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Lectura: Fascismo y nazismo no son de izquierda: II parte
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Fascismo y nazismo no son de izquierda: II parte

Última actualización: 30 de agosto de 2026 9:53 am
8 minutos de lectura
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parisi mussolini fascismo
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Del nacionalismo italiano de posguerra al ascenso de Mussolini, una mirada al fascismo busca desmontar simplificaciones ideológicas y comprender su origen, naturaleza y relación —y ruptura— con el socialismo y la izquierda de su tiempo.

Por Cristian Pérez.- En la primera columna sostuve que todo ejercicio de revisionismo histórico debe partir de una premisa fundamental: el rigor científico debe estar por encima de cualquier defensa ideológica. Desde esa perspectiva, nos remontamos a la campaña napoleónica en Italia de 1796, punto de partida para comprender una serie de transformaciones políticas e intelectuales que, más de un siglo después, contribuirían a crear el contexto en el que surgiría el fascismo.

Luego de una primera mitad del siglo XIX cargada de invasiones extranjeras, que pronto perdieron el control de los territorios italianos de la mano de la abdicación y el exilio inicial de Napoleón Bonaparte, ya a fines del siglo XIX la gran península había transitado por varias trifulcas y tres guerras de independencia, lográndose en 1861 una unión nacional “puramente legal”, tras las campañas militares de Giuseppe Garibaldi, lideradas por el Reino de Piamonte-Cerdeña —el rey Víctor Manuel II y el conde de Cavour—.

Massimo d’Azeglio, político y escritor, resumió el problema: “Hemos hecho Italia, ahora debemos hacer a los italianos”.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, Italia quedó sumida en una profunda y grave crisis económica y social, al punto de llevar al Estado al borde del colapso institucional y de la revolución social. Debido al esfuerzo bélico prolongado, Italia quedó en una situación financiera catastrófica:

  • Deuda pública desbocada.
  • Inflación galopante: el costo de vida en 1919 era cuatro veces mayor que en 1914. El gobierno imprimió dinero de forma masiva.
  • Desempleo generalizado de excombatientes.
  • Colapso industrial: las grandes industrias que se encontraban produciendo para la maquinaria de guerra pasaron a una reconversión de la producción civil, provocando quiebras y multitudinarios despidos.

Además, pese a ser parte del bando ganador, los tratados de paz no le concedieron todos los territorios esperados, como la ciudad de Fiume y Dalmacia. Este resentimiento transformó el pasado nacionalismo liberal en un nacionalismo radical, herido y sediento de revancha.

Mussolini, un antiguo socialista expulsado a fines de 1914 por su postura nacionalista y por apoyar la entrada de Italia en el conflicto bélico, fundó un periódico a favor de la guerra, financiado por intereses empresariales y nacionalistas extranjeros. Comprendió el poder movilizador del patriotismo tras la guerra y fundó los Fasci di Combattimento en 1919, organización política y paramilitar de extrema derecha que reunió a veteranos de guerra, nacionalistas e intervencionistas.

Italia vivía una oleada de huelgas, tomas de fábricas y protestas comunistas. Mussolini utilizó el nacionalismo como un escudo antisocialista. Convenció a los dueños de la tierra, industriales y clases medias de que el comunismo destruiría el país y se apropiaría de la propiedad privada.

La burguesía industrial, los terratenientes y las clases medias desarrollaron un pánico profundo a una revolución bolchevique inminente. Ante la incapacidad del gobierno liberal para restaurar el orden, estas élites comenzaron a financiar activamente a las milicias fascistas de Mussolini para que actuaran como fuerza de choque.

Este punto es fundamental para comprender el error de insistir en instalar la pseudopolémica de definir al fascismo y al nazismo como de izquierda. Mussolini no abandona el socialismo para transformarse en liberal —no lo hace—, sino porque descubre que el nacionalismo y el Estado —sobre todo el Estado en modo guerra— pueden ser un motor más eficiente para ejercer el control que cualquier promesa de igualdad.

La izquierda le dio el manual de movilización; la nación le ofreció un marco más amplio, menos racional y más visceral, capaz de unir en una misma emoción a obreros, veteranos, pequeños propietarios y burgueses asustados. Esto le permite instalar al adversario político como enemigo interno del país y habilita la violencia como medio “justificado” para la instalación del orden, la “higiene” y la salvación.

Así, cuando la élite prefiere la “utilidad” de Mussolini —el hombre del orden— por sobre la legalidad, el paso a la dictadura está a poco andar.

Benito Mussolini construyó el fascismo utilizando la matriz organizativa, retórica y metodológica del socialismo, pero invirtiendo por completo sus fines ideológicos. Utilizó su profundo conocimiento del socialismo para presentarse ante las élites de derecha como el único capaz de destruirlo.

Afirmó que la verdadera división del mundo no era entre ricos y pobres de un mismo país, sino entre “naciones proletarias” —como Italia, joven y desfavorecida— y “naciones plutocráticas” —como Gran Bretaña o Francia—. En lugar de que los trabajadores controlaran los medios de producción —meta socialista—, el fascismo tomó el control de los sindicatos mediante la creación de corporaciones estatales, donde sindicatos y patronales se integraban bajo el mando vertical del Estado fascista, prohibiendo las huelgas y la sindicalización libre y garantizando la propiedad privada de la industria a cambio de que esta sirviera a la “ingeniería” geopolítica y militar del líder.

El fascismo no es una izquierda con otro nombre. La izquierda puede ser reformista y revolucionaria —como la bolchevique, que tanto temía la élite italiana—; su sujeto político es la clase obrera universal, a diferencia del fascismo italiano, en el que el sujeto político es la nación y, posteriormente, en otros fascismos, la raza.

El fascismo considera que la solidaridad no debe ser internacional, sino únicamente entre los miembros del propio país. Reemplaza la lucha de clases por la unión mística de toda la población —ricos y pobres— bajo la dirección vertical del Estado para competir contra otras naciones. Su “socialismo” consistía únicamente en regular el mercado para que sirviera a los intereses del poder nacional.

La conclusión corta es clara: no todo Estado fuerte es socialismo y no todo autoritarismo es de izquierda.

Literatura al respecto hay bastante, pero no muchos autores que rechacen las explicaciones simplistas o monocausales y adopten un enfoque comparativo y contextual. Es muy conocido el libro El fascismo: historia e interpretación (A History of Fascism, 1914–1945), de Stanley G. Payne.

Para mi agrado, he encontrado en Fascismo y nazismo no son de izquierda, de Miguel Mendoza, un título con un punto fuerte y que el tentado lector no debería prejuzgar por su dicotomía. El libro ofrece argumentos para cuestionar una interpretación simplista de la historia, porque, digámoslo claro: fascismo y nazismo no pueden identificarse sin más con el marxismo, el comunismo o la izquierda socialista de su época.

ETIQUETADO:fascismomussolininazis
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