
Por Carlos Cantero Ojeda.- Ley de Kidlin: «Si puedes escribir un problema con claridad, ya tienes la mitad de la solución».
Uno de los desequilibrios más extendidos y dañinos de nuestro tiempo se ha vuelto tan común que a menudo pasa desapercibido: el creciente predominio del materialismo sobre la espiritualidad. Este desequilibrio no es meramente filosófico o psicosocial; afecta directamente la calidad de vida, el bienestar emocional, la salud mental y la creciente prevalencia de enfermedades psicosomáticas. En la sociedad actual, el materialismo enferma y, en ocasiones, mata.
Problemática
En la era digital, esta tensión se ha intensificado. Un desequilibrio manejable evoluciona hacia una distorsión estructural que socava silenciosamente la estabilidad interior, el sentido de la vida y la conexión humana. Se despliega un materialismo sin contención, impulsado por procesos dinámicos, globales y vertiginosos. Se radicalizan la superficialidad, las apariencias, el individualismo, el hedonismo (compulsión por el placer), el nihilismo (debilitamiento valórico) y el consumismo, despojando la existencia humana de su sentido profundo.
Se pierde la capacidad de asombro y la conexión con los “mundos sutiles”. Lo interior cede ante el apego por lo exterior, bajo la creencia de que los objetos pueden suplir o llenar deficiencias emocionales y/o espirituales.
Materialismo
Cuando la búsqueda espiritual es reemplazada por objetos, hablamos de reificación. Reificar proviene del latín res (“cosa”) y facere (“hacer”): convertir en cosa. Se refiere a transformar ideas abstractas o relaciones humanas en entidades concretas o tratarlas como tales (cosismo).
Esta idea aparece desde la antigüedad: en el mandato bíblico de no adorar ídolos ni imágenes (Éxodo 20:3-6) o en el episodio del becerro de oro, símbolos de la lucha contra convertir lo trascendente en objeto.
Desde la filosofía, múltiples autores advierten que la reificación es un desvío del sentido trascendente de la vida.
Lo relacional — diversas miradas
El debilitamiento espiritual agudiza la superficialidad relacional. Lo interno y trascendente pierden valor frente a lo externo; la primacía del tener sobre el ser genera fragilidad identitaria y vínculos precarios. La realización se busca en la esfera privada, despojando de valor lo comunitario.
Autores contemporáneos profundizan en este fenómeno:
Zygmunt Bauman describe la modernidad líquida, donde relaciones y valores se vuelven frágiles y superficiales, alejando lo trascendente y fomentando una realidad fluida, transitoria e inestable.
Chögyam Trungpa, desde el budismo tibetano, alertó sobre el materialismo espiritual, que confunde la búsqueda de sentido con la adquisición de objetos o experiencias superficiales.
El costo es medible
Según la Organización Mundial de la Salud, la depresión y los trastornos de ansiedad afectan a más de mil millones de personas en el mundo, con tasas en aumento en sociedades orientadas al consumo.
Un estudio de 2023 de la Asociación Americana de Psicología reveló que quienes priorizan el éxito material presentan niveles significativamente más altos de ansiedad, depresión y enfermedades somáticas.
En América Latina, las tasas de suicidio juvenil han aumentado cerca de un 30% en la última década, correlacionadas con la fragmentación social y el debilitamiento de los vínculos familiares y comunitarios.
No son abstracciones: son síntomas del desequilibrio que enfrentamos.
Mutabilidad y redes sociales
Estos desequilibrios dificultan una vida plena, la construcción de identidad y los lazos sociales.
Las redes sociales son un ejemplo evidente: la identidad se construye sobre la autoexposición de posesiones, experiencias y símbolos de estatus. La dimensión espiritual del autoconocimiento es reemplazada por métricas de validación externa: seguidores, “me gusta”, interacciones.
Un estudio de 2024 de investigadores de Stanford University encontró que las personas con alta participación en redes reportan menor satisfacción vital. Una paradoja: más pruebas de una “buena vida”, pero menos experiencia real de ella.
Solucionática — el equilibrio
No se propone renunciar a lo material, sino reconocer su rol y establecer contrapesos. El equilibrio dinámico entre lo interior y lo exterior es esencial.
El remedio del materialismo se encuentra en la espiritualidad, entendida filosóficamente como un movimiento reflexivo de interioridad que abarca conciencia, libertad y búsqueda de valores fundamentales. Se expresa en la cosmovisión, la conexión con otros y la construcción de sentido profundo más allá de la mera existencia material.
Universo de espiritualidad
La espiritualidad aquí mencionada no es sinónimo de religiosidad: es un concepto más amplio. La espiritualidad es el universo; la religiosidad, los movimientos filosóficos, espirituales e iniciáticos son subconjuntos dentro de él. La interioridad no se limita a lo sagrado: se manifiesta en múltiples expresiones que nos invitan al viaje hacia lo interior.
Llamado final
Aquí están los elementos —principios y valores— que definen la plenitud de vida y la realización personal, fundamentales para evitar el aumento de problemas de subjetividad, salud mental y enfermedades psicosomáticas en individuos y comunidades.
El cuidado —especialmente el autocuidado— de estas dimensiones es crucial para una mejor calidad de vida, una cultura de paz y la integralidad humana. Trabajemos para priorizar lo espiritual y alcanzar ese equilibrio. ¡Que así sea!
BIBLIOGRAFÍA:
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