
Por Hugo Cox.- Hoy se asiste a un escenario de múltiples guerras en Medio Oriente (Israel, EE. UU.–Irán, Pakistán, Afganistán, Rusia–Ucrania), lo que puede llevar a una fractura del sistema-mundo y provocar un cambio profundo en las relaciones internacionales. Immanuel Wallerstein desarrolla su tesis de la Teoría del Sistema-Mundo que puede ayudar a explicar el actual escenario.
La Estructura del Sistema-Mundo
Para Wallerstein, el mundo no se divide solo por países, sino por una estructura jerárquica de poder económico:
Así, entonces, las guerras en Medio Oriente no son solo conflictos religiosos o étnicos, sino luchas por la hegemonía:
Wallerstein argumenta que se está en una fase de declive de la hegemonía estadounidense:
La entrada de China y Rusia convierte el tablero en una lucha sistémica por la sucesión de la hegemonía. China es el mayor importador de petróleo y necesita estabilidad en Irán; integra periferia y semi-periferia en su órbita económica y desafía al dólar al comprar petróleo en yuanes.
Rusia, por su parte, es un pivote militar. Tiene una alianza con Irán que se manifestó en Siria, donde ambos frenaron la reconfiguración regional de EEUU, y además provee tecnología militar y usa su veto en la ONU para desgastar al Centro.
Tecnología y Medioambiente
La tecnología se ha convertido en un nuevo campo de batalla dentro del sistema-mundo. El Centro, encabezado por Estados Unidos, mantiene su hegemonía imponiendo restricciones a la exportación de microchips avanzados —como los producidos por NVIDIA y ASML— con el objetivo de frenar el ascenso de China. En este tablero, Israel actúa como un hub tecnológico estratégico: su capacidad en ciberseguridad y defensa, ejemplificada en sistemas como el Domo de Hierro, refuerza su papel como enclave del Centro en Medio Oriente.
Mientras tanto, la carrera digital se intensifica en la semi-periferia. Irán ha desarrollado una de las capacidades de guerra cibernética más agresivas de la región, lo que le permite golpear al Centro sin necesidad de desplegar armamento convencional. Rusia, por su parte, utiliza la desinformación como arma híbrida, erosionando la cohesión social de los países centrales a bajo costo pero con alto impacto sistémico. En paralelo, la inteligencia artificial y la automatización amenazan con desplazar a la periferia del sistema productivo, redefiniendo la división internacional del trabajo y poniendo en riesgo la relevancia de regiones que hasta ahora se sostenían gracias a su mano de obra barata.
La ecología también se ha convertido en un eje central de la disputa por la hegemonía. El Ártico, con su deshielo acelerado, abre nuevas rutas comerciales y acceso a recursos energéticos antes inaccesibles. Rusia ha militarizado la región para asegurar su supervivencia como potencia semi-periférica extractiva, mientras que China se autodefine como un “estado cercano al Ártico”, buscando influir en rutas que acorten el transporte hacia Europa y reduzcan la dependencia del control naval estadounidense en el Estrecho de Malaca.
En Medio Oriente, el estrés hídrico se ha transformado en una amenaza existencial. Irán enfrenta sequías crónicas que generan protestas internas y convierten el control de las cuencas hídricas en una cuestión de seguridad nacional. Israel, en contraste, ha utilizado su ventaja tecnológica en desalinización como herramienta de diplomacia del agua, normalizando relaciones con países árabes y consolidando su posición en el sistema-mundo mediante la dependencia ecológica de otros.
La Transición Energética: ¿El fin del Petrodólar?
Desde la perspectiva de Immanuel Wallerstein, el cambio climático es la “limitación externa” definitiva del capitalismo. No se trata solo de salvar el planeta, sino de quién controlará los últimos recursos vitales: agua, tierras raras y aire limpio. El eje de lucha ya no es únicamente por quién gobierna el sistema, sino por quién sobrevive a su colapso ecológico.
Para la tesis de Wallerstein, América Latina ha sido históricamente la “periferia” modelo: proveedora de materias primas con bajo valor agregado. Sin embargo, en la lucha actual entre el Centro (EE. UU.) y la semi-periferia ascendente (China), la región se ha convertido en el “Trofeo Geopolítico” del siglo XXI debido a sus recursos críticos. Litio, cobre y tierras raras están redefiniendo la posición de Sudamérica en el sistema-mundo.
El “Triángulo del Litio” y la Nueva Dependencia
Argentina, Bolivia y Chile poseen más del 50% de las reservas mundiales de litio, el “petróleo blanco” necesario para la transición energética.
El Cobre y la Infraestructura Digital
Chile y Perú son los principales productores de cobre, esencial para la infraestructura eléctrica y la IA global.
América Latina como Tablero de la Nueva Guerra Fría
En el eje de lucha global, la región se ve forzada a elegir bandos. Wallerstein advertía que el sistema-mundo es explotador por naturaleza. Para América Latina, el cambio de “dueño” (de EE. UU. a China) no garantiza salir de la pobreza si no se cambia la estructura de producción. La región corre el riesgo de ser escenario de una “guerra subsidiaria” donde las potencias luchan por los minerales, mientras la crisis ecológica local (sequías en Chile, deforestación en el Amazonas) debilita a los estados nacionales.
El eje de lucha Irán–EE. UU.–Israel, si el petróleo de Medio Oriente pierde valor, convierte el control de los Andes y el Amazonas en la prioridad número uno del sistema-mundo.
Para enfrentarse a este desafío es necesario diseñar un Bloque Latinoamericano exitoso. Para Wallerstein, el objetivo no es solo “cooperar”, sino forzar un ascenso colectivo de la periferia a la semi-periferia tecnológica, rompiendo la dependencia del Centro (EE. UU. y Europa) y del Centro-aspirante (China).
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