
Por Miguel Mendoza Jorquera.- Donald Trump no cruzó una línea roja el pasado 28 de febrero; la voló en mil pedazos con la frialdad de un tiburón que huele sangre en el agua. Durante décadas, el mundo se acostumbró a un Estados Unidos que trataba a Irán con el repertorio predecible del imperio prudente: sanciones que asfixian, pero no matan, sabotajes en la sombra y discursos grandilocuentes que terminaban siempre en el mismo callejón sin salida diplomático.
Había un tabú sagrado, una frontera invisible que ningún presidente desde la Revolución de 1979 se había atrevido a pisotear: la eliminación física de la máxima autoridad del régimen. Al bombardear el complejo del Ayatolá Jamenei y destruir la cabeza de la teocracia, Trump no solo ejecutó una operación militar; incineró la vieja idea de que Washington todavía respeta las reglas mínimas del tablero internacional.
Pero no nos engañemos con términos académicos: aquí no hay diplomacia ni esa realpolitik refinada de los viejos manuales europeos que buscaban el equilibrio de poderes. Lo que estamos presenciando es la irrupción del político matón de Wall Street, ese que no lee a Kissinger, sino que calcula el pánico de los mercados.
Trump actúa como el verdadero especulador que siempre fue, aplicando en la geopolítica la misma lógica de un asalto forzoso a una empresa: identificar al rival, asfixiarle las cuentas y, finalmente, eliminar a su director para quedarse con todo el control. Para él, la realpolitik no es un tablero de ajedrez, es una mesa de póker donde se juega a quebrar al oponente. Su diseño no es político, es una operación de liquidación.
Para entender este incendio en Teherán, hay que mirar primero hacia Venezuela, su primera gran presa en este segundo mandato. Trump no se lanzó a este choque a ciegas. Primero sacó a Maduro del camino y puso el petróleo venezolano bajo el estricto control de licencias y empresas bendecidas por Washington.
Fue su jugada maestra de cobertura: aseguró el suministro en su propio patio trasero para blindar su retaguardia antes de patear el avispero en Oriente Medio. Con la llave de paso de Caracas en el bolsillo, el especulador de Queens se sintió con la liquidez estratégica suficiente para arriesgarlo todo en una sola jugada contra Irán, sabiendo que el caos en el Estrecho de Ormuz no lo arrodillaría a él, sino a sus competidores.
Por eso, mientras el Estrecho de Ormuz amenaza con convertirse en un cementerio de buques, el dolor no se reparte por igual. Estados Unidos llega a este apocalipsis con la suficiencia del que hizo la apuesta correcta, pero para la Unión Europea la situación es de vida o muerte. Alemania, Reino Unido y Francia, con una dependencia energética que asfixia sus industrias, ya no pueden permitirse ser espectadores.
Si Irán llega a cortar definitivamente el paso de crudo por Ormuz, estas potencias europeas se verán obligadas a entrar al baile militar, no por convicción, sino por pura supervivencia económica. Para Berlín, Londres y París, la caída de Teherán es un problema diplomático, pero el cierre del estrecho es una sentencia de quiebra nacional.
El escenario se vuelve aún más oscuro por la impotencia de los otros gigantes. Rusia, aunque mantiene su estatus de potencia nuclear, se encuentra desangrada por una guerra de desgaste en Ucrania que ha devorado su capacidad de reacción; Putin puede condenar el ataque a su socio estratégico con la mayor dureza retórica, pero en la práctica no tiene el oxígeno para hacer nada más que observar.
Por su parte, China sigue el mismo guion de fragilidad: Beijing ha lanzado protestas formales y condenas incendiarias, pero es un fuego que solo arde en el papel. Atrapado en una purga interna que ha descabezado a su mando militar y con una economía cuyas empresas estatales crujen bajo la presión comercial de Washington, Xi Jinping no sacrificará su estabilidad interna por apagar un incendio ajeno en el Golfo.
Trump cree que está cerrando un problema de medio siglo, cuando en realidad ha inaugurado una era donde la eliminación física de líderes vuelve a ser una herramienta legítima de poder. El tabú roto no es solo el de Irán; es el del sistema internacional completo. Cuando una potencia decide que ya no necesita negociar ni fingir prudencia, y cambia la realpolitik por la lógica del asalto y la demolición, lo que viene después no es la paz del vencedor.
Lo que viene es una temporada de fuerza desnuda, mercados nerviosos y la peligrosa certeza de que el incendio mundial es solo el costo de hacer negocios para el matón que hoy mueve los hilos del planeta.
Miguel Mendoza Jorquera, Tecnólogo Médico – MBA.
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