En After Woke, Jens Balzer examina las contradicciones de una sensibilidad que nació para combatir la injusticia, pero que se convirtió en dogma. Una reflexión sobre identidad, libertad de expresión y los límites de la nueva moral política.
Por ElPensador.io.- Hay libros que aparecen cuando una discusión ya está instalada y otros que llegan cuando esa discusión comienza a mostrar signos de agotamiento. After Woke, del ensayista y periodista cultural alemán Jens Balzer, pertenece a esta segunda categoría.
No se trata simplemente de otro libro contra lo “woke”, ni tampoco de una defensa nostálgica de un mundo anterior a las discusiones sobre discriminación, identidad, género o diversidad. Su interés está precisamente en intentar comprender qué ocurre cuando determinadas ideas emancipadoras, después de conquistar espacios relevantes de la cultura occidental, comienzan a enfrentarse a sus propias contradicciones.
Balzer parte de una constatación que resulta difícil ignorar: el fenómeno que conocemos como woke ya no puede entenderse únicamente como una corriente política nacida en determinados sectores de la izquierda estadounidense. Se transformó en una sensibilidad cultural mucho más amplia, capaz de influir en universidades, empresas, medios de comunicación, instituciones públicas, industrias culturales y redes sociales.
La palabra, originalmente asociada a la idea de permanecer “despierto” frente a las injusticias y particularmente frente al racismo, adquirió con el tiempo un significado mucho más amplio. Pasó a representar una determinada manera de interpretar las relaciones sociales: prestar atención a las estructuras de poder, identificar formas explícitas y sutiles de discriminación y reconocer la existencia de grupos históricamente marginados.
Hasta aquí, resulta difícil encontrar algo objetable.
El problema comienza cuando una sensibilidad legítima para reconocer injusticias se transforma en un sistema cerrado de interpretación, donde determinadas categorías identitarias adquieren una importancia tan grande que terminan subordinando cualquier otra consideración.
Y ese es uno de los puntos más interesantes del análisis de Balzer.
Cuando la emancipación se transforma en vigilancia
Toda cultura política tiene una paradoja. Aquello que comienza como una herramienta para cuestionar el poder puede terminar construyendo nuevas formas de poder.
Las grandes tradiciones emancipadoras de la modernidad nacieron precisamente de la sospecha frente a las jerarquías establecidas. El liberalismo, por ejemplo, cuestionó los privilegios heredados; el movimiento obrero desafió la explotación económica; el feminismo denunció la subordinación de las mujeres; las luchas contra el racismo combatieron sistemas de discriminación; los movimientos por los derechos civiles ampliaron la noción de ciudadanía.
La historia del progreso social es, en buena medida, la historia de grupos que consiguieron convertir una experiencia particular de injusticia en una demanda universal de derechos.
El riesgo aparece cuando esa lógica se invierte.
Cuando la identidad se convierte en el principal criterio para determinar quién puede hablar, quién puede opinar y quién posee legitimidad para intervenir en una discusión, la sociedad deja de organizarse alrededor de derechos compartidos y comienza a hacerlo alrededor de posiciones identitarias.
El resultado puede ser paradójico: en nombre de la inclusión se construyen nuevas exclusiones.
Balzer resulta particularmente interesante porque no plantea que las reivindicaciones asociadas al movimiento woke sean simplemente falsas o innecesarias. Su preocupación es otra: ¿qué sucede cuando la voluntad de corregir injusticias produce nuevas formas de dogmatismo? La pregunta merece ser tomada en serio.
La moralización de la conversación pública
Uno de los efectos más visibles de esta transformación se encuentra en la manera en que discutimos. La discrepancia política siempre ha existido. Lo novedoso es la creciente tendencia a transformar determinadas diferencias de opinión en diferencias morales.
Ya no basta con considerar que alguien está equivocado. Puede ser necesario demostrar que es una mala persona.
Esta transformación es fundamental para comprender la actual polarización política. Cuando una opinión es considerada moralmente ilegítima, deja de ser objeto de discusión y comienza a ser objeto de condena. Las redes sociales aceleraron enormemente este fenómeno.
Un comentario de pocos segundos puede convertirse en evidencia de supuestos prejuicios personales. Una frase extraída de contexto puede circular durante días. Una equivocación puede adquirir una dimensión pública desproporcionada. Y una persona puede pasar rápidamente de ser un interlocutor a convertirse en un objetivo colectivo.
En ese ambiente, la autocensura aparece como una consecuencia inevitable. No necesariamente porque exista una prohibición formal de hablar, sino porque el costo social de equivocarse puede ser demasiado alto.
La cultura de la cancelación representa, en este sentido, una transformación importante de la antigua censura. No requiere necesariamente que el Estado prohíba una expresión. Puede funcionar mediante presión social, pérdida de reputación, exclusión laboral, campañas digitales o intimidación simbólica.
La paradoja es evidente: una sociedad que dispone de más libertad formal para expresarse puede desarrollar, simultáneamente, mecanismos sociales cada vez más eficaces para desalentar determinadas expresiones.
El problema de convertir la identidad en destino
Otro aspecto relevante del debate que plantea After Woke es la creciente centralidad de la identidad.
Durante buena parte de la modernidad, la política emancipadora buscó precisamente disminuir la importancia de determinadas categorías de origen. La idea de ciudadanía moderna suponía que una persona debía ser reconocida como individuo ante la ley independientemente de su religión, sexo, origen social o ascendencia.
La nueva política identitaria introduce una lógica diferente. La experiencia personal adquiere una importancia política extraordinaria. Ser miembro de un determinado grupo puede otorgar una perspectiva considerada especialmente legítima sobre determinados asuntos.
Existe aquí una verdad que no debería ser descartada: las experiencias sociales efectivamente importan. Una persona que ha experimentado discriminación posee conocimientos que alguien que nunca la ha sufrido probablemente no tiene.
Pero reconocer el valor de la experiencia no significa convertirla en monopolio de la verdad. Ese límite es fundamental.
Una sociedad democrática necesita permitir que las personas hablen desde su experiencia, pero también necesita permitir que otros puedan cuestionar sus interpretaciones. De lo contrario, la conversación pública se transforma en una competencia entre identidades.
Y cuando cada grupo posee su propia verdad, la posibilidad de construir una verdad compartida comienza a desaparecer.
Del universalismo a la fragmentación
Quizás uno de los problemas más profundos que aparecen en este debate sea el debilitamiento del universalismo. La democracia moderna se construyó sobre una idea extraordinariamente poderosa: existen derechos que pertenecen a las personas simplemente por ser personas.
No importa si somos hombres o mujeres, ricos o pobres, creyentes o ateos, heterosexuales u homosexuales, miembros de una mayoría o de una minoría. Somos ciudadanos.
La política identitaria reemplaza esa universalidad por una clasificación permanente de grupos. El individuo comienza a ser observado principalmente como integrante de una categoría.
Esto genera una consecuencia inesperada. Una teoría que pretende visibilizar las diferencias termina haciendo que las diferencias sean más importantes que aquello que compartimos.
Y una sociedad democrática necesita ambas cosas: reconocer las diferencias y construir espacios de convivencia que las trasciendan. No se trata de negar la diversidad. Se trata de impedir que la diversidad se convierta en fragmentación.
¿Qué significa realmente estar “después de lo woke”?
El título de Balzer no debería interpretarse como la declaración de que las preocupaciones que dieron origen al movimiento woke hayan desaparecido.
El racismo no desapareció. La discriminación tampoco. La desigualdad persiste. La violencia contra las mujeres continúa siendo un problema real y las minorías sexuales siguen enfrentando situaciones de exclusión en diferentes sociedades.
Por tanto, estar “después de lo woke” no debería significar regresar a un pasado en el que estos problemas eran ignorados. Significa, más bien, preguntarse qué viene después de la primera etapa de sensibilización.
Una sociedad puede reconocer una injusticia y, posteriormente, preguntarse cuál es la mejor manera de combatirla. Puede defender la igualdad sin asumir que todas las personas tienen que pensar igual.
Puede promover la inclusión sin establecer jerarquías permanentes entre víctimas y victimarios. Puede proteger a las minorías sin convertir a las mayorías en culpables colectivos. Puede reconocer las diferencias culturales sin renunciar a la existencia de principios universales. Y, sobre todo, puede defender la dignidad de una persona sin exigirle que abandone su capacidad de disentir.
La libertad también necesita tolerar el error
Tal vez uno de los aprendizajes más importantes que puede extraerse de la discusión de Balzer sea bastante sencillo: una sociedad libre necesita tolerar la posibilidad de equivocarse.
La libertad de expresión no existe solamente para las opiniones correctas. Si así fuera, no necesitaríamos libertad de expresión. Necesitamos protegerla precisamente porque no existe una autoridad capaz de determinar anticipadamente qué ideas son verdaderas y cuáles son falsas.
El debate público es un mecanismo imperfecto de búsqueda de la verdad. Funciona mediante confrontación, crítica, rectificación y aprendizaje. Por eso, la democracia necesita ciudadanos capaces de soportar aquello que no quieren escuchar.
Y aquí aparece una cuestión que trasciende ampliamente la discusión sobre lo woke: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando nuestra primera reacción frente a una opinión incómoda es pedir que desaparezca quien la expresa?
La pregunta es especialmente relevante en tiempos de redes sociales, algoritmos y polarización política. Las plataformas digitales han transformado la indignación en una mercancía. El contenido que provoca rabia, miedo o indignación tiene mayores posibilidades de circular. La discusión racional, por el contrario, suele ser lenta, matizada y poco espectacular.
En consecuencia, tenemos un ecosistema comunicacional que premia la exageración. Y eso afecta tanto a la izquierda como a la derecha.
Después de las etiquetas
Quizás el mayor valor de After Woke esté en obligarnos a abandonar las respuestas demasiado sencillas. No todo lo que se presenta como progresismo es necesariamente progresista. Pero tampoco todo lo que critica al movimiento woke constituye una defensa de la libertad.
La discusión exige mayor sofisticación.
Es perfectamente posible defender políticas de igualdad y, al mismo tiempo, cuestionar determinados excesos de la política identitaria. Es posible combatir el racismo sin aceptar una visión racializada de toda relación social. Es posible defender los derechos de las mujeres sin convertir la discusión sobre género en una guerra cultural permanente. Es posible reconocer la diversidad sexual sin considerar que toda discrepancia constituye necesariamente una forma de odio.
La política democrática debería recuperar precisamente esa capacidad de distinguir. Porque una sociedad adulta no necesita unanimidad. Necesita reglas para convivir con el desacuerdo.
En última instancia, el desafío que plantea Balzer no es decidir si debemos ser woke o anti-woke. Esa dicotomía reproduce exactamente el problema que pretende superar.
La pregunta más importante es otra: ¿cómo podemos construir una cultura política capaz de defender la igualdad sin convertir la identidad en una cárcel, la sensibilidad en censura y la justicia en una nueva forma de dogmatismo?
Tal vez el verdadero “después” no consista en abandonar las luchas por la igualdad, sino en recuperar aquello que hizo posible que esas luchas fueran universales: la convicción de que nadie debería necesitar pertenecer a un grupo determinado para ser considerado digno de respeto.
Después de lo woke, quizá sea necesario volver a despertar. Pero esta vez, no frente a un enemigo particular, sino frente a la tentación de creer que nosotros ya poseemos toda la verdad.
