El cineasta Edgardo Viereck se toma de la premiación de los Oscar a “Una batalla tras otra” para desnudar la crisis del cine mundial y, especialmente, de Hollywood.
Por Edgardo Viereck.- Este año, en su 97a ceremonia de premiación, la Academia de Hollywood se dejó (o aparentó dejarse) seducir por una película que se llevó seis premios Oscar. Hablamos de “Una batalla tras otra” del reconocido director Paul Thomas Anderson.
Protagonizada por Leonardo Di Caprio, trata como tema central el de la “rebelión aún no resuelta”, tópico que no es nuevo pues ya ha sido tratado en varias antiguas producciones hollywoodenses con mucha, pero muchísima mayor profundidad que esta vez. Bien tratado, este tópico nos debería llevar a un asunto de fondo que es el de la responsabilidad de origen, es decir, cómo se llega hasta el borde de un abismo tan grande como el que la película describe: familias rotas, hijos abandonados, afectos postergados e inestabilidad material y mental, son todos elementos que alimentan el argumento de esta historia de dolor y redención nunca del todo conseguida.
Nos recuerda la brillante película “Corriendo en el vacío”, del aclamado Sydney Lumet, quien allí apunta los dardos directamente al corazón del progresismo norteamericano, en una operación narrativa que se esmera por desarrollar a sus personajes hasta hacerlos sangrar a punta de obligarlos a enfrentar su cruda verdad, mostrada con una sobriedad y falta de estridencia que termina siendo más estremecedora que toda la pirotecnia dramatúrgica de Thomas Anderson.
Este, en vez de penetrar críticamente en la amoralidad de su protagonista, elige en cambio la adrenalina de un periplo bastante rocambolesco, con una peripecia siempre exagerada y por momentos inverosímil, tratada con tintes grotescos. Por su parte, el actor principal pareciera estar equivocado de “set” o bien no comprender el tono más adecuado para interpretar lo que se está contando. Este estilo farsesco inunda toda la puesta en escena sin que nada ni nadie se libre, ni siquiera la performance del consagrado Sean Penn, quien sucumbe a la tentación de una actuación manierista repleta de excesos innecesarios que, sin embargo, parecieran resultarle muy cómodos.
Como si todo esto fuera poco, el desenlace termina echando por tierra cualquier expectativa de una reflexión real y honesta sobre las fallas de origen que llevan a una nación como los Estados Unidos de Norteamérica al precario equilibrio en que se encuentra actualmente.
El relato evita el desarrollo de este problema y, por lo mismo, escatima en profundizar en sus personajes para conformarse con verlos transitar a través de una secuencia de situaciones algo bizarras mostradas con un sentido del humor que no resulta inteligente sino más bien superficial. Un recurso que no sólo fracasa en su intento por atenuar la tragedia sino que, además, no consigue eludir la cuestión principal de las causas y la responsabilidad.
Pero aún más, la gran ganadora de la Academia de Hollywood 2026 sirve de excusa para no penetrar en su propio problema, que no es otro que haber perdido la brújula por haber olvidado su raíz cultural, ese “adn” que la hizo la industria de cine más grande del mundo en un país que, por tributar a su matriz de origen, también se convirtió en la potencia que alguna vez fue. Este problema no es tan distinto del que hoy tienen la mayoría de los países a nivel global.
No se trata de una crisis estrictamente política en el sentido de un “choque de ideas reaccionarias con revolucionarias”, como pretende convencernos la película de Thomas Anderson, sino de un desvarío que se manifiesta en la dimensión ética de los individuos, que cada día pierden más su individualidad, y que se expresa en la falta de respeto casi absoluta por el valor de la libertad de la persona para ser, hacer y pensar como estime. Una actitud insolente que va directamente asociada al desprecio por el rol fundamental del arte y la creatividad, en este caso plasmada en el Cine, como colaborador en la construcción de un pensamiento crítico en la sociedad del nuevo siglo.
En términos simples y resumidos, los problemas de “Una batalla tras otra” comienzan antes de que se haga y refieren a las condiciones que permiten explicar por qué y para qué fue hecha. Se trata de la profunda crisis por la que atraviesa el Cine como expresión, en el contexto de la crisis transversal de todas las expresiones artísticas. Tras esto se esconde la crisis global del rol de la cultura, cuya utilidad ha sido cuestionada a la vez por progresistas y conservadores.
Asimismo, asistimos al cuestionamiento de la creatividad entendida como un asunto de expresión y responsabilidad individual, cuya protección jurídica a través de la figura del autor ha sido criticada por quienes defienden conceptos como el de la propiedad “común” de la creación artística e intelectual y cuya función social ha pretendido ser alejada de la noción de individualidad para convencernos de que el ingenio humano no es de quien lo manifiesta creativamente sino de todos, principalmente de quienes solo se benefician del mismo sin necesariamente haber aportado a su expresión.
Esta crisis conlleva un cinismo moral que tiene su base en ideas tanto revolucionarias como reaccionarias, las que, desde distintos enfoques, todos extremistas, buscan aplastar las nociones de respeto a la diversidad ideológica y cultural. Se aspira así, a la consolidación de un mundo muy poco democrático, de tensión constante y que fomenta un profundo rencor hacia todo lo que brilla por sí mismo. Un universo dominado por la estandarización y la homogeneidad que facilita el consumo acrítico de los productos artísticos y culturales.
En resumen, un mundo donde lo masivo se presenta como una nueva forma de democratización e “igualdad” que enmascara lo que en realidad no es más que una profunda mediocridad. Es bien probable que, por todos estos motivos, la historia que cautivó a Hollywood este año no consiguió encontrar un mejor final que la circularidad de un “volver a empezar” cargado de ira destructiva, sin un horizonte de salida que apele al raciocinio o la sensatez.
Se dirá que quizás no había mucho más de donde escoger, pero, curiosamente, entre las nominadas estaba “Valor sentimental”, una producción noruega que aborda exactamente el mismo tema de la crisis creativa en un contexto de crisis global de la cultura y los valores humanistas. Exactamente al revés de lo que hace la película triunfadora de la Academia de Hollywood, aquí se ofrece una mirada intimista, fina y delicada, sin estridencias, que encara el tema de la rebeldía y la individualidad con la calma de un guion que ahonda en las capas emocionales de cada uno de sus personajes, consiguiendo una profundidad conmovedora.
Su protagonista encarna el drama de un creador asolado por la incomunicación familiar, el desapego filial y la banalidad del bien en que se han convertido las nuevas “mecas del cine”, como ocurre con algunas plataformas digitales, algo que resulta tan o más aterradora que la banalidad del mal que tanto se esmeran en denunciar ciertos sectores ilustrados a nivel global. La historia, que por todos sus ángulos acusa lo mejor de la influencia del gran Ingmar Bergman, no sesga en hundir el dedo en las llagas del corazón mal herido de un padre y ex esposo que pareciera no encontrar más redención a sus errores que en poder concretar su próxima película. Se trata de un relato que está en las antípodas del gran ganador de la noche dorada de Hollywood, tratado con una cámara que se acerca con sensibilidad y respeto a las criaturas que pueblan la pantalla y unas actuaciones dirigidas de manera sobresaliente. Así se nos lleva de la mano por el oscuro túnel que, justamente, la súper producción norteamericana cobardemente elude.
En definitiva, se nos muestra que la rebeldía se resuelve mucho mejor en el interior de cada uno de nosotros sin necesidad de tomar las armas ni hacerle daño a nadie pues se trata de un asunto de conciencia individual y no de política mal entendida. En el caso de este director de cine ya añoso y cansado de tanta estupidez, la rebeldía de su auténtica creatividad es un camino que intenta hacer acompañado hasta que se convence de que debe hacerlo solo y, si acaso, encontrándose con alguien que lo ayude. Es lo que hace una de sus hijas, con quien consigue hacer su catarsis final, aunque la sensación de incomodidad, o mejor dicho, el sentimiento de inconformismo y el apetito por ir aún más lejos hasta conseguir la más completa autenticidad, persisten hasta el último momento.
Sin duda que este sentimiento resulta muy incómodo y aburrido para quienes insisten en hacer del arte y la creación un negocio alienante que ahora, además, se exige a sí mismo convertirse en una experiencia digital “multipantalla” donde todo vale, especialmente transformar a sus responsables en remedos de verdaderos artistas, en falsificadores de sí mismos, es decir en impostores. Estamos ante una industria como Hollywood, que no sabe por dónde enfrentar la crisis más profunda de su historia. De hecho y como muestra un botón, la caída de audiencia de la ceremonia de entrega de los premios de la Academia es un fenómeno sostenido en el último tiempo. De más de cincuenta millones de espectadores controlados en los años noventa se llegó este año a poco más de 19 millones.
Esta cifra incluye todo el “ecosistema” de redes sociales que apoya la transmisión oficial a través de la cadena de televisión ABC. Si descontamos ese apoyo, la cifra oficial se reduce a poco más de nueve millones, es decir la mitad del total, que traída a la realidad de nuestro país equivaldría a tres veces la audiencia de una transmisión de televisión abierta muy exitosa. Hablamos del triple de nuestros espectadores para un país veinte veces mayor que el nuestro. Resulta evidente que hay un problema y la industria norteamericana ya tomó medidas siguiendo el viejo refrán según el cual, si no puedes con tu enemigo, debes unirte a él.
Así, para el año 2029 se prevé que la ceremonia se convertirá en una transmisión vía YouTube adaptada a toda la dinámica propia de una transmisión “streaming” con múltiples pantallas, ingresos y salidas diversas a través de distintas plataformas simultáneas, con cámaras instaladas por doquier y sin tiempo acotado de transmisión, es decir, algo así como un “reality” donde, seguramente, la interactividad terminará imponiéndose y con ello el control del público a través de los “likes” gobernará los contenidos, opiniones, prioridades y todo lo que incluye un evento “online” donde quizás, incluso, sea la muchedumbre anónima la que defina quiénes se llevarán las estatuillas.
Con esta nueva premiación, Hollywood confirma que va de tumbo en tumbo en una confusión tras otra y su final como industria, al menos como la que conocimos hasta ahora, no debiera hacerse esperar.

