La principal debilidad del gobierno no radica en la gestión, sino en su incapacidad de conectar emocionalmente con la ciudadanía. En ese vacío, la figura de Pía Adriasola emerge como una posible fuente de cercanía, empatía y humanidad, atributos imprescindibles para sostener la legitimidad política en tiempos complejos.

Por Mario Gutiérrez.- A menos de un mes de inaugurado el nuevo gobierno, sus muy palpables falencias comunicacionales son severas; no irreversibles, pero se deben tomar en serio porque van más allá del comentado “Estado en quiebra” y los reiterados yerros e inseguridades de Mara Sedini.

En lo primero, basta con que el asesor estrella, el “arquitecto” del Segundo Piso, Cristián Valenzuela, se autoimponga un bozal y deje de inventarse a sí mismo un atributo que no tiene: el de comunicador; y en lo segundo, que la actual vocera pase a otro cargo de manera honrosa —donde no sonría cuando sea innecesario o imprudente, donde no titubee—, pero que, dado su compromiso y aporte a la victoria de su sector político, permanezca en algún sitio donde sea útil. No merece un menor trato; no sería justo que el conservadurismo la abandone ahora. No tiene la culpa de ser incapaz para el puesto que hoy ocupa.

El problema es otro, más amplio y profundo, y es que todas las administraciones gubernamentales requieren una conexión fidedigna con la ciudadanía y confianza, mucha confianza. No omitamos que la “luna de miel” ya expiró. Podrán decir en La Moneda que están dispuestos a pagar costos políticos ante medidas duras (no olvidemos que se dicen “duros” y “patriotas” a toda costa), pero esa falta de apoyo ciudadano no puede perpetuarse. Ningún mandato sobrevive sin ese aliento y respaldo.

Estamos ante una situación compleja en términos de seguridad pública y de economía, precisamente las dos banderas principales de la campaña que llevó a José Antonio Kast a La Moneda.

Nadie puede asegurar tampoco que vengan otras crisis más adelante, y es ahí donde nos enfrentamos a un panorama todavía más difícil. Se viene el invierno; habrá nuevos desafíos ingratos de gestionar, aparecerán nuevas tragedias —todos los años las sufrimos— y se requerirá gestión eficiente, pero también calor, oídos abiertos y manos amables.

El escenario no se vislumbra en colores pastel. Y no se trata, nunca se trata, de solo tomar decisiones. Tampoco de “explicarlas bien”, como mal aconseja el flamante (y muy ignorante en estos temas) presidente de la Cámara de Diputados, el UDI Jorge Alessandri.

La comunicación política no es una ecuación matemática ni se satisface solamente con gráficos. Ojalá esto lo llegue a entender el ministro Jorge Quiroz, para que abandone su rígido traje de antaño de gerente general o director de empresas e internalice que hogaño es pagado por todos para que actúe como servidor público, aunque es muy improbable que su soberbia le permita bajar esa barrera. Él juega a ser malo y le gusta: concita atención, como un adolescente malcriado.

Yendo más adentro del entuerto, cuando el camino se torne árido y borroso, cuando sea más necesaria que nunca la certeza, la luz y el acompañamiento, se exigirá —con real sentido de emergencia— presencia, contención, empatía, cobijo, calidez, maternidad, paternidad, hermandad, solidaridad: abrazo.

Las malas noticias no se pueden transmitir sin emociones o con famélico cariño.

Las malas noticias en política urgen disponer de habilidades blandas, que ningún integrante de la primera línea de gobierno puede hoy exhibir. Que alguien me diga quién en este gabinete tiene carisma. Rotundamente, nadie.

Del jefe de Estado puede uno presumir buenas intenciones, pero no conecta. Puede que su discurso llegue a su sector y (hasta ahora) a quienes votaron por él por circunstancias electorales, pero no cala, no emociona (factor vital para el ser humano), no eriza la piel, no remueve ni remece. Día a día se muestra como un maniquí perfectamente vestido, pero imperturbable, como si en sus venas no corriera sangre. Debe ser el presidente más plano, monótono y monocorde hasta el tedio desde Eduardo Frei Ruiz-Tagle, guardando las proporciones históricas.

Pero la vida y Dios siempre otorgan “botes salvadores”, como dice el viejo cuento.

Y es ahí donde aparece Pía Adriasola. La misma que sirvió, de forma imprevista, comida en el bien nutrido casino de la casa “donde tanto se sufre” (al respecto, un paréntesis: que el diputado Daniel Manouchehri se trague sus nimias críticas oportunistas y su propia odiosidad, versión “Mall Chino”, en que lo suyo suele volverse desechable).

Ella es la misma que, con dulzura espontánea, recibió en su despacho a la madre de una estudiante víctima de amenazas, sin agenda pactada ni mayores aspiraciones.

Es esa misma mujer que cantó una tonada a viva y limpia voz en una medialuna de rodeo, contagiando de chilenidad a los asistentes. Indudablemente tiene que aproximarse a otros contextos nacionales; eso está fuera de discusión.

No basta con festejar en un reducto demasiado propio y protegido: tiene que explorar también en terrenos inhóspitos y ajenos a su historia. Pero la voluntad de conexión parece asomarse decididamente.

Es la misma Pía Adriasola quien, en una entrevista televisiva, habló de la necesidad de “los abrazos” como el concepto esencial en su rol de Primera Dama y definió su estilo de cercanía social con el ansiado afán de generar vínculos al “salir a la calle, acercarme a las personas y poder abrazarlas con el mismo cariño que he tenido siempre”. Cariño maternal, agregaría yo.

Ella —que ha hablado de “agrandar el corazón” en su actual función— es madre, una madre múltiple, y esa experiencia debe cristalizarla en pos de los chilenos y de los compatriotas que más sufren. De ella se espera la cercanía, la mirada cordial, la palabra hospitalaria.

Puede que su religiosidad no sea compartida o profesada por muchos, pero ese elemento también puede quedar al servicio de un trato más humano.

Ya está claro que a José Antonio Kast —secundado por “robots” más inexpresivos que él mismo, como si de un coro de avatares de inteligencia artificial se tratara— no le cabe el país entero en la cabeza ni en el corazón, a pesar de sus frustrantes intentos; eso no está en su ADN. Al parecer, a su mujer sí: todo indica que ella es la única persona en el gobierno que puede mantener a flote el barco en momentos arduos, como un tanque de oxígeno cuando les falte el aire para respirar.

En tiempos que se pronostican aciagos, me aferro a su tono afectuoso como un insumo de valor y prefiero creer en ello antes que alejarme de esa esperanza.

A Pía la quiero ver en el invierno crudo, en las catástrofes, en Fiestas Patrias, cuando desflore la primavera y cuando cerremos el año. Ella tiene y trasunta, al menos por lo demostrado hasta ahora, lo que los seres humanos —y en especial cuando nos transformamos en masa— más necesitamos: emoción, calor y sonrisa acogedora. Quien no lo entienda, que crea que el Estado es otra empresa más y que permanezca en su irremediable error.

Chile necesita abrazos.

En virtud de una buena convivencia entre gobernantes y gobernados, el abrazo de Pía sugiere ser hoy, mañana y pasado, un caudal de humanidad imprescindible.

Alvaro Medina

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