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Lectura: Curiosidades de la Historia: cuando las iglesias eran cementerios
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Cultura(s)

Curiosidades de la Historia: cuando las iglesias eran cementerios

Última actualización: 3 de julio de 2026 12:13 pm
8 minutos de lectura
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iglesia historia cementerio
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Antes de la creación del Cementerio General, los chilenos eran sepultados bajo el piso de las iglesias según su riqueza, condición social y situación religiosa. Así eran los ritos funerarios, los costos y las creencias que marcaron la vida —y la muerte— durante la época colonial. Un nuevo aporte de Curiosidades de la Historia.

Por Juan Medina Torres.- La tradición de enterrar a los cristianos en espacios sagrados o dentro de los templos fue establecida por el rey Alfonso X el Sabio en su célebre código legal conocido como Las Siete Partidas. Una de las razones que esgrimía el monarca era que, de ese modo, los diablos no podían acercarse tanto a los cuerpos de los difuntos.

En Chile colonial, las iglesias sirvieron como cementerio para las personas de mayores recursos económicos. Sin embargo, no podían ser sepultados en ellas los excomulgados, los herejes, quienes se suicidaban, los ateos y, en general, quienes morían fuera de la fe católica.

Un artículo del historiador Diego Barros Arana, publicado en 1876 en la Revista Chilena, describe detalladamente cómo eran sepultados ricos y pobres durante la Colonia.

Pocas horas después del fallecimiento de una persona perteneciente a la clase alta, su cadáver era amortajado con el hábito religioso de la orden por la que sentía mayor devoción. Los legos de los conventos eran los encargados de esta tarea, por la cual recibían una propina o limosna, además del pago correspondiente al hábito utilizado para amortajar al difunto. Posteriormente, el cadáver era depositado en un ataúd de madera pintado de negro o forrado con tela de lana o algodón y, en algunos casos, adornado con cintas.

La noticia del fallecimiento, en una población relativamente pequeña, se difundía rápidamente entre vecinos, cofradías y hermandades religiosas. Además, un sacristán recorría las calles haciendo sonar una campanilla para llamar la atención del vecindario, anunciando el nombre del fallecido, la hora y el lugar del entierro, e invitando a los habitantes a rogar a Dios por su alma.

La conmoción en la casa donde había ocurrido el deceso impedía preparar alimentos, por lo que familiares, amigos e incluso monasterios de monjas enviaban viandas para atender las necesidades de quienes participaban del duelo.

El cadáver permanecía poco tiempo en la vivienda. La parroquia, convento o monasterio donde tendría lugar la sepultura proporcionaba el féretro o las andas utilizadas para el traslado. Estas consistían en una especie de mesa con una caja descubierta donde se colocaba el ataúd, cubierto por un paño negro. Allí permanecía el difunto durante algunas horas antes del entierro.

El traslado del cadáver era una ceremonia de gran solemnidad y ostentación. Los dobles de las campanas de la iglesia donde tendría lugar la sepultura convocaban a los clérigos. El sacerdote se revestía con capa de coro y los demás eclesiásticos con sobrepelliz. A la hora fijada, salían en procesión hacia la casa del difunto portando velas encendidas y la cruz parroquial, mientras entonaban salmos. Esta ceremonia podía realizarse a cualquier hora del día.

En la vivienda, familiares, amigos, esclavos y sirvientes del fallecido, vestidos de riguroso luto, acompañaban el responso. El féretro era cargado por cuatro hombres al servicio de la iglesia o de la parroquia, vestidos con librea de luto. La comitiva, precedida por la cruz parroquial, avanzaba en dos filas por ambas veredas mientras los sacerdotes cantaban las oraciones por los difuntos.

Al llegar al templo, el ataúd era colocado en el centro de la iglesia mientras las campanas tocaban los tradicionales dobles de difuntos. La fosa ya había sido preparada con antelación.

Finalizada la sepultura, las losas o ladrillos del piso eran cuidadosamente recolocados para borrar cualquier señal visible del entierro. Solo sobre las tumbas de obispos, presidentes u otros altos magistrados se permitía instalar una lápida con una inscripción conmemorativa.

Estos entierros representaban un gasto considerable. Los derechos parroquiales variaban según se utilizara la cruz alta o la cruz baja de la parroquia. Asimismo, la gratificación entregada a los sacerdotes dependía de la fortuna del difunto.

La apertura de la fosa también tenía un valor distinto según el lugar del templo donde se efectuara la sepultura. Las iglesias se dividían en cuatro sectores. El espacio más cercano al presbiterio de la Catedral de Santiago costaba cincuenta pesos por la rotura del piso, mientras que en otras iglesias el valor era de doce pesos. En la segunda sección, la Catedral cobraba veinticinco pesos y las demás iglesias ocho. En la tercera, diez pesos en la Catedral y seis en los otros templos. Finalmente, en el sector próximo a la puerta de entrada, la Catedral cobraba seis pesos y las demás iglesias cuatro. A ello se sumaban los gastos por la cera utilizada, los dobles de campana y diversos servicios religiosos.

La sepultura de los pobres era muy distinta. Durante los primeros años de la Conquista de Chile y posteriormente, cuando ya existía un hospital en Santiago, las personas sin recursos eran enterradas gratuitamente en la iglesia del hospital.

Con el paso del tiempo se creó en Santiago una Cofradía de la Caridad, bajo la advocación de San Antonio de Padua. Gracias a las contribuciones de sus miembros, la institución adquirió un terreno en la calle Las Neverías, correspondiente a la actual calle 21 de Mayo, donde construyó una modesta capilla y un cementerio destinado a los pobres. La ley los eximía del pago de cualquier derecho por entierro y sepultura. No obstante, existieron párrocos que insistían en cobrar derechos que la legislación prohibía exigir.

Otro cementerio destinado a las personas más pobres se ubicó en las cercanías del convento de San Francisco, un poco al sur del antiguo canal San Miguel, actual avenida 10 de Julio Huamachuco.

La costumbre de sepultar a los muertos dentro de las iglesias o en sus inmediaciones se mantuvo hasta el 10 de diciembre de 1821, cuando fue inaugurado el Cementerio General de Santiago, una de las obras más trascendentes del gobierno de Bernardo O’Higgins.

Su creación despertó una fuerte oposición. En tertulias y corrillos circulaban rumores destinados a desacreditar la iniciativa. Uno de los más difundidos sostenía que, durante las noches, perros hambrientos ingresaban al cementerio para desenterrar cadáveres y alimentarse de ellos.

La apertura del Cementerio General no solo transformó las prácticas funerarias chilenas, sino que también marcó el inicio de un cambio cultural y sanitario que separó definitivamente los espacios destinados al culto religioso de aquellos reservados para el descanso de los muertos, una reforma que hoy es considerada un hito en la historia urbana y de la salud pública del país.

ETIQUETADO:cementeriohistoriaiglesiamuerte
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