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El retorno de lo reprimido: el dispositivo “civilizacional” de VOX

Por Gilberto Aranda.- El componente internacional de los discursos populistas suele comparecer como una función derivada del nacionalismo ínsito al proyecto, donde lo que se trata es de buscar alianzas internacionales para fortalecer un plan doméstico determinado (Mudde, 2007, Verveek y Zaslove 2015, Orellana y Michelsen, 2019).

Sin embargo, la política exterior de sello populista ha recibido atención en América Latina desde los trabajos de Di Tella (1973), hoy complementados por estudios recientes que han explorado la dinámica internacional desde la experiencia comparada entre Europa y América Latina (Sanahuja, 2019; Wehner y Thies 2020; Brum, Heras y Montiel, 2021, Gratius y Rivero, 2021).

En esta estela, el caso de Vox ha tenido un considerable interés académico dado su vertiginoso crecimiento. En breve tiempo se convirtió en la tercera fuerza política con 52 diputados en el Congreso, a la vez que campea en las redes sociales. Sólo en Instagram es el partido político que más seguidores en España (481.803) superando la suma de los cuatro siguientes (Podemos, Ciudadanos, Partido Popular y Partido Socialista Español). En medio de una tesitura de crisis y crispación, su relato nacionalista logró seducir a electores de la derecha sociológica, incluso al punto de desplazar de sus preferencias al PP y apostar el nuevo referente (González Cuevas, 2019).

Adicionalmente el caso de VOX llama la atención porque habría puesto fin a un “excepcionalismo español” de un país sin una ultraderecha de alta resonancia en las urnas desde 1977. Entre su retórica típica se puede citar la defensa de una España homogénea y centralizada, cuya soberanía es desafiada tanto por los denominados nacionalismos periféricos como por el euroglobalismo con sede Bruselas, aunque sin perder de vista las implicaturas de la invectivas contra una supuesta “ideología de género” y desde luego las alertas recurrente frente a los peligros de una “migración ilegal”.

Este típico discurso de “derecha rebelde” (Stefanoni, 2021) ha sido favorecido por la existencia de un amplio espacio mediático alternativo a instituciones y medios tradicionales, aunque también el recuerdo cada vez más lejano de la dictadura franquista que explica cierto desconocimiento y relativización de dicho pretérito sobre cuya superación fue cimentada la vibrante democracia española de fines de los setentas y ochentas.

Habitualmente Vox hace uso de la revisión histórica como su aliada para explicar problemas y soluciones de la España actual (Ballester, 2021), cuyas claves estarían en el pasado, una práctica que vigorizó durante las elecciones de 2019 (Del Valle y Costa López, 2022). De alguna manera se trata del retorno de lo reprimido, un mecanismo que permanentemente hacer resurgir recuerdos, ideas o emociones que por alguna razón habían sido abandonadas o evitadas. Desde un psicoanálisis freudiano (1906) apunta a la generación de una información morfológicamente distorsionada, denominada formación transaccional, y que es producto de la mediación entre aquella parte que bloque con las representaciones que han sido reprimidas, y que se exteriorizan como una pulsión.

El nuevo orden de la Constitución de 1978 significó no sólo atenuar la discusión contingente en torno al franquismo (1939-1975), sino evitar profundizar políticamente en la Guerra Civil española (1936-1939), sus causas y víctimas. Dichos aspectos de una ruptura pactada por la democracia consociativa con el autoritarismo fue ofrecida como el precio a pagar para un mayor desarrollo material español en condiciones de equidad, así como la inserción nacional en la Europa Occidental. Aunque la clausura del debate acerca del pretérito reciente fue precozmente cuestionada desde los márgenes –a menudo con sus propios nacionalismos-, fue apenas con el gobierno socialista de Rodríguez Zapatero (2004-2011) que institucionalmente se re-posicionó el debate desde ciertas aristas que el consenso del 78 evitaba, como la cuestión de la memoria histórica por citar sólo una.

El ciclo de crisis posteriores a 2008 terminó de perforar otros aspectos de la democracia consociativa española, erosionando la ruptura pactada en torno al Franquismo, cuestión que devino en concentraciones pacíficas y acampados en plazas españolas para protestar contra el bipartidismo y el dominio económico de corporaciones privadas, surgiendo movimientos sociales del 15-M, conocidos como indignados, y posteriormente nuevos partidos políticos con ciclos de éxito electoral como Podemos y Vox. VOX irrumpió en los precisos momentos en que Europa Occidental despuntaba una fisura política entre quienes defendían valores comunitarios-identitarios versus quienes reivindicaban un espíritu universalista (Bornschier y Kriesi, 2013).

Las diferencias étnico-nacionales esgrimidas por los primeros se tradujeron en demandas de cierre de la frontera identitaria para Europa. De tal manera que la generación de alteridades es elemental en las definiciones de los partidos europeos de derecha radical y nativista, correspondientes a una segunda ola populista -de la que Vox hace parte-, que se vio vigorizada con la llegada masiva de migrantes entre 2015 y 2016. La cuestión migratoria juega un papel relevante en la frontera identitaria que Vox propone para España -aunque cuando el primer éxito electoral voxista fue después de la declaración del independentismo catalán (27-O de 2017). Y aun cuando en diversos estados de Occidente y sus periferias, la crítica a la inmigración ilegal es una constante discursiva –por medio de la estigmatización icónica de migraciones con capacidad potencial de amenazar a la comunidad-, la recurrencia en España a la denuncia contra la llegada de menores sin compañía de adultos, así como la condena de eventos que conectan a inmigrantes con delincuencia común e incluso terrorismo hacen de dichas cuestiones nichos propagandísticos que mediante la exigencia de un castigo ejemplarizador pretende conferir voz a quienes aseguran han sido ignorados por las políticas de seguridad ciudadana: el populismo penal (Pratt, 2007), movilizando respaldos y generando réditos electorales típicos del populismo punitivo (Bottoms, 1995).

La Guerra Global Contra el Terror a principios del siglo XXI junto a las políticas antimigratorias de Trump y Orban son arquetipos de un tipo de prácticas excepcionales basadas en un sentido de urgencia que obliga a una toma de decisiones fuera de los procesos decisionales democráticos y que describen como securitización (Buzan, Waever and De Wilde), cuya lectura constructivista apunta a la preeminencia de factores ideacionales sobre las amenazas materiales, y que para los posestructuralistas remite a mecanismos de control social (Agamben,1998).

Este trabajo pretende explorar la configuración del discurso voxista en torno a cuestiones distintas a su tradicional adversariado ínsito en los nacionalismos periféricos, sino más bien auscultar una relación con otros que representarían en su visión la continuidad de un legado imperial o de una lucha milenaria contra un enemigo doméstico que ha “invadido” la península. En esta perspectiva los recién llegados a España constituyen la referencia para la configuración de un proyecto interméstico1 donde convergerían dimensiones internacionales y domésticas en clave civilizacional: la Iberósfera.

Marco teórico: narrativas y constructivismo

Para el análisis de este tipo de cuestiones es crucial atender a las narrativas de una historia frecuentemente asociada con la ficción y no directamente con la factualidad. Este tipo de relato apunta más bien a la forma en que se construyen avenidas de sentido para urdir cognitivamente universos semánticos para leer la realidad. Como señalan Molly Patterson y Kristen Renwick Monroe (1998, 315-316) en la medida en que la narrativa influye en nuestras percepciones de la realidad política, a su vez inciden en la constitución de nuestra conducta política.

Así se producen y utilizan narrativas para interpretar y comprender una realidad política determinada que se pretende alterar por otra situación. Los aportes teóricos de Ricoeur (1981), Lyotard (1984), Somers y Gibson (1994: 60) sugieren que las identidades e intereses se articulan mediante la distribución de conocimiento y significados colectivos constituyendo las estructuras que soportan las acciones colectivas. En dicho esquema los actores adquieren identidades (relativamente estables, con una descripción específica del rol jugado y expectativas sobre “sí mismo”). Cada identidad es una definición social del actor basada en las teorías que los actores tienen colectivamente sobre sí mismos y que constituyen la estructura del universo internacional de interacción. Somers y Gibson (1994) ofrecen una reflexión sobre el papel de la narrativa en las teorías sociales de la acción, recomendando una aproximación a toda teoría como un relato organizado acerca de un problema a resolver (Somers y Gibson, 1994: 45), el que podría aplicarse tanto a un grupo rebelde como a otro conservador, y desde luego a un partido euroescéptico con intenciones de reemplazar las estructuras comunitarias por otro tipo de solidaridades civilizacionales.

Si se presta atención a la emergencia de conceptos definitorios de un conjunto de problemas y sus respectivas soluciones, es plausible obtener perspectivas y posibilidades a partir de significantes de la talla del desarrollo, industrialización, guerra fría y lucha de clases, todas referidas a relatos sobre cómo el mundo se amplió o cambió. Incluso es posible pensar en algunas de sus características: la primera es una estrecha relación entre sus diversos componentes lo que permite cubrir la necesidad de dotar de sentido a acontecimientos que dispersos no aportan significado, y aisladamente impiden la interpretación. [i]

Así, por ejemplo, un relato conspiracionista presenta una serie de relaciones que permites develar aquello que un poder específico busca ocultar. Asimismo, la construcción de una trama facilita la edificación de una red o configuración de dichas relaciones (Somers y Gibson, 1994, 60) lo que permite desafiar una estructura de poder vigente mediante la prefiguración de una “proto estructura de reemplazo, como una esfera ibérica”. Finalmente, está la apropiación selectiva en la que se hace una opción por incorporar ciertos elementos potenciales en la narrativa, omitiendo otros que son evaluados menos relevantes. Finalmente, temporalidad, secuencia y lugar, colocan el énfasis en la forma en los elementos de la trama se encuentran con respecto a la otra (Somers y Gibson, 1994, 59). Específicamente desde la disciplina de las relaciones internacionales, la escuela constructivista provee un marco que descansa tanto en la realidad social como en el conocimiento para la configuración de construcciones sociales que dependen de nuestras interpretaciones y lenguaje, éste último un instrumento para divulgar, socializar y (re)significar una cadena de sentidos. De esta manera, el lenguaje difunde e institucionaliza ideas, además de generar entendimiento colectivo con capacidad de establecer una semántica de la realidad material desde los agentes (Wendt, 1999).

Desde esta perspectiva, más que una racionalidad conductual persigue reglas que sean coherentes con sus identidades y acordes con los dilemas que cada elección entraña (Adler et al, 2006). El constructivismo aporta un marco que se funda en las facetas ideacionales y de las percepciones implicadas por ejemplo en la declaración de adhesión a una comunidad nacional o regional susceptible de ser construida, planteando al mismo tiempo interrogantes acerca del rol de las ideas y las normas sociales involucradas en los potenciales nuevos territorios y regiones transnacionales (Hopf, 1998; Christiansen, Jorgensen y Wiener, 2001; Adler, 2006).

Un actor como Vox en tanto colectivo define sus intereses en referencia a una situación y contexto determinados. Identidades y percepciones se definen recíprocamente, de tal manera que una mayor colaboración o conflictividad está sujeta a definiciones intersubjetivas, en las que identidad e intereses son variables dependientes, que demandan una densidad y regularidad de interacción, así como insatisfacción respecto de una situación identitaria previa. Aquí necesariamente requiere de otros colectivos que compartan, al menos parcialmente, un relato de una comunidad mayor, aunque desdibujada (Hispanoamérica), con potencialidad de reemerger con otras formas, Hispanosfera o Iberosfera.

El papel de los mitos

Un método narrativo para este tipo de relato respecto al poder político es aquel que suministra mitos políticos como marco para confrontar situaciones conflictuales al interior de una comunidad. El registro es amplio y va desde aspectos geopolíticos, ideológicos o la definición identitaria. En el caso de la política de identidades exclusivas implican la resistencia a que un grupo sea subsumido en un orden nacional macro o en un sistema internacional. Mediante este tipo de política de identidades se reivindica el poder desde la especificidad cultural en un discurso que subraya la adhesión a un grupo nacional, un clan o incluso a una religión. La nostalgia cumple el papel al articular discursos de corte palingenésicos (Griffin, 2019) o “retrotópicos” (Baumman) para ofrecer la factibilidad de rehacer un pasado mítico bajo condiciones de plenitud existencial, cohesión social, seguridad familiar, estabilidad identitaria y prosperidad económica, que constituye un retorno a la edad dorada.

Aquí comparecen los imaginarios de unidad nacional que son idealizados al depender de la reinscripción selectiva de diversos mitemas que hace un nacionalismo de diverso corte: conservador y/o antihegemónico/imperialista. Tolkien describe este tipo de procesos narrativos como mitopoiesis activa. Para Tolkien (1947) un género que aprovecha un set de ideas y creencias a partir de la invocación de conceptos (incluyendo tópicos de las mitologías folklóricas) que son utilizadas para transmitir una sensación de continuidad en una audiencia colectiva nacional. Opera un proceso de intervención semántica para re-significar ciertos elementos míticos y simbólicos del imaginario social con fines políticos (Wodak, 2015). De esta manera se puede comprender el pasado como espacio temporal no pasado, al que se regresa permanentemente con propósitos de proyección futura (Uribe, 2013: 80). Esta continuidad facilita el discurso de comunidad identitaria fundada en el supuesto de la fe en compartir un mismo origen (Esposito, 1996: 96), que mediante un conjunto de relatos míticos empuja hacia adelante a la comunidad de sus creyentes (Esposito, 1996: 107).

Aun cuando los mitos pueden clasificarse en nostálgicos y futuristas (2005), se suele decir que mientras el populismo de derecha mira al pasado el de izquierda se proyecta al futuro (Casullo, 2019: 131), o planteamientos acerca de la elaboración de discursos utópicos por-venir en el caso de la izquierda y de retroutopías en la ultraderecha, como argumentan Palomares Rodríguez (2021: 309) y Fernández Riquelme a partir de los retrodiscursos, agregando que no sólo serían patrimonio de la ultraderecha (2022: 171-172). Efectivamente, uno de los textos más sugerentes del fascistólogo Roger Griffin “Modernismo y fascismo, la sensación de comienzo bajo Mussolini y Hitler” defiende la modernidad de dicho fenómeno, a diferencia de quienes lo plantean como antimoderno; y su proyección al futuro, un modernismo reaccionario (Herf, 1984) o modernidad con arraigo (Kallis, 2014) que intenta implementar otra modernidad alterna, mediante claves del ayer. En esta misma línea hemos planteado hace más de 12 años que todo populismo posee ribetes cronotópicos (Aranda y Salinas, 2010), sea protestatario o nacionalista, dimensión que cual templo de Jano mira en dos direcciones, el pasado y el futuro simultáneamente.
En Perú se concreta en la permanente búsqueda de un Inca y en Venezuela con las sucesivas relecturas del proyecto de Bolívar para intentar recrearlo. La distinción entonces sería otra. Como explica el antropólogo Alejandro Grimson: “La tensión nacional versus cosmopolita, soberanía versus inserción internacional, se resuelve de manera muy diferente en países con historia imperial y en países periféricos. Mientras en los primeros los nacionalismos se asocian a la guerra de conquista y a la xenofobia contra los inmigrantes, en los segundos estos elementos no son centrales, si bien pueden estar presentes, ya que la capacidad de decisión autónoma, efectivamente soberana sobre los recursos y la política económica, nunca dejó de sufrir presiones y condicionamientos desde los países más poderosos” (Grimson, 2019: 21).

En otras palabras, el nacionalismo de sociedades periféricas es antimperial y el de sociedades centrales, semiperiféricas o pericentrales tiene reverberancias pretéritas de formaciones imperiales, que es lo que ha ocurrido cuando se pretende revivir determinados lazos políticos-culturales pretéritos por medio de los conceptos de Hispanidad o de una eventual asociación denominada Comunidad Hispánica de Naciones en el Franquismo (Aranda, Escriba y Riquelme, 2020).

Se trata de un retorno a un colonialismo reprimido, o perdido más bien, en un Imperio añorado como la edad dorada de una identidad nacional. De tal manera, la derecha radical y ultrapatriota apela reactivamente al recuerdo de una edad dorada, la comunidad primigenia u orgánica, confrontando el impulso igualitario o liberal de la segunda modernidad mediante la construcción de “una cosmovisión basada en valores alternativos: la defensa de una comunidad nacional, cierto antigualitarismo y una visión del mundo simplista y maniquea” (Casals, 2003: 295). Dichos aspectos culturales son promocionados al rango de valores patrios, desempeñando la función de homogenizadores sociales mediante su implementación con carácter mítico (Campbell, 2019) con capacidad de satisfacer necesidades experienciales y garantizar trascendencia, maduración, armonía o plenitud, simplemente la sensación de un estado mejor que el antecedente (Campbell, 2019). Así, “symbols of the past re-emerge, such as flags, logos, uniforms, hymns, slogans and so forth, and reinforce the revisionist ideologies of such rightwing populist and radical extremist parties” (Wodak, 2015: 64). El autor agrega que estas referencias serían “recursos semióticos” que vincularían, orwellianamente diría yo, al presente con un pasado nacional recordado/imaginado de grandeza cultural o plenitud comunitaria (Wodak, 2015: 64):

Founding myths become revitalized to legitimize the myth of a ‘pure people’ who belong to a clearly defined nation state. Most right-wing populist parties thus re-imagine and rewrite their national histories to legitimize their present agenda and future visions. They draw on the past to relive allegedly successful victories and/or previously grand empires (Wodak, 2015: 63).

Estos mitos pueden llegar a ser funcionales en la creación de solidaridades transnacionales que se superponen a las fisuras entre globalistas/cosmopolitas frente a posiciones soberanistas/nativistas, típicas de una derecha radical y populista (Mudde, 2007) o neopatriota (Sanahuja y López Burian, 2020). Así surge un nicho en que las retrotopías generadoras de anagnóresis (reconocimiento) social de diversos colectivos participan de contiendas políticas asociadas a la globalización. Podemos identificarlas mediante la apelación a tres subsistemas del orden global: la economía política global y el sistema interestatal identificados por Cox (1992) así como la cultura global, que incorpora Robertson (1992). Esta última permite entender las tensiones identitarias a propósito de sociedades cada vez más interpenetradas por lo inter/multicultural, a partir de la globalización de los imaginarios (Laïdi, 2001) y los procesos de migración internacional en marcha.

Las contiendas asociadas a cada uno de estos subsistemas apuntan a dilemas que se pueden sintetizar por medio de desafíos que enfrenta cada comunidad política en su vinculación e inserción exterior: el problema de la producción y el comercio, la cuestión de la autonomía en política exterior y sobre todo la frontera identitaria. Así, en el primer caso comparecen las disposiciones respecto a la política comercial, mientras en el segundo refiere a las preferencias en el sistema interestatal y finalmente la aproximación frente a una cultura global y sus interacciones interculturales, con correlatos en la política migratoria. En este último caso, al que colocamos atención, la idea de una hispanidad civilizacional pretérita, que luchó contra el islam peninsular primero y constituyó un imperio trasatlántico después, reposa en los imaginarios voxistas. Desde luego pretender reconstituir dichas expresiones hoy no tiene lugar. Sin embargo, su lema de campaña en 2016 “Hacer grande a España otra vez” apunta a un eslogan onírico de estar enfrentándose a los fantasmas del ayer por lo que la respuesta – o transacción en términos freudianos- es la reconstitución de una esfera de choque y complemento civilizacional. La capacidad de “singularizar” a un enemigo es una de las ventajas de este tipo de registro civilizacional retrotópico inscrito en una lógica de conflicto cultural (Sanahuja y López Burian, 2022: 16).

La mitoarquía de Vox

Para su definición identitaria, Vox implementa una política de revisitar el pasado para transformarlo en un proyecto político futuro, o cronotopia (Aranda y Salinas, 2010), generando una neotradición –de ahí su neotradicionalismo radical- anclado a relaciones valóricas y al reforzamiento de una identidad donde la “comunidad de origen” es crucial. De ahí su interés por lograr una suscripción amplia de la “Carta de Madrid” con otros partidos populistas y de derecha radical latinoamericanos, con quienes comparten una mirada del pasado en la que revisión histórica no ha tenido lugar. Su objetivo es responder a ciertos aspectos valóricos de un mundo liberal y pluralista que colisionaría con sus valores más acendrados y que responderían a una hispanidad histórica en su visión, lo que hace de este episodio un internacionalismo por reacción (Sanahuja y López Burian, 2022). Lo anterior se puede ejemplificar con las redes internacionales urdidas por el Partido Republicano fundado por José Antonio Kast el 10 de junio de 2019, premunido de un ideario conservador católico tradicionalista en combinación con el pentecostalismo, el ultra nacionalismo identitario, y el ortodoxo aperturismo económico, sin olvidar el alto verticalismo social.

Los éxitos de Trump y Bolsonaro y el crecimiento electoral de Vox acaecidos entre 2016 y 2019 no solo animaron a Republicanos a imitarlos, sino a establecer relaciones privilegiadas con el Presidente del Brasil y su entorno, así como lazos con Santiago Abascal, Iván Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio, Georgina Trías, Francisco Contreras y Eduardo Fernández. La Hispanidad ofrecida desde el voxismo constituye un proyecto mítico alternativo a determinados aspectos de la globalización occidental, no desde luego en las directrices económicas (con un guion que no se aparta del neoliberalismo) aunque sí de una gobernanza multilateral y tecnocrática sobre aspectos que perforarían (en su interpretación) la soberanía estado-céntrica, como son las migraciones masivas particularmente la proveniente del mundo musulmán. De esta manera, la narrativa neohispanista de Vox, al plantear “cuotas de origen, privilegiando nacionalidades que comparten idioma y lazos culturales” (Vox 100 medidas) continúa un guion de “regionalismo funcional” a una comunidad política pretérita (Ayuso, 31), en línea con las tesis de reconstrucción de un espacio iberoamericano en clave monocultural.

Lo más relevante a este respecto es que al discurso populista y neopatriota opta por desarrollar vínculos hispanoparlantes bajo el concepto identitario de “hispanidad cristiana” que neutraliza otras identidades vigentes domésticamente (Abascal y Bueno, 2008, 107), ya sean indigenistas en Latinoamérica o de los nacionalismos periféricos en el caso de la península. El discurso de la política de identidades abreva de las debilidades coyunturales de otras narrativas políticas (como aquella de la unidad europea con 27 estados convergiendo en una serie de organismos supranacionales) por lo que ensaya un debate confrontacional y polarizado que recupere una memoria susceptible de reconstruir conceptos tradicionales como “civilización cristiana occidental” o Hispanidad. Frente a una Unión Europea de insignias liberales y pluralistas adquiere un sentido alternativo otro tipo de solidaridad transnacional más allá de los aliados euroescépticos, y que apunta al concepto de Hispanósfera, utilizado por primera vez en la campaña electoral de 2019, una mímesis del cuño de “Angloesfera”, a su vez esgrimido desde el euroescepticismo ultraconservador británico, entre los que destacan el historiador Andrew Roberts (2006) y el expremier Boris Johnson (2016) ávidos de una comunidad postimperial de estados con origen anglosajón, susceptible de constituir un bloque geopolítico alterno a la Unión Europea. Por medio de una relación especial -que atendía a lazos históricos, culturales y lingüísticos con las antiguas settler colonies- vociferaba la recuperación del papel de potencia del Reino Unido, sobre la base de tendencias pretendidamente globalistas, librecambistas y democráticas (Kenny and Nick, 2018).

Análogamente una Hispanósfera ofrecía restituir un perfil global a España sin subalternarse a las élites de Bruselas acusadas de fomentar una migración islamizante en España, con una trayectoria que las entrelazaba con el hispanismo, la hispanidad en el siglo XIX, la hispanidad y la comunidad hispánica de naciones en el siglo XX (Aranda, Escribano y Riquelme, 2020)[ii] El neopatriotismo de Vox acude a un relato del colectivo nacional con raíces míticas al erigirse sobre una creencia inconsciente del origen y evolución singular de un grupo (Connor, 1998:89) y no de un contrato entre seres diversos, ubicando su experiencia en la interfase entre la religión y la política (Svampa, 2016: 444). De ahí la tensión respecto del ethos democrático liberal (patriotismo constitucional) al evocar una comunidad orgánica superior frente a las leyes o simplemente proponiendo un conjunto de valores pre-políticos en “armonía natural” (Zanatta, 2015). Lo reprimido por el patriotismo constitucional y el consenso del 78, las identidades étnico/valóricas como definitorias de una comunidad política, reaparece con VOX. Mediante una operación de mitopoiesis los liderazgos políticos de este partido pueden defender un jingoísmo nacionalista, refiriendo una misión vivida como sagrada o proclamando una condición redentora cuyos signos visibles son la restauración de la gloria de una extinta unidad política –La Hispanidad- actualizadas en “la Iberósfera” (Sanahuja y López Burian, 2022: 12).

Santiago Abascal, lanzó el concepto “Iberósfera” durante un momento seleccionado, la fallida moción de censura al Presidente del Gobierno de España, en el Congreso de los Diputados. La noción extiende la Hispanósfera al conjunto de sociedades iberoamericanas como parte de una comunidad con afinidades culturales y un destino frente a diversas amenazas. La confrontación polarizada requirió un Think Tank con el sugerente nombre de Fundación Disenso que ha desplegado una estrategia de visibilidad editando medios digitales (como la Gaceta de la Iberósfera), promoviendo la suscripción de un acuerdo denominado Carta de Madrid que mediante una operación de resucitar el clivaje ideológico de Guerra Fría pretender plegar otras derechas latinoamericanas bajo consigna de “libertad o comunismo” (Sanahuja y López Burian, 2022: 12).

El dispositivo “Iberoamérica” constituido socialmente sobre la base de ideas, intereses, percepciones e imágenes del orbe desde un contexto particular que a menudo se procura transformar, y en la que región e interés nacional declarado hacen parte de un conjunto de construcciones sociales variables (Simmons & Martin 2002; Adler 2006). Desde el constructivismo se trataría de un “regionalismo imaginado” de un proyecto político orientado a la constitución de una región con expectativa de interdependencia más densa y compleja (Buzan y Waever, 2003; Oyarzún, 2008), que podemos identificar como un retorno a una Arcadia perdida, pero que al no poder corporizarse en un imperio para no despertar las susceptibilidades nacionalistas de sociedades que en el siglo XIX se definieron a sí mismas cortando sus lazos con España, asume una nueva forma la esfera Ibérica que facilitaría a España asumir un liderazgo en calidad de primus inter pares del bloque de estados de hispano parlantes. De esta manera, España puede rivalizar con la Europa comunitaria, que es designada sencillamente en tanto “europeísmo”, a la que se responsabiliza de suprimir la soberanía española para someterla a los intereses de las instituciones en Bruselas. Vox impugna el “separatismo periférico” que aprovechándose de la membresía española en Europa para incrementar su derecho a la independencia.

La denuncia estridente, no obstante, no alcanza a cuestionar la existencia comunitaria a la presencia española, sino que más bien su trasformación que fortalezca las soberanías nacionales. Si nos retrotraemos a la llegada de Abascal a la jefatura voxista se plasma un giro desde posiciones originalmente conservadoras -propias de la matriz PP- hasta asumir definiciones próximas a la segunda oleada de la derecha radical y populista (Casals, 2021)[iii] . El parteaguas fue inequívocamente la reunión de Coblenza de enero 2017, con Matteo Salvini y Marine Le Pen como las figuras más rutilantes de un universo que nacía bajo la estrella polar de Trump y el auspicio de Steve Bannon. En dicha instancia Vox terminó de fraguar públicamente su neoalineamiento internacional con el euroescepticismo como eje articulador de una narrativa ultranacionalista (Ferreira, 2019). Una invectiva contra la Unión Europea que, sin embargo, manifestó matices respecto de otros partidos como el UKIP o el Frente Nacional, ya que mientras dichos referentes enarbolaron las banderas de la salida de la Unión Europea (bajo la insignia del Brexit y Frexit), VOX se decantó por el camino de una reestructuración institucional europea marcada por la génesis cultural cristiana y sobre todo por la primacía de soberanías westfalianas de los estados miembros prevaleciendo ante organismos con sede en Bruselas o Estrasburgo (Abascal, 2017).

De ahí que será en el seno del Grupo de las Naciones y de las Libertades donde Vox asumirá la trinchera junto a Orban y Fratelli d’Italia entre otros. El proyecto Iberósfera se entiende en clave de “Choque Civilizacional” (Huntington, 1996) bosquejando un mapa internacional con fuerzas en colisión cultural y por lo tanto amplificando la inestabilidad del conflicto inter e intraestatal en sociedades con grupos procedentes de civilizaciones diferentes (Brubaker, 2020). Una narrativa que ha sido descrita como parte de la derecha radical europea por sus definiciones social identitarias, aunque específicamente en este caso apuntando a una comunidad de origen histórico cultural (Rama et al. 2021:48-49) en la que España fungía de metrópolis de un espacio trasatlántico con característica de la Arcadia perdida e idealizada.

Lo anterior explica que en la narrativa voxista los conquistadores Francisco Pizarro y Hernán Cortés sean reivindicados de forma completamente positiva y sin matices respecto al papel que habrían jugado en la formación de una Hispanidad (flanqueada por los otros episodios formativos de la Reconquista y de las Guerras de Independencia) que responde desde un ejercicio mitopoyético a la construcción de una identidad nacional española esencializada (Abascal, 2015: 110), en una posición declaradamente contraria a cualquier viso constitutivo de una Leyenda Negra del imperio americano, en sintonía con literatura reciente (Roca Barea, 2016; Gullo, 2021) De tal manera que Vox promueve el regreso de las identidades políticas pretéritas, temporalmente reprimidas por la instalación de una variante del proyecto modernizador, particularmente en sus facetas de multilateralismo político y universalismo jurídico.

Adicionalmente adquiere un ribete geopolítico al prefigurar un bloque antiliberal, con pretensiones de delinear un nuevo modelo de relaciones exteriores y de vinculación con América Latina para España en oposición a las izquierdas variopintas. En esta interpretación Vox no está aislado, ya que su respuesta local es simultáneamente planetaria si se atiende el programa político de otras derechas radicales cuyas exigencias étnico-nacionales excluyentes se han transnacionalizado con el uso intensivo de las nuevas tecnologías de comunicación.

Migración como amenaza y posibilidad

De ahí se deriva la distinción voxista entre la migración por origen y cualificación. La segunda mediante la selección de inmigrantes conforme a un criterio utilitarista que discrimina instrumentalmente entre quienes aportan al régimen de prestaciones sociales de quienes no lo harían. De tal manera que el buen migrante es aquel que realiza trabajos que los nacionales frecuentemente no están dispuestos a hacer, o estudia. De igual manera determinados migrantes son apuntados como un potencial competidor o “usurpador de puestos de trabajo”. Sin embargo, lo más preocupante es la creencia que el grupo de inmigrantes más propenso a inferir daño en España casi siempre está asociado a la “migración ilegal”. La cuestión del origen tampoco es menor, dado que desde la perspectiva civilizacional se bosqueja una categórica distinción de trato entre un tipo inmigrante de origen hispanoamericano de otro procedente de un país islámico. Como plantean Benhabib (2005) y Nussbaum (2020) el sistema estatal moderno ha regulado la pertenencia a una sociedad nacional en términos de la categoría de ciudadanía.

El deterioro de la calidad y textura de la convivencia al interior de potencias centrales o pericentrales en momentos de incremento migratorio coloca a las sociedades receptoras ante la cuestión de la membresía política, esto es, sobre el ingreso y asentamiento de personas “extrañas” en los Estados-nación (Bauman, 2017), y los vínculos entre minorías y mayorías (Appadurai, 2007), así como aspectos de los bienes comunes y solidarios, todas materias que Vox ha utilizado como nicho definitorio.

El incremento de los flujos migratorios en Europa para el período 2014-2015 trajo aparejado un incremento de la politización de la temática migratoria (Grande et al., 2018), que ya exhibía categorías penales como: “admitidos”, “legales” e “ilegales” (Stumpf, 2006: 380). A menudo la derecha radical y populista ha ocupado el nicho/prejuicio anti-inmigratorio, operando en términos de “crimigración” (Stumpf, 2006) en tanto responsabiliza a los inmigrantes de la criminalidad permitiendo su abordaje desde la seguridad “interior”, y promoviendo un tratamiento con herramientas políticas de carácter excepcional.

Es decir, se constituyó un dispositivo de securitización, mediante el cual determinadas acciones dejan de ser gestionadas mediante políticas públicas y democráticas para ser abordada con instrumentos de políticas de seguridad y defensa. Previamente un registro discursivo del peligro (de corte hobbesiano) justifica la implementación de dichas medidas excepcionales que exceden los procedimientos regulares de decisión política (Buzan, Weaver, De Wilde, 1998). El objetivo es luchar contra cualquier amenaza o riesgo que afronte el país, real o imaginado, contra situaciones de desorden o desafío a las estructuras tradicionales. El islam es entonces percibido como una amenaza del pasado que regresa con otra cara. El enfrentamiento hispano-musulmán se actualiza mediante el rechazo voxista al islam, a menudo asociado a su versión radical lo que permite adicionalmente definir a España como una sociedad cristiana, en primer lugar, que sólo después de asumir identidad se conformó en tanto nación histórica. El papel de la religión, particularmente el cristianismo, fue de determinante en la modelación de las proto-naciones europeas por medio de una serie de atributos (Hasting, 2000)[iv] , entre los que destacan la santificación de los orígenes, la mitologización de las amenazas identitarias o la sacralidad del espacio local y su unidad de destino (Hobsbawm, 1991).

Es una interpretación esencialista donde la identidad queda fija e inmutable, descartando los procesos dinámicos de transformación identitaria colectiva que acaecieron a partir de las modernidades. Para Bueno y Abascal (2002) un proceso histórico crucial fue la “Reconquista” por su carácter de repeler la soberanía islámica de la península en una combinación de identidad y nostalgia (Fernández Riquelme, 2022: 164). Después de los atentados del 11 de marzo de 2004 la amenaza constituida sería la vertiente yihadista islámica, que pretende recuperar el “Al- Ándalus”. Además, se apunta a Marruecos como un adversario en términos categóricos, particularmente después del incidente de la isla de Perejil. Como expone Narvaja “los hombres no convocan cualquier pasado sino aquel cuya memoria vive en el presente, activada por los imperativos actuales” (Narvaja de Arnoux, 2008: 62). En este caso la islamofobia despuntaría a través de la denuncia de una conspiración islámica mediante un programa operado desde el exterior para “islamizar” a España, aunque con la ayuda de una quinta columna doméstica: “Dicho plan cuenta con la complicidad en España de buena parte (por supuesto no toda) de la población musulmana, natural y residente (unos 500000, algunos de ellos, una parte muy activa de este relato trata de una versión ultranacionalista voxista del Gran Reemplazo, una teoría conspirativa forjada por Renaud Camus según la cual el liberalismo directivo planetario estaría reemplazando a la población cristiana blanca europea por colectivos extra europeos, básicamente musulmanes, mediante las migraciones y las altas tasas de natalidad de los grupos de asentamiento recientes (Forti. 2021: 166). Pero además dichas actitudes responden al rechazo a todo multiculturalismo liberal, que permita la presencia musulmana en España, síntoma de un nacionalismo visceral manifestado en el recuerdo perenne de la lucha histórica contra la existencia histórica del Islam en la península. Frente a este multiculturalismo la propuesta voxista no es sólo el nativismo típico de la derecha radical populista, aunque ciertamente tiene un papel en un discurso con visos islamofóbicos previos a toda denuncia de la inmigración islámica, sino que sigue un curso identitario esencialista.

Para Abascal, el islam es una alteridad que al confrontarse modela la propia definición nacional (Sánchez Dragó y Abascal, 2019: 121), lo que le habilita para lanzar invectivas respecto de la presencia musulmana en la península. En el discurso de Abascal al Congreso de los diputados del 16 de diciembre de 2020 destacan algunos pasajes «sobre la inmigración y la islamización, que en España es ya un problema real». Este argumentario reposa en la atribución de peligrosidad ínsita a una comunidad islámica, que es signada como responsable directa de una delincuencia en escalada, así como otros fenómenos como “la ausencia absoluta de integración y de la islamización de barrios completos de ciudades europeas».

Esta asociación persigue provocar emociones securitarias adversas a una comunidad estigmatizada. Es definitiva aparece la designación de la inmigración de musulmanes como una “invasión” desplazando el significante desde islámica a islamista como se infiere al aseverar el diputado Abascal en la citada alocución “es un problema que hay que abordar cerrando mezquitas radicales y expulsando a los imanes yihadistas”. Con ello evoca una amenaza no solo a España, sino que también para una Europa que sabe de este tipo de ataques. Asimismo, cuando Abascal asegura «El multiculturalismo no funciona” está pensando en una “identidad” que entiende no solo se ha constituido desde el cristianismo, sino que se ha fosilizado en dicho tiempo. Despunta con fuerza una perspectiva huntingtoniana de “choque civilizatorio”, como apunta a su férreo rechazo a la convivencia en España de una sociedad con occidentales e islámicos. Dicha conducta persiste en cada ciclo electoral, como evidencia la investigación que dirigió la Fiscalía Española después de las elecciones autonómicas catalanas de 2021 para indagar los sesgos ínsitos en el mensaje «Stop Islamización» (El Mundo, 2021). Nota aparte merece la campaña madrileña de la candidata voxista, Rocío Monasterio, al exhibir sendas pancartas en las estaciones de metro reprochando el menoscabo al erario público que supondría la acogida y manutención de menores inmigrantes no acompañados si se le comparara con las deficitarias pensiones percibidas por viudas. De esta manera se alienta la sospecha sobre un colectivo claramente definido (los inmigrantes islámicos) al ser asimilados, dado que se correría el riesgo de mayores rangos de inestabilidad domésticos (producto del referido gran reemplazo) lo que hace plausible la construcción de una retórica centrada en el enemigo endógeno, a su vez culpable de instalar la mutación del componente permanente legado por un pasado idealizado. Aquí la utopía se manifiesta mediante la aspiración a segregar nativos de extranjeros (Palomares Rodríguez, 2021: 305) por ejemplo en el acceso a servicios de seguridad social. Finalmente la islamofobia hace posible otro tipo de inflexión referida a la relación española con otro tipo de migración, la latinoamericana, que coherentemente es integrada en la misma matriz civilizacional, con la que se compartirían ciertos rasgos culturales: “no es lo mismo un inmigrante procedente de un país hermano hispanoamericano, con una misma cultura, una misma lengua, con una misma cosmovisión del mundo, que la inmigración procedente de países islámicos” (El diario.es, 17 de abril de 2018).

El círculo de la Iberosfera se cierra al permitir –bajo determinadas condiciones- cierta inmigración, sobre otra, precisamente por corresponder a una misma civilización (aunque Huntington probablemente estaría en desacuerdo si se considerara su división civilizacional) sobre otra evaluada como adversa: la musulmana.

Conclusiones

La derecha identitaria esencialista, de la que hace parte Vox, ensaya una movilización civilizacional para construir un discurso securitario de nación amenazada; como se desprende de su posición frente a la migración musulmana. El iliberalismo (Zakaria, 1997)[v] de Vox se deriva entonces de una identidad asignada en el pretérito, que para sus cultores permanece estática, esgrimiéndose que para su defensa es indispensable que las instituciones del Estado combatan a los enemigos de dicha nación (Sánchez Dragó y Abascal, 2019: 170).

La lógica dicotómica populista se combina con una dosis de autoritarismo subsidiario y no por definición (Ferreira, 2019), más bien asociado a la predilección por utilizar mecanismos institucionales securitarios para confrontar cualquier amenaza a la identidad nacional. La premisa es el peligro de una eventual transformación de España en una sociedad de mayoría islámica por lo que sería la misión del Estado disponer a los cuerpos de seguridad y al Ejército para vigilar sus ceremonias religiosas y de perseguir a aquellos que fomentan un fundamentalismo religioso. En la narrativa de estos movimientos populistas, radicales y autoritarios existe un cierto consenso sobre que tanto la inmigración ilegal como las élites globalistas se han convertido en los principales enemigos que amenazan la seguridad de la nación. En este aspecto, el nativismo y el autoritarismo se entremezclan para configurar un relato nacionalista basado la existencia de civilizaciones, que pretende conservar la homogeneización nacional asumida como premisa social, por lo que la inmigración implica una amenaza (Traverso, 2018). El discurso de Abascal ofrece, sin embargo, ciertos matices respecto a la migración de origen latinoamericano.

El dirigente voxista defiende una idea de España basada en una concepción tradicional de hispanidad, rebautizada como Iberosfera, que habilita a las sociedades latinoamericanas para formar parte de la sociedad peninsular española (Sánchez Drago y Abascal, 2019: 229), al haber formado parte de un imperio trasatlántico cuyos alcances geopolíticos podrían preservarse frente una Europa que subsume a España. La narrativa histórica que identifica a España en la lucha contra el islam primero, la expansión trasatlántica después, y la guerra contra la invasión napoleónica finalmente, tiene como símbolo de grandeza (que se pretende recuperar) a la potencia estatal de los siglos XVI y XVII, y que al perderse se ofreció rescatar con la emergencia de la Hispanidad en el siglo XX, recreado en la actualidad por la Iberosfera. La operación es el retorno de la dimensión imperial colonizadora que fue suprimida durante la segunda modernidad, y que hace una nueva forma. Dicho cuño permitiría redefinir a España geopolíticamente frente a una Europa comunitaria, por medio del liderazgo español sobre un bloque euro-latinoamericano. Al mismo tiempo ofrece la posibilidad de operar como cedazo civilizatorio que hace posible admitir a ciertos migrantes (los que proceden de sociedades cristianas) sobre otros de origen islámico. La Iberosfera es el mecanismo civilizacional voxista que como rezaba su eslogan de campaña facilitará “Hacer grande a España otra vez”.

Gilberto Aranda Bustamante es académico de Estudios Internacionales en la Universidad de Chile.

Este artículo fue publicado originalmente en la Revista Refracción. Puede acceder aquí.

Notas

[i] La dimensión interméstica apunta a la convergencia entre cuestiones domésticos y temas tradicionalmente considerados de política exterior según Bayless Manning (1977).

[ii] Sobre el discurso de las derechas véase Pedro Fernández Riquelme (2022)

[iii] Para la cuestión de la segunda oleada de la derecha radical y populista en Europa en el siglo XXI véase el estudio de Cass Mudde, La ultraderecha hoy. Barcelona: Paidós, 2021.

[iv] Hasting también menciona al rol del clero, la producción de textos escritos en lengua vernácula, la provisión de modelos bíblicos que servirán de ejemplos a imitar y el establecimiento de iglesias nacionales autocéfalas origen converso) que organizados en distintas asociaciones y federaciones, buscan la islamización de España” (Bueno y Abascal, 2008: 183).

[v] El concepto de “democracia iliberal” acuñado por Fared Zakaria en 1997 apunta a la existencia de democracias limitadas con restricciones a ciertas libertades civiles, y cuyo símbolo es la administración húngara de Viktor Orban que se ha autodefinido como tal.