En muchas organizaciones, las palabras ya no describen lo que ocurre: lo suavizan. Despidos que se convierten en “desvinculaciones”, recortes que pasan a ser “optimización” y presión que se presenta como “sentido de urgencia” revelan cómo el lenguaje corporativo puede transformarse en una herramienta para administrar percepciones y ocultar tensiones.
Por Patricio Yuras Maltés.- Toda organización desarrolla un dialecto propio. Eso es normal. El problema comienza cuando ese dialecto no sirve para precisar, sino para omitir, ocultar o simplemente distraer. El lenguaje corporativo en ciertos casos no comunica: amortigua.
Algunos especialistas señalan que el lenguaje gerencial muchas veces funciona como un instrumento político destinado a hacer aceptables determinadas decisiones difíciles. El lenguaje se convierte así en una forma de protección antes que en una herramienta de comunicación. Entonces, se transforma en un mecanismo de blindaje mediante el uso de eufemismos.
Veamos algunos ejemplos:
- No hay despidos: hay desvinculaciones.
- No hay errores: hay oportunidades de mejora.
- No hay conflictos: hay diferencias de perspectiva.
- No hay fracaso: hay aprendizaje temprano.
- No hay favoritismo: hay ajuste cultural.
- No hay pituto: hay fit
- No hay control excesivo: hay acompañamiento cercano.
- No hay decisiones políticas: hay alineamiento estratégico.
- No hay sobrecarga laboral: hay desafíos de alto impacto.
- No hay recortes: hay optimización de recursos.
- No hay falta de presupuesto: hay priorización de inversiones.
- No hay reuniones innecesarias: hay espacios de alineación.
- No hay micromanagement: hay seguimiento permanente.
- No hay vigilancia: hay monitoreo de indicadores.
- No hay presión: hay sentido de urgencia.
- No hay jornadas extensas: hay compromiso con los resultados.
- No hay alta rotación: hay renovación del talento.
- No hay despidos masivos: hay movilidad laboral colectiva.
- No hay culpabilidad: hay oportunidades de aprendizaje.
En consecuencia, podríamos hablar de “eufemismo organizacional” para describir el proceso mediante el cual una organización adapta su lenguaje con el objetivo de reducir la tensión, minimizar responsabilidades y mantener la coherencia entre el discurso y la práctica.
Este fenómeno no es completamente nuevo. La relación entre lenguaje, poder y organización ha sido estudiada desde distintas perspectivas, precisamente porque las palabras no solo describen la realidad: también pueden contribuir a construirla, legitimarla o disimularla. En el mundo empresarial, la elección de determinadas expresiones puede modificar la manera en que trabajadores, clientes, accionistas o incluso la opinión pública perciben una decisión.
El reporte dice una cosa; la práctica ejecuta otra. El PowerPoint sonríe, el Excel ejecuta.
Un discurso excesivamente positivo, elegante o complaciente puede estar cumpliendo una función de cobertura frente a determinadas tensiones: recortes, desvíos, sobrecostos, incumplimientos o decisiones que podrían generar resistencia dentro de la organización.
El problema, entonces, no está en utilizar un lenguaje profesional ni en buscar formas respetuosas de comunicar decisiones difíciles. El verdadero problema aparece cuando el lenguaje deja de ser un instrumento para explicar y se convierte en un mecanismo para ocultar.
Porque una desvinculación sigue siendo un despido cuando una persona pierde su trabajo. Una “oportunidad de mejora” no necesariamente deja de ser un error. Y llamar “alineamiento estratégico” a una decisión política no modifica su naturaleza.
Las organizaciones necesitan cuidar su lenguaje, pero también necesitan cuidar algo más importante: la correspondencia entre las palabras y los hechos. Cuando esa correspondencia desaparece, el dialecto corporativo deja de ser una forma particular de comunicarse y comienza a convertirse en una forma sofisticada de administrar percepciones.
Y cuando todo parece una buena noticia, quizá sea precisamente el momento de mirar con mayor atención el Excel.
Patricio Yuras es académico, director de la Carrera de Ingeniería en Administración de Empresas, Universidad Central de Chile.

