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Crónicas haitianas: La llegada

Por Mariana Schkolnik.- “¿Adónde vine a parar?”, pienso, mientras me concentro en no perder de vista a Yves Charles, el chofer haitiano que me rescató a la salida del aeropuerto… que no es tal, sino un galpón desnudo adosado a las ruinas de lo que pudo haber sido alguna vez una verdadera terminal aérea. Los mesones de atención, timbrado de pasaporte y revisión de equipaje son tan severos y complejos como en cualquier otra frontera.

No existen filas, solo gente que se apretuja. Veo pasajeros haitianos cargados de bolsos y maletas que llaman y gesticulan a los empleados: “¡Eh Dorelien, cést moi! Madame Brousseaux hey, hey ici , ici!”. Tal vez familias enteras que retornan, mérito del retorno a la democracia y a la pacificación del país.

Los veo impresionados, nerviosos, hablando muchas veces en perfecto inglés, jóvenes fornidos y bien alimentados, tan diferentes a los que solo han vivido en Haití, obedeciendo a un padre de mirada severa y a una madre azorada que cuenta mentalmente maletas y bártulos. Como confirmaría más adelante, muchas de estas familias habían partido al exilio en los tiempos de Duvalier; otras, luego de la caída y posterior reinstalación de Aristide, pero siempre movidos por golpes de estado más o menos sangrientos, o conatos de guerra civil que han marcado la historia de este país. Más adelante comenzaría una serie de feroces asaltos a estas familias, ni bien salían del aeropuerto, muchas veces asesinando a varios de sus miembros, y siempre robándoles todas sus pertenencias, recién ingresadas al país.

Ver también:
Crónicas haitianas: Haití no existe
Crónicas haitianas: Los niños de Obama Beach
Crónicas haitianas: ¿Y si fuera un hombre?

A la salida, me aferro a la manga de Yves Charles, mientras él camina entre un enjambre de personas delgadas, harapientas, desdentadas y con olor a humedad inmemorial, que persiguen a los pasajeros, sus maletas y sus monedas. Yves Charles, me instala enérgicamente en un jeep tan alto que casi no alcanzo a subir.

Estoy mareada, cansada, mojada y no puedo absorber lo que mis ojos ven. Con mis jeans calurosos, zapatillas y calcetines, hasta un polerón me puse, por el frío del avión. Odio el ridículo impermeable que traigo colgado de mi bolso. Lo hubiera botado en el aeropuerto, pero la marea humana que llegó en mi vuelo vía Panamá, no me dio tregua, hasta que logramos recoger las maletas. Tan abrigada, mi cuerpo no alcanzaba siquiera a imaginar estas humedades infernales, mi pelo goteaba -imperativo andar con el pelo tomado en este país-. Yves Charles, con cara y sonrisa de niño, me mira con pena.

Miro su negrura absoluta y la comparo con mi triste blancura de invierno sudamericano; sus ojos inmensos y largas pestañas, boca y nariz gruesas, pero armónicas. Creo que es bello. Un bello niño grande, de manos redondas y fuertes. Me tranquiliza alguien a quien asirme, en quien confiar para no sucumbir en este mundo nuevo. Sube los vidrios polarizados y prende el aire acondicionado: no sólo se va el calor, sino que empiezo a helarme.

– Yves, por favor, bájelo un poco, está demasiado frío.

– ¿You don´t like it? – me pregunta, divertido. Parece convencido sólo cuando ve que me tapo con el impermeable hasta el cuello. El auto huele a limón o algún otro fruto. Hay una barra aromatizante colgando del espejo retrovisor.

Le pregunto a qué hotel vamos. Se ríe, baja mi vidrio y me muestra, a lo lejos, un conjunto de cerros arbolados con grandes construcciones.

– Allá están los hoteles y casas de gente rica – y me señala colinas verdes -. Nosotros vamos al campamento militar de Naciones Unidas, más protegido y seguro para usted, acá en el plano.

Durante el trayecto vislumbro la destrucción causada por el terremoto, en el centro de la ciudad se perfila lo que quedó de la catedral. Yves, entretenido, me ofrece un tour. Acepto, a pesar de mi agotamiento. No queda nada, o muy poco, en pie, excepto construcciones de un piso o casetas de hojalata y cartones.

– Acá estaba el Ministerio de Educación – me indica –. Acá, un hospital.

Al fondo, al lado de un parque lleno de carpas, veo el Palacio Presidencial, que es como una blanca torta de merengue que colapsó sobre sí misma.

– En el parque están los refugiados desde el terremoto de febrero – me explica -. Lo perdieron todo, hasta sus familias.

Se escuchan voces animadas, conversaciones que no entiendo. Veo niños con animales, basura a lo largo de toda la avenida, y pancartas en creole. Una dice algo así como: “Presidente, usted duerme en su cama, nosotros en el suelo…”.

Más edificios derrumbados, muchos campamentos en plazas, y ya empezamos a alejarnos del centro por una carretera en dudoso estado, copada de cobertizos donde se vende de todo: menaje, ollas, sartenes, comida, ropa, así como también casonas que se adivinan tras los muros y el polvo. Empieza a anochecer cuando llegamos a un impresionante conjunto militar donde están las bases de Chile y Argentina, entre otras.

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Un europeo, sin duda mayor que los demás, se presentó como el jefe de la misión a la que yo venía, y se tomó un whisky al seco. Era de noche y todos fumaban fuera de los container, en Camp Charlie.

El grupo se reunió apenas llegué en torno a improvisadas sillas, y cada uno bebía lo que había traído. Algunos, cervezas; otros, ron. Oury, un fornido africano, compartía una botella de un licor indefinible, mientras una española –Juana-, ya bastante ebria, trataba de seguirle el ritmo a los hombres más envalentonados con whisky.

– Mira — me decía, riendo —. Ya me lo tomo sin agua. Igual que todos, ya aprenderás.

Era extremadamente delgada y su perfil se recortaba en la noche. Ella, cuan larga era, sentada en el suelo de cemento. Pocas mujeres, y sobre todo hombres de todas las edades y de todos los países: ese era mi nuevo mundo.

Lo único que nos alumbraba eran los faroles gigantes de las bases militares construidas en las múltiples intervenciones militares de Naciones Unidas desde de la caída de Duvalier.

Nadie encendía las luces de su propio alojamiento para no sucumbir a los mosquitos. Sólo se veían sombras chinescas que se movían y gesticulaban. Todos hablaban al mismo tiempo, en un remoto inglés algunos y en otra variedad de idiomas.

Me impresionó la multiplicidad de nacionalidades. Observaba este recinto, llamado Camp Charlie, donde Yves Charles me contó que vivía el personal civil de los organismos internacionales y me describió con detalles y orgullo que había participado en su construcción con posterioridad al terremoto de 2010. Desde entonces, lo habían contratado como chofer.

Nuestro campamento estaba constituido de cientos de container grises, metálicos, alineados, bordeados de veredas de cemento y espacios de piedrecillas y algunos arbustos jóvenes.

Esa noche, podría haber estado en Vietnam, Irak o cualquier otro lugar en guerra, con la salvedad de que nadie parecía atacarnos. Entendía poco y nada, hablaban de Logbase, Warehouse, Campbase y muchas otras denominaciones gringas.

A pesar de presentarme al menos dos veces en inglés y francés, no creo que muchos hayan retenido mi nombre.

-Camila, Camila Márquez – expliqué -. Ese es mi nombre -. Pero, la verdad, yo sólo retuve el de algunas pocas personas.

Oury, en un pastoso francés, decía: “Bienvenue, Camila, bienvenue”, al tiempo que pateaba las piedrecillas del suelo, espantando mosquitos con las manos, tal vez por una conducta aprendida, más que por una necesidad real, pues se sentía todavía el olor ácido y venenoso de una fumigación que, al parecer, terminaban de hacer cuando llegué al campamento.

Un latino, se levantó pesadamente y, con la botella de ron en la mano, saludó.

– ¡Salud, estimadísima colega! Mañana empieza la acción. Ahí nos veremos, frente a frente, en el terreno – remarcando con su duro acento de un mal inglés, esta última palabra. Luego, se dejó caer en una tambaleante reposera de lona, justo bajo un reflejo de luz. Los ojos de un castaño claro y la melena blanca enmarcaban su rostro.

La chica del container adosado al mío me había saludado amablemente esa tarde, envuelta en un sari rojo y oro, con su cara cobriza y unos dientes amarillos. Ahora se olía una cocinería picante desde su pieza y se escuchaba la televisión en inglés, pero ella no se asomaba a mi recepción a pesar del tumulto y el ruido de mi improvisada bienvenida esa noche, pensé que tal vez era por razones religiosas.

Nunca me acostumbraría a despertar con ese olor a curry, cúrcuma y arroz recocido, impregnando mi pieza, especialmente a esa hora en que uno sólo sueña con un jugo de naranja y un café.

Los jóvenes haitianos que trabajaban en la recepción de Camp Charlie se unieron a nosotros y, rápidos como son para los idiomas, cuando supieron que era chilena, no tardaron en hablarme en un creole sembrado de “la hueá” o “hueón “. El más joven decía, de tanto en tanto, “¿trajiste empanaaas chilena?”. Su aprendizaje del español en el campamento militar chileno era, por así decirlo, increíble, y esa velocidad idiomática de quienes a veces no saben siquiera leer, me seguiría impresionando en adelante.

Esa noche me fijé en un italiano, alto, desgarbado, barbón y fumador empedernido, que encendía un cigarrillo tras otro, a la vez que tosía. Tenía la camisa afuera, un pantalón más grande que él, pero unos finos y puntiagudos zapatos de cuero. Tomaba a sorbos de una botella de Limoncello, excusándose de no poder compartir porque no había más vasos. Se mantuvo callado y con el rostro más bien sombrío y reflexivo. Yo, en mi equívoca certeza, lo catalogué inmediatamente como un tipo interesante, inteligente, profundo y me impuse desde ya la misión de entender que hacía ahí.

Mientras un español ya tostado por el sol y en camiseta hablaba de su última misión en Bosnia, otros preguntaban: “Camila, ¿cuál será tu trabajo en la reconstrucción?”.

Yo, que aún no tenía nada muy claro, salvo mis ganas de ser útil, contestaba a medias y trataba cada diez minutos de decir buenas noches. Estaba especialmente molesta, aún con los jeans del viaje convertidos en una sudorosa mortaja para mis piernas acaloradas. Cuando llegué, solo había alcanzado a liberar mis pies, cambiando mis zapatillas por las clásicas hawaianas. Pero cada vez que trataba de irme empezaba una algarabía de gritos en diversos idiomas que yo traducía como “¡no seas aburrida! ¡Conversemos!”, con lo que no quedaba más que seguir bebiendo lo que me ofrecieran.

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Siguiendo las instrucciones que me habían dado el día anterior, puse mi despertador a las seis, y a esa hora salté de la cama sin recordar cómo me había acostado. Apagué el aire acondicionado que me congelaba y tomé una espectacular ducha caliente, comprobando la maravilla impensada de los servicios de esas instalaciones.

Ahí percibí que todo el amoblado era de metal: el escritorio, el velador, e incluso el mueble que hacía las veces de ropero. La única ventana estaba cubierta con una malla que evitaba la entrada de insectos y animales voladores, supongo que mosquitos y murciélagos, que había visto de reojo la noche anterior. La cocinilla también era propia de un campamento militar; el refrigerador, diminuto; pero la ducha era inmensa; y una televisión que sólo transmitía programas en inglés. Y, como descubriría más adelante absolutamente censurada, no veríamos en la televisión o computador nada que no fuera aprobado por alguna instancia superior. Meses más tarde, entre las razones que tuve para irme de ese campamento a un departamento en el barrio elegante, fue poder ver televisión haitiana y navegar con mi computador por el sitio que quisiera.

Esa primera mañana, mientras me vestía, decidí ordenar las sábanas y el cobertor azul, haciendo mentalmente una lista de todo lo que debería comprar para sentirme más en casa. Tal vez encargar pañuelos de colores y velas aromáticas a Chile. Necesitaba darle calidez a mi nuevo hogar, tan rigurosamente gris metal.

Partí a mi nueva oficina, conducida Yves Charles, aún adormilado y menos hablador que el día anterior. A mi llegada a la oficina, mi jefe me recibió con gritos de bienvenida y, vociferando para hacerse escuchar por sobre los ventiladores y aire acondicionado, me presentó a todo el personal extranjero y nacional que trabajaba bajo una enorme carpa, éramos una excepción, ya que en Log Base, la mayor parte de las oficinas estaban en container.

En nuestra carpa blanca y gigantesca, todo era computadores, archivadores de metal, aires acondicionados y ventiladores que difuminaban frío, mesas llenas de planos, ajetreo y voces mezcladas de creole e inglés. Mi rol sería organizar y analizar la información que se recogería en el censo de los campamentos para su posterior evacuación.

– Aunque la reconstrucción en este país puede durar muchos años, porque dependemos de la voluntad política y la capacidad de acción que tenga el gobierno, que hasta ahora ha sido nula – se apresuraron a declarar unas  colegas colombianas expertas en catástrofes.

Me asignaron un enorme escritorio, con un moderno computador, que una secretaria me entregó amablemente y me mostró los cajones con cuadernos, papel para imprimir, lápices, corchetera y todo lo que alguien pudiera necesitar, además de un archivero lleno de carpeta vacías, e incluso un jarro para el café. Las colombianas llegaron cargadas de planos de Puerto Príncipe y Haití, mostrándome las zonas de destrucción del terremoto donde aplicaríamos nuestro censo. Muchas reuniones se sucederían ese día, lo que para mí fue un exceso de información que debía procesar, pero estaba feliz e ilusionada. Empezaba a sentirme útil, lo que en Chile ya no me ocurría hace mucho después de haber quedado cesante a una edad inconveniente.

De vuelta a mi container, observé más detalladamente el trayecto. Éste sería nuestro camino cotidiano entre Camp Charlie y Log Base y lo hacíamos por la avenida Toussaint L´Ouverture, mismo nombre del aeropuerto en honor al gran héroe de la independencia haitiana, apresado por Napoleón y muerto, dicen, de frío en una cárcel en Francia.

En esa avenida se veían terrenos polvorientos, mujeres, hombres y niños caminado por el costado de la ruta, muros semidestruidos, viviendas cubiertas con lonas y campamentos interminables. Sequedad, sequedad sin vegetación alguna, excepto algún pobre arbusto quebradizo y reseco. Por esa ruta circulaban mayoritariamente camiones y jeeps militares.

En las calles se amontonaban las vendedoras de carbón, sentadas en el suelo, con las manos y las caras renegridas por el hollín y niños que acarreaban ramas.

– ¿Para qué es el carbón y las ramas? – le pregunté a Yves Charles.

– Para cocinar, por supuesto – me contestó…

En los meses siguientes fui constatando que la colonización francesa había arrasado con toda la selva tropical para plantar algodón, y lo que quedó o volvió a crecer constituía el único combustible que tenía para cocinar la mayor parte de la población. Solo el barrio más elegante en las alturas conservaba algo del verde original.

Miré por la ventanilla: se veía a muchas enérgicas mujeres friendo carnes, chancho, cabrito y quien sabe que más, preparaban arroz y plátano y otras verduras también fritas, fritas y muy picantes. Gran parte de los haitianos parecía comer en las calles. Ahí compraba, feliz, su almuerzo Yves Charles, en un pote de plumavit, y me la ofrecía amablemente. Yo prefería almorzar en la seguridad y salubridad del restaurant de Log Base.

A los pocos días empecé a sentir angustia al pasar por esas calles y esa sensación de sequedad… incluso en Log base, donde el sol caía implacable, apenas salíamos de nuestra oficina para ir al baño o a cualquier parte. Me faltaba el aire y me cansaba caminar.

¿Estaba en el futuro? Un mundo sin agua, ni vegetación, gente desalentada y andrajosa, sólo autos, camiones, petróleo y militares armados. Esa noche, en mi container, escribí en una hoja en blanco, con un lápiz a mina y en letras grandes, que remarqué muchas veces: “¿Estoy en el futuro?”. Dibujé margaritas, jazmines, campanitas, mariposas y pájaros hasta que me dormí.

Al día siguiente, mandé un mail a mi familia: “En Haití, no hay árboles, ni flores, ni pájaros, ni grillos, ni perros, ni gatos”.

Luego, mi sensación de agobio se reduciría con las primeras lluvias, para descubrir que tampoco dejaban nada a su paso, salvo desolación y barro.

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