
Por Alvaro Medina Jara.- Dentro de la narrativa comunicacional del gobierno de José Antonio Kast se ha constatado el uso de storytelling, es decir, la construcción de relatos a través de los cuales se comunican ideas y valores que fundamentan sus propuestas, conectando emocionalmente con los habitantes de esta larga y angosta faja de tierra.
Los relatos normalmente cuentan con personajes, con grados de conflicto que se resuelven y, sobre todo, con emociones asociadas que se busca provocar.
Desde el punto de vista político, el relato más epidérmico es el de una crisis de seguridad —una apelación al miedo— personificada en el crimen organizado y, detrás de él, en los inmigrantes. Otro relato, un poco más profundo, es el del desorden y la corrupción, que apela a la indignación y la rabia, personificado en las ex autoridades del gobierno de Gabriel Boric.
Ambos se basan en antagonistas o enemigos y dan origen a la historia de la solución que viene: la del “gobierno de emergencia”, que ordena sus prioridades y explica sus decisiones en función de los ejes argumentativos desde los cuales se tomarán las medidas: rapidez en los decretos, recorte de gastos, prioridades legislativas.
Sin embargo, detrás de esas historias y relatos hay otro, subyacente, que comienza ahora a asomar con más claridad, pese a que emergió durante el debate de la primera propuesta constitucional y se consolidó después de la conmemoración de los 50 años del golpe militar: la reivindicación de la asonada que terminó con el gobierno de Salvador Allende y del régimen posterior encabezado por Augusto Pinochet.
Desde el estallido social hasta los primeros dos años del gobierno de Boric, el bombardeo del relato de la izquierda hacia la dictadura y sus pilares ideológicos fue tan intenso y criminalizante que la derecha se vio obligada a refugiarse discursivamente y revalidar su relato primigenio basado en un régimen militar que “salvó” a Chile del comunismo.
Fue, por una parte, una reacción natural de una derecha civil (y también militar) que en los años 90 había consensuado un relato de contrición ante la constatación de las violaciones a los derechos humanos, pero que ahora sentía que ya se había pedido suficiente perdón y no podía seguir manteniendo un rol histórico criminal.
Esta revaloración de la dictadura vino de la mano con una degradación mundial del ideal liberal‑democrático y una revitalización de lo autoritario, apoyada por el fracaso de los proyectos refundacionales de las izquierdas tradicionales y las identitarias.
No es de extrañar, entonces, que haya exuniformados en cargos parlamentarios y de gobierno, y que las primeras medidas y propuestas surgidas desde el nuevo oficialismo fueran las relacionadas con indultos a Carabineros o el “rescate” de quienes cumplen condena por violaciones a los derechos humanos en Punta Peuco. En redes sociales pululan memes de un Pinochet sonriente y bonachón, y los mensajes de justificación del golpe y de las violaciones a los derechos humanos se convierten en parte del relato cada vez más cotidiano.
Se puede prever, así, que los valores de ese relato —lo nacional, lo militar, lo tradicional, lo religioso, la familia, el orgullo por la economía y por la capacidad de consumo— serán los elementos centrales de las políticas públicas que emanarán de esa narrativa.
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