstol del libre comercio después de 1945, cuando su superioridad industrial le garantizaba ganar cualquier partido jugado con reglas abiertas. No fue conversión filosófica: fue cálculo. Y cuando el cálculo dejó de favorecerlo, el dogma se volvió negociable.

Llamar a esto una réplica exacta de la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) sería impreciso: la ISI impulsada por la CEPAL —la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la ONU— nació de la Depresión y buscaba autonomía productiva del Sur Global. Lo de hoy es su primo gringo: sustitución selectiva, con uniforme de “seguridad nacional”, subsidios, compras públicas y presión para repatriar fábricas. No es la ISI de Prebisch. Es Prebisch con gorra MAGA y autorización presidencial para cobrar en la aduana.

La ofensiva no perdona ni a los aliados más leales. Japón y Corea del Sur, atrapados en la misma sobretasa, reciben además la tenaza china: mientras Washington les exige mudar sus fábricas, Beijing les come el mercado desde el otro lado con cadenas de suministro que ya no tienen competencia real. China concentra hoy cerca del 70% de la producción mundial de autos eléctricos y más del 80% de las celdas de batería. No domina el ensamblaje: domina la cadena entera, desde el litio hasta el software.

Europa es el capítulo más patético del libro. Mientras Alemania perfeccionaba el motor de combustión con la seguridad de quien cree que el mundo espera su próxima generación de sedanes, China construía en paralelo un ecosistema completo de electromovilidad. La UE reaccionó con aranceles compensatorios de hasta 35,3% a SAIC —defensa tardía que no repone dos décadas de ventaja perdida. Volkswagen prevé recortar 50 mil empleos en Alemania hacia 2030. El liderazgo heredado, resulta, no es una estrategia industrial.

Y aquí llegamos al chiste negro de toda esta historia: es Xi Jinping, secretario general de un partido que sigue llamándose comunista, quien hoy defiende con más convicción que nadie la apertura comercial, las cadenas globales de valor y la competencia sin barreras —mientras la meca histórica del libre mercado se atrinchera detrás de aranceles, subsidios y proteccionismo de manual. El neoliberalismo, tal como lo conocimos, esa fe en el mercado libre y el Estado mínimo que Washington exportó al mundo entero, agoniza precisamente en la casa de sus fundadores. Milton Friedman debe estar revolcándose en su tumba viendo cómo Beijing cita a Adam Smith con más soltura que la Casa Blanca.

El arancel, mientras tanto, es la herramienta política perfecta: se anuncia en una tarde, suena a defensa del trabajador y no exige construir nada. La Reserva Federal ya documentó que esos costos terminan, como siempre, en el consumidor estadounidense. Un arancel compra tiempo. No garantiza que alguien lo use bien.

Washington levanta muros; China construye puertos —el de Chancay, operativo desde noviembre de 2024, conecta ya a Sudamérica directamente con Asia. Unos discuten cómo cerrar mercados; otros construyen la infraestructura por la que circulará el comercio de las próximas décadas.

Esa es la ironía final del gran trastrueque: Washington enseñó al mundo a confiar en el mercado, y cuando el mercado empezó a hablar con acento mandarín, decidió que ya no hablaba en serio. Una tarifa aduanera no es una fábrica. Un decreto no es una cadena de suministro. Y un muro arancelario, por alto que sea, no reemplaza la simple y vieja capacidad de competir.

Miguel Mendoza Jorquera – MBA.

ETIQUETADO:aranceleseeuuimperio
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