Opinión

El comando que asesinó políticamente a Evelyn Matthei

La derrota de Evelyn Matthei no se explica por sus adversarios externos, sino por el propio comando que la vació, la dividió en once voces y la entregó al sacrificio político, dejando como símbolo final un gesto obsceno convertido en epitafio de su carrera

Por Miguel Mendoza Jorquera.- Evelyn Matthei terminó quinta, con apenas un 12,4% de los votos y 1.613.797 sufragios, la peor derrota de una candidata presidencial de la derecha tradicional en la democracia reciente. Lo más insultante es que llegó a ese resultado con la campaña mejor financiada de todas: $2.603.666.672 en total, de los cuales $1.760 millones fueron crédito contra reembolso y $843.666.672 provenían de aportes de partidos y personas naturales. Es decir, ardieron más de 2.600 millones para terminar en el quinto lugar… y rematar una carrera política prolífica con un gesto obsceno a la prensa, en una escena tan vulgar como el modo en que su propio sector la desechó.

Ese dedo de Matthei, sacado por la ventanilla del auto, no fue solo una grosería: fue el epitafio de su biografía política, forzado por el mismo comando que la obligó a ir al comando de José Antonio Kast a “dar una señal de unidad”, pese a que desde ese mundo —y desde sus bots— la habían tratado de “Alzheimer” y la habían ninguneado durante semanas. Matthei no quería ir, pero el acoso de la prensa, sumado a la presión de un equipo que ya la había entregado al sacrificio, terminó en ese gesto poco decoroso y vulgar que, aunque apuntó a las cámaras, también iba dirigido al comando que la abandonó y la tiró al matadero mediático.

Los enemigos internos

Los enemigos de Matthei no estaban en el Frente Amplio, ni en el Partido Comunista, ni en Franco Parisi. Sus verdaderos enemigos estaban sentados a su lado, en su propio comando: cobrando, opinando y ocupando pantalla mientras la candidata se encogía.

Chile Vamos montó una especie de agencia de empleos bien pagados: Juan Sutil como gran estratega empresarial, Juan Antonio Coloma como articulador político de la vieja guardia, Diego Paulsen jugando a generalísimo millennial, Guillermo Ramírez luciéndose como presidente de la UDI “renovada”. Sobre el papel eran “los mejores”; en la práctica fueron el lastre perfecto.

Una campaña caricaturesca

El diseño de la campaña bordeó la caricatura. En vez de una voz clara, levantaron once voceros. Once. Una romería de diputados, alcaldes y figuras ansiosas de cámara, pisándose las cuñas, contradiciéndose y corrigiéndose en público. La campaña se volvió vitrina de egos, no proyecto presidencial.

Matthei terminó secuestrada por su propio equipo: menos dueña de su relato que sus portavoces, menos visible que sus operadores, obligada a apagar incendios comunicacionales provocados por quienes se suponía debían cuidarla.

Mientras tanto, toda esa “estrategia” sirvió para encerrar la candidatura en el mismo triángulo de siempre: Las Condes, Vitacura, Providencia y, de rebote, La Reina. Encargaron encuestas, focus groups y asesorías para hablarle una y otra vez al mismo barrio alto. Ahí Matthei ganó cómoda, sí. Pero el resto de Chile votó otra cosa: el norte agotado por la crisis migratoria, el sur precarizado, las comunas populares del poniente de Santiago. Ahí su nombre no significaba nada. Fue una campaña diseñada para tranquilizar a los propios, no para entusiasmar a un país.

La noche de la derrota

Cuando llegó la noche de la derrota, se cayó la máscara. Antes de que Matthei subiera al escenario a reconocer el resultado, en el chat de WhatsApp “Voces x Evelyn” ya circulaba el nuevo libreto: “ya se perdió, ahora todos apoyar a Kast”, frase atribuida a Karla Rubilar. La misma Rubilar que el año anterior había sufrido el abandono en su propia candidatura a alcaldesa por parte del exalcalde Codina y del senador Manuel José Ossandón, ahora repetía el libreto: abandonar primero.

Se prostituyeron políticamente en tiempo récord, cambiando de candidata por WhatsApp, sin un segundo de silencio ni el mínimo pudor de acompañar a la mujer que habían usado como escudo hasta el último día.

Chile Vamos y el espejo del Socialismo Democrático

Chile Vamos terminó comportándose igual que el Socialismo Democrático al que tanto critica: una máquina profesionalizada en salvar sus cupos, negociar con el poder de turno y sacrificar a quien sea necesario para seguir en la foto. Inflaron a Matthei con cifras, la rodearon de apellidos ilustres, la encerraron en tres comunas ricas, quemaron más de 2.600 millones en una campaña diseñada para perder… y cuando el país la mandó al quinto lugar, la tiraron al basurero y corrieron en masa al comando de Kast en nombre de la “unidad”.

El epitafio político

La historia oficial dirá que Matthei fue derrotada por la ola populista, por el desgaste de la clase política, por el voto obligatorio. Pero en realidad fue ejecutada, políticamente, por su propio mundo.

Su último acto público quedará fijado en un gesto obsceno desde la ventana de un auto. Lo verdaderamente obsceno, sin embargo, estaba detrás de esa ventana: un comando que la usó, la vació y luego la entregó sin pestañear.

Se recordará ese dedo del medio como el meme cruel de una carrera política destacada —diputada, senadora, ministra del Trabajo, alcaldesa de Providencia— reducida a cinco segundos de furia. Pero, en el fondo, ese dedo no solo fue contra la prensa: se convirtió en el meme perfecto de todo lo que su propio comando hizo mal.

Ella se fue del escenario con un dedo en alto; ellos se quedaron, intactos, listos para integrar el próximo comando y repetir exactamente el mismo guion con la próxima “favorita”.

Miguel Mendoza Jorquera, Tecnólogo Médico – MBA.

Alvaro Medina

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