Más allá del arcoíris y los jingles, el plebiscito de 1988 fue el resultado de presiones internacionales, negociaciones políticas y millones de decisiones individuales tomadas en silencio detrás de una cortina. Entre ellas, la de un cabo del Ejército que votó según su conciencia.
Por Miguel Mendoza Jorquera.- Cada 5 de octubre nos vuelven a contar la misma historia: el arcoíris, la felicidad y aquel jingle imposible de olvidar, “Chile, la alegría ya viene”, como si la dictadura militar chilena hubiera terminado a punta de globos, sonrisas y optimismo televisivo. Y sí, tenía encanto. Tenía mística. Pero detrás de aquella televisión luminosa existía otra historia, bastante menos fotogénica, que llevaba años escribiéndose entre embajadas, partidos políticos, organismos internacionales y altos mandos militares. Mientras Chile descubría el arcoíris por televisión, Washington ya había modificado su relación con Augusto Pinochet.
Durante los últimos años de la administración Reagan, Estados Unidos comenzó a presionar por una salida institucional. El embajador Harry Barnes mantuvo estrechos contactos con la oposición y con diversos actores políticos y militares chilenos. Y Washington no se limitó a observar desde la galería.
En 1988, el Congreso estadounidense aprobó una asignación especial de un millón de dólares para apoyar el proceso democrático chileno. El National Democratic Institute (NDI) administró la mayor parte de esos recursos y participó en programas de inscripción electoral, educación cívica, encuestas, comunicaciones y sistemas independientes de cómputo. También hubo especialistas extranjeros asesorando en materias electorales y comunicacionales.
Genaro Arriagada, democratacristiano y jefe de campaña del Comando por el No, encabezaba una estructura política que llevaba meses preparándose. Aquello no nació espontáneamente una tarde en un estudio de televisión. El libreto estaba avanzado mucho antes de que se emitiera el primer voto. Pero había una parte que nadie podía escribir de antemano. Y ahí aparece el Ejército de Chile.
Mi padre, Miguel Mendoza Burgos, era un simple cabo. No frecuentaba ministros ni caminaba por los salones de La Moneda. Estaba abajo, donde siempre termina aterrizando el peso de las decisiones tomadas arriba.
Él hablaba con desprecio de los llamados “paisas”: civiles que orbitaban alrededor del poder militar buscando influencias, contactos y oportunidades. En su recuerdo había entre ellos políticos de derecha y empresarios cercanos al régimen que hicieron negocios y acumularon riqueza durante aquellos años, mientras eran otros quienes vestían el uniforme.
Para mi padre, la contradicción era brutal: mientras algunos civiles acumulaban influencia, negocios y patrimonio al alero del régimen, eran los uniformados de menor rango quienes terminaban realizando lo que él llamaba el “trabajo sucio” y cargando posteriormente con buena parte del costo institucional y moral de aquel período.
Eso no elimina la responsabilidad individual de quienes hayan cometido abusos. Pero tampoco permite borrar del relato a los civiles que respaldaron al régimen o sacaron provecho de su cercanía con él. Mi padre era entonces un joven militar acostumbrado a obedecer órdenes y pertenecía a una institución donde, según recordaba, la señal que descendía desde el comandante en jefe, los oficiales generales y sus superiores era clara: había que votar por el Sí. Pero él observaba otra realidad.
Veía un Chile dividido, cargado de miedo y tensión. Y veía también a su esposa, Ana, y a sus dos hijos, Alex y Miguel (yo). Pensó en ellos. En el país en que quería que creciéramos y en el futuro que imaginaba para su familia.
El 5 de octubre entró solo a la cámara secreta. Miró la papeleta. Y votó No. No sé cuántos militares hicieron lo mismo. Sé que él lo hizo. Y quizás esa pequeña historia explique mejor el plebiscito que muchos discursos posteriores: detrás de los uniformes también había personas, y detrás de una cortina ya no estaba el cabo frente a sus superiores.
Estaba un padre frente a su conciencia. Mientras tanto, en las alturas, la situación era bastante menos romántica. Documentos estadounidenses desclasificados muestran que existía preocupación por la posibilidad de interrumpir el proceso si Pinochet aparecía perdiendo. Washington transmitió advertencias y mantuvo contactos con altos mandos ante el riesgo de que el resultado no fuera respetado.
Y llegó la noche. Los cómputos comenzaron a mostrar que el No ganaba. Pinochet convocó a los integrantes de la Junta, pero no consiguió el respaldo necesario para alterar el desenlace. Entonces apareció Fernando Matthei. No hace falta transformarlo en un héroe democrático. Era integrante de la Junta Militar.
Pero hizo algo políticamente decisivo: reconoció públicamente que el No había ganado. Pinochet se estaba quedando sin espacio. Había presión internacional, una oposición organizada, generales que no estaban dispuestos a seguirlo hasta el final y, sobre todo, millones de votos que ya no podían borrarse con facilidad.
Porque ahí estaba el detalle que ningún estratega podía resolver desde una oficina. Washington podía presionar. El National Democratic Institute podía aportar recursos y asesoría. Los partidos podían negociar. Los publicistas podían fabricar jingles. Los generales podían calcular hasta dónde acompañar a Pinochet.
Pero ninguno podía entrar a la cámara secreta por otra persona. Eso tuvieron que hacerlo los chilenos. El resultado definitivo fue de 3.967.579 votos por el No, frente a 3.119.110 por el Sí. Casi cuatro millones de personas. Trabajadores, estudiantes, pobladores, profesionales y jubilados. Y también, en una mesa electoral cualquiera, un cabo del Ejército llamado Miguel Mendoza Burgos. Los poderosos podían mover el tablero.
Pero sin esa gente no había nada que mover. Por eso, el 5 de octubre no fue simplemente un milagro de marketing ni la historia ingenua de un jingle derrotando por sí solo a una dictadura. Hubo negociación política, presión internacional, financiamiento extranjero, intereses económicos y cálculos militares.
Pero faltaba una última firma. La del votante. Y fueron 3.967.579 personas quienes la pusieron. Días después, Fortín Mapocho resumió la derrota con una frase que sobrevivió mejor que muchos discursos: ¡Corrió solo y llegó segundo!
Quizás esa sea la gran ironía. El libreto llevaba años escribiéndose. Pero el final todavía estaba en blanco. Y millones de chilenos lo escribieron detrás de una cortina.
Miguel Mendoza Jorquera – MBA

