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El pecado de Marinovic

Señor director:

Ya se ha establecido el riesgo inminente de daño cerebral de largo plazo por Covid-19 —»Covid Largo»—, dejando secuelas neurológicas, cognitivas, psiquiátricas y funcionales, pudiendo incluso provocar discapacidad permanente y afectar a quienes padecieron cuadros moderados. También sabemos que el SARS-CoV-2 se propaga preeminentemente por vía aérea a través de aerosoles. Por ello, en espacios cerrados resulta de primerísima importancia la ventilación cruzada permanente con aire renovado. La variante Ómicron es tan contagiosa que se vuelve imprescindible el uso de respiradores KN95 o similar. Sin protección, se reportan contagios incluso a dos metros de distancia en pocos segundos. La segunda pandemia, que ya empezó, es la de secuelados: niños, estudiantes, adultos laborales; incluyendo políticos con el poder de dirigir el destino del país.

Por ello, resulta realmente inaceptable que la constituyente por el Partido Republicano, Teresa Marinovic, haya asistido desenfadadamente sin mascarilla al pleno de la Convención Constitucional del martes 4 de enero. No solo falló peligrosamente en su propio autocuidado, sino que expuso temerariamente a sus colegas ante el predominio de una variante que resulta asintomática en casi la mitad de los casos.

Aparte de la amenaza a la salud inmediata de los demás, arriesga la integridad cognitiva de quienes definirán el carril institucional del país por décadas. También le necesitamos a ella con plena disponibilidad de sus facultades.

Siendo conocida por su ahínco, vehemencia y hasta virulencia contra aquellos que ella considera contrarios a sus valores patriotas, republicanos, conservadores y católicos, cuesta comprender su accionar a la luz del valor republicano del respeto del bien común, del valor católico de amor al prójimo o del valor patriota de amar a su patria, lo que incluye a las personas que habitan el territorio. Cabe cuestionarse qué valores realmente le embargan tanto durante su ejercicio en esta instancia republicana como en otros actos de su vida pública. No desconoce el problema. ¿Cumple ella el estándar que suele exigirle a los demás o con su actitud se revela, desenmascarada, como una vulgar infractora de ley?

La pandemia convierte su pecado por omisión en pecado por obra y la república ha de cobrarle su falta con la respectiva sanción sanitaria.

Atte.,

Luis León Cárdenas Graide

Ingeniero Civil en Computación, Universidad de Chile