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El circuito de la Paya: en el mes del payador

Fidel Améstica vuelve a las payas y a las décimas a lo humano y lo divino, pero para reflexionar sobre la necesidad de profesionalizar al payador.

Por Fidel Améstica.- Un nuevo Día del Payador Chileno se vivió en varias localidades de la patria profunda. El programa más visible y convocante fue el llevado a cabo en Rancagua y Machalí, con el apoyo y compromiso de la Ilustre Municipalidad de Machalí, el Servicio Nacional de Patrimonio Cultural, la Universidad de O’Higgins (UOH) y la Casa de la Cultura de Rancagua, bajo la conducción de la Agenpoch, una de las asociaciones que reúne a poetas y payadores, y su nueva directiva integrada por Paul Castán, Javier Peña, Jorge Quezada, Juan Carlos Bustamante y Gabriel Torres.

Vale destacar que esta vez el centro de las celebraciones saliera de la Región Metropolitana, y que más pueblos y comunas se van sumando en la medida de sus fuerzas para alimentar esta efeméride. Todo a pulso, voluntarismo y un medio sociocultural bastante en contra si revisamos las preferencias para la entretención de un mundo definido desde el consumo y estereotipos publicitarios.

El alcance es atingente en cuanto al circuito en el que se mueven los payadores y el canto a lo poeta en general. Desde el ámbito de lo folclórico, bien caben en eventos de fiestas patrias, aunque escasean en fondas y a lo más se los solicita en actividades institucionales o almuerzos de empresas. En relación con ser un patrimonio cultural, son dignos de preservación y salvaguardia, y calzan con proyectos de formación y difusión.

En cuanto a su condición artística, existen demasiadas carencias desde varios flancos. Primero, no es difícil payadorconstatar que el circuito artístico de los payadores está fuera de todo festival criollo que de tal se precie, salvo excepciones y consideraciones esporádicas. No solo de los más mediáticos, como los de Viña, Olmué, Las Condes, sino que también de todos aquellos que el verano prodiga en distintas regiones. Fiestas costumbristas, rutas del vino, entre otras, pocas veces consideran la presentación de un par de payadores.

Lo anterior quizás no solo haya que atribuirlo a las condiciones sociomercantiles de estas instancias como factores externos que inciden en esta exclusión. Es necesario ver también que los payadores, en general, no se ven a sí mismos como un producto que debe adaptarse a estas condiciones, y más bien se perciben como cultores sin verse forzados a salir de los códigos que esto implica.

Por ello, el circuito de presentaciones payadoriles obedece más a las lógicas de «muestra» de un patrimonio cultural que flirtea ambiguamente con las nociones de un escenario artístico, para el cual uno pagaría una entrada sin cuestionárselo siquiera. Desde los ochenta a la actualidad, hay una historia de este escenario artístico-patrimonial, unos que han perdurado y otros que han desparecido o mermado.

De los que ya no se realizan, podemos mencionar los encuentros de Teno y los del Instituto Cultural Banco Estado. El primero, gestionado por el payador Sergio Cerpa, «el Puma de Teno», algunos coinciden que fue un ensayo en gestión y producción, y duró algunos años con sus vicisitudes.

El segundo, por el contrario, alcanzó prestigio, nivel y expectativa, desde los 90 hasta mediados de la década pasada; pero no duró mucho más luego de la muerte del poeta Camilo Rojas en 2011, pese al fuerte apoyo de Patricia Díaz Inostroza, y a la salida de esta de su cargo en 2015, las personas detrás de este logro. Las razones para el fin de los ciclos del Banco Estado hay que buscarlas en las visiones al respecto del Departamento de Bienestar de la casa financiera del patito amarillo y en la capacidad de gestión de quienes asumieron después.

Hay otros escenarios que merman, como el de Portezuelo, impulsado por el párroco Ricardo Sammon y que buscaba cohesionar a su pueblo y feligresía en torno a sus propias tradiciones, para lo cual organizaba jornadas de canto a lo humano y lo divino, de la paya como tal, y de visitas a las comunidades. Norteamericano, fue el cura de Portezuelo por excelencia por más de 50 años, hasta 2007, cuando fallece y la gestión cada vez se torna cuesta arriba.

Pirque, Puente Alto, Melipilla, Hijuelas, Copiapó, Coronel, Ovalle, entre otras, tienen o han tenido encuentros de payadores o eventos que los incluyen, con dispares resultados. Todos financiados con recursos municipales, no siempre disponibles, o fondos concursables que no aseguran continuidad. Y aparte de estos, una que otra vez aparecen presentaciones con entrada pagada: «adhesión» se llama normalmente, porque si esto generara una industria, habría obligación de impuestos.

La mayoría de las veces, estas presentaciones son con entrada liberada; y cuando llega a pagarse, no supera los $5.000, en circunstancias de que en Chile existe una masa de consumidores dispuestos a pagar entre $50.000 y hasta $1.000.000 por una presentación de otros géneros musicales que van desde lo que comercialmente llaman «música urbana» hasta clásicos de élite como Paul McCartney, Roger Waters, etc. Es decir, una entrada para ver a los payadores con valor máximo es diez veces inferior al mínimo de otro tipo de evento.

Sería fácil y miope plantear que los chilenos prefieren más lo foráneo que lo nacional. Tiene que ver con el tipo de circuito: un artista no equivale necesariamente a un cultor; y un artista que vive de la venta de su arte implica trabajarse como un producto, uno que a su vez tenga su propio envase. Artista y cultor recorren y generan circuitos que son diferentes; y si uno llega a entrar o cruzarse con el otro, es la excepción que confirma la regla.

Algunos han entendido o querido resolver este dilema a través de la noción «profesional». Este término lo acuñó Pedro Yáñez cuando llevó la paya a los escenarios a partir de 1980, y con este aludía precisamente al cambio de circuito, de ejercer el oficio bajo otros parámetros para así entrar no solo a la televisión, sino que también a festivales de mayor relevancia escénica, y promocionar el trabajo de los payadores como una oferta de evento artístico por el que hay que pagar una entrada. Sacarlo de la noción de «actividad cultural» era imperativo, porque muchos se ofenden si tienen que pagar por la cultura.

A raíz de esta mirada de lo «profesional», no son pocos los payadores que se definen o presentan en calidad de «profesionales», como si con la sola palabra la realidad y la percepción de los demás cambiara. «Hay que ser profesional», esgrimen cuando se quejan de que las cosas no se hacen como ellos quieren, factor que no es suficiente para alcanzar esa condición. Se busca ser percibido como profesional más que un camino de profesionalización efectivo. Es difícil profesionalizarse si no existe un medio apropiado en el cual hacerlo, un circuito fuerte y claro donde proponerse y superar metas.

No basta con «venderse» bien, maquillarse, posar para las fotos y trabajar un perfil en redes sociales a fin de proyectar una imagen de cómo se quiere ser percibido. Restringir la profesionalización a un marketeo del producto es poner la carreta delante de los bueyes, reducirse a ser mercantilizado y prostituido, aunque frente a las cámaras y en redes sociales se levanten, junto con el puño, las causas justas para ofrecerlas a las caretas de una humanidad que ve lo mejor de sí misma en verse como víctima de cualquier cosa.

Tiendo a considerar, a la luz del trabajo de poetas y payadores del orbe como José Curbelo, Marta Suint, Yeray Rodríguez Quintana, Alexis Díaz Pimienta —para no comprometer nombres chilenos—, que la profesionalización de los payadores (y de cualquier tipo de artista) pasa por el cultivo de las virtudes de su oficio, que involucra varios: canto, instrumento musical, composición de versos; vestimenta y presencia escénica, lenguaje corporal; gestión y producción de una presentación, promoción y difusión, todo lo cual implica ampliación y robustecimiento de redes que sean beneficiosas.

El cultivo de virtudes como esas mira hacia un horizonte de excelencia, crea un atractivo para un público que esté dispuesto a pagar por entrar a una sala o espacio donde gozar de la paya. Y en una sociedad de consumo y neomercantilista como la nuestra, las soluciones no pasan por un cambio de sistema: los sistemas llegan para quedarse, y Maturana nos hizo ver que los sistemas no se cambian, ¡SE HUMANIZAN!

La paya bien puede moverse en un circuito en que el payador sea un producto que se vende bien, pero que a la vez humanice la oferta de la entretención, que eleve la mirada del consumidor medio.

O bien, moverse solo en un circuito patrimonial cultural, donde no es impedimento disimular ausencia de virtudes en el oficio artístico, porque el foco está puesto en la existencia y fortalecimiento de un tejido comunitario cohesionado por una práctica, usos y costumbres, y no en la promoción de la excelencia en el cultivo de una techné, un arte, que a la vez sea un modo de vida y sustento en el ecosistema mercantil de la entretención en las artes del espectáculo. Si habrá una industria de la paya, esto supone gente industriosa.