Vivimos en una cultura que promete vencer al paso del tiempo, pero el verdadero costo de esa batalla suele pagarse con la propia dignidad. Una reflexión sobre el envejecimiento, el deseo y la difícil tarea de aceptar la impermanencia.
Por Claudio Masson.- Hay una forma de sufrimiento que no grita. Camina erguida, se maquilla con cuidado, entra a los gimnasios a las siete de la mañana y sale de las clínicas estéticas con una sonrisa que ya no le pertenece del todo.
Es la insatisfacción de quien nunca termina de reconciliarse con su propio reflejo; para quien cada arruga nueva no es un dato del tiempo, sino una acusación, y cada cana confirma una sospecha antigua: que dejar de ser joven equivale, sin matices, a dejar de ser deseable, a dejar de valer.
Es el sufrimiento de quienes decidieron, en algún momento no del todo consciente, que envejecer era la única derrota inaceptable.
La mejor definición que conozco de ese estado está en el budismo: la taṇhā, la sed. No la sed de algo en particular, sino la sed como estructura del deseo: ese apetito que nunca se sacia porque, en realidad, no busca un objeto, sino la desaparición de una incomodidad que no puede desaparecer.
Es una sed profundamente humana, presente de distintas maneras en todos nosotros: el impulso de retener lo agradable, rechazar lo doloroso y conseguir que la vida se comporte como deseamos.
La incomodidad, en este caso, tiene un nombre preciso: impermanencia. Todo lo compuesto termina por descomponerse. El cuerpo que hoy sostiene una identidad ilusoria lo hará cada vez con mayor esfuerzo y, finalmente, dejará de sostenerla. Esa es la regla, no la excepción. Sin embargo, hay quienes viven ese proceso como una injusticia personal, como si el tiempo tuviera algo específicamente en su contra.
De ahí nace una figura que merece ser observada sin desprecio, pero también sin condescendencia: la de quien termina traicionando, casi sin advertirlo, la dignidad que nunca aprendió a habitar, en el intento desesperado de parecer joven.
No hablo únicamente de cirugías, bótox o filtros digitales, aunque también forman parte del fenómeno. Hablo de algo mucho más íntimo: de la decisión de llenar con sustitutos aquello que antes era un vínculo auténtico; de confundir ser deseado con ser amado; de buscar, en cuerpos ajenos, pantallas, aplicaciones o bienes de consumo, una prueba de que el tiempo todavía no ha pasado por nosotros.
Utilizo deliberadamente la imagen de unas «calles de luz roja emocionales». Porque no se trata solamente del sexo transaccional, aunque a veces también lo sea. Se trata de una economía mucho más amplia, donde la atención, la admiración y el deseo ajeno se convierten en la moneda con la que se intenta comprar aquello que nunca ha estado en venta: la juventud.
Y, como ocurre en toda economía basada en la carencia, quien más compra termina siendo quien más se empobrece. Cada transacción deja a la persona un poco más vacía y un poco más distante de sí misma, porque lo que realmente está adquiriendo es una anestesia frente al sufrimiento de reconocer que también es impermanente, que también desaparecerá.
Pero esas calles no fueron construidas únicamente por quienes las recorren. Existe una cultura entera dedicada a fabricar la sensación de insuficiencia. Convierte el envejecimiento en un fracaso y luego ofrece productos, cuerpos, imágenes y relaciones para aliviar la herida que ella misma provocó.
La sed es profundamente humana, pero los objetos hacia los que se dirige están cuidadosamente diseñados por una poderosa industria de la belleza y por una economía de la atención que necesita consumidores permanentemente insatisfechos.
Quien entra en esas calles no es solamente comprador; también ha sido educado para creer que allí se vende alguna forma de salvación.
Lo verdaderamente problemático no es querer verse bien, cuidar el cuerpo, disfrutar del placer o buscar compañía. Lo problemático es la convicción —sostenida contra toda evidencia— de que es posible negociar con la impermanencia si estamos dispuestos a sacrificar nuestra dignidad.
Es una forma de aversión disfrazada de vitalidad. Se rechaza lo que es, uno se aferra a lo que fue y, en ese rechazo, pierde lo único que realmente posee: el presente, con su edad exacta y su cuerpo exacto.
Desde la psicología budista, este fenómeno puede comprenderse como aferramiento: la apropiación de una imagen de uno mismo y la defensa permanente de esa imagen como si fuera una fortaleza. Pero nunca existió tal fortaleza; solo hubo un río de procesos cambiando incesantemente.
Envejecer no significa perder algo que alguna vez fue verdaderamente nuestro, porque nunca existió un yo fijo al que pudiéramos aferrarnos. Nunca hubo un punto inmóvil que la vejez viniera a arrebatarnos. Solo existe el río siguiendo su curso: la misma corriente que un día trajo la juventud y que ahora trae otra etapa de la vida.
La tragedia no es el envejecimiento. La tragedia es la guerra que algunos le declaran al tiempo: una guerra imposible de ganar y que, mientras dura, consume exactamente aquello que intentaba proteger: la dignidad, la presencia y la posibilidad de habitar plenamente la propia vida sin pedirle disculpas al calendario.
Quizá la pregunta verdaderamente importante no sea cómo evitar envejecer, sino cuánto estamos dispuestos a pagar por no sentir que envejecemos.
Y si la respuesta implica traicionar nuestra propia dignidad, entonces ya no estamos hablando de juventud. Estamos hablando de algo mucho más antiguo y mucho más triste: el miedo a desaparecer disfrazado de deseo de vivir.
Aun si esa guerra pudiera ganarse, el triunfo sería completamente imaginario, como el pequeño pájaro de Cenicienta posándose por fin sobre una mano extendida: un instante que solo existe mientras creemos en él y que se desvanece apenas intentamos retenerlo.
Existe otro camino, y basta observarlo para reconocerlo.
Sting —Gordon Matthew Thomas Sumner— continúa subiendo a los escenarios con el cabello completamente blanco y el rostro que corresponde a sus años. Nadie parece extrañar al joven líder de The Police, porque aquello que sostiene su presencia nunca fue su juventud física, sino su curiosidad insaciable y su extraordinaria capacidad de transformarse: del reggae al jazz, del jazz al laúd isabelino y de allí a la música sinfónica o al pop.
Ha envejecido de manera visible y, quizá precisamente por eso, resulta hoy más interesante que nunca. No porque haya derrotado al tiempo ni porque envejecer deba convertirse en un nuevo estándar de éxito, sino porque ha aprendido a habitar su realidad sin negarla.
Esa es la diferencia entre negar el paso del tiempo y aprender a vivir dentro de él. Uno dedica la vida a intentar parecer quien fue; el otro acepta la forma que la existencia va adoptando y permanece en ella con serenidad y dignidad.
Y, paradójicamente, con los años, esa actitud termina siendo mucho más joven.
Nota metodológica: la búsqueda, organización y revisión preliminar de la evidencia documental utilizada en este artículo fue realizada con apoyo de herramientas de inteligencia artificial (IA+). La selección de fuentes, su interpretación, el contraste de antecedentes y las conclusiones finales fueron revisados y asumidos por el autor.

