Hoy las reglas sobran, por ejemplo, la del carné para comprar alcohol, aunque tengas 60 años, a mi juicio la más ridícula, todo el peso del brazo tonto de la ley sobre ti. Lo que falta es una vara común para decir qué está bien hecho, y mientras falte, cada uno de nosotros, políticos incluidos, se declarará exitoso con el criterio que más le acomode.
Por Claudio Masson.- A nuestra sociedad pareciera que no solo le cuesta determinar quién es responsable y por qué debiera serlo. También parece haber perdido la capacidad de distinguir con claridad entre lo bien hecho y lo mal hecho. No porque carezca de normas, reglamentos o indicadores, sino porque los estándares con los que juzga las actuaciones institucionales son a la medida de quien los usará: ambiguos, fragmentarios y extraordinariamente flexibles.
Así, hoy, una institución puede afirmar muy tranquilamente que actuó de manera correcta porque cumplió el protocolo, aunque el resultado haya sido desastroso. El paciente se murió, pero con todos los formularios timbrados. También una autoridad puede declarar que asumió la responsabilidad de sus actos sin identificar su error ni enfrentar consecuencia alguna. Una empresa pública puede exhibir buenos indicadores operacionales mientras incumple su deber de informar, prevenir o escuchar a los ciudadanos. El tren llegó a la hora. No paró en la estación, pero llegó a la hora. Es decir, cada actor escoge el criterio que le permite declararse exitoso. En Chile, “asumo la responsabilidad” dura lo que se prolonga el punto de prensa.
Se confunde entonces lo puramente legal con lo correcto; el cumplimiento formal con el cumplimiento del deber; la eficiencia parcial con el buen desempeño; la comunicación insulsa con la transparencia; y la ausencia de una condena judicial con la inexistencia de responsabilidad política, administrativa o moral.
Esta indeterminación produce una especie de falta de normas compartidas: existen numerosas reglas, pero no hay un criterio común para evaluar las conductas. Nadie sabe con certeza qué significa hacer bien las cosas, porque el estándar cambia según quién actúa, quién juzga y qué intereses están comprometidos. Y lo que es peor, con una prensa sensacionalista que no informa, sino que satura y polariza.
Así, el chileno común, ese que compra en la feria del barrio, y todavía quiere creer que las campañas Cyber ofrecen verdaderas rebajas, comienza a dudar seria y peligrosamente de la importancia de las reglas. Después de todo, las leyes parecen una chacota; la moral y el respeto se vuelven relativos, y la barbarie se apodera de las calles exhibiendo sus armas al ritmo del reguetón y los fuegos artificiales. Cuando la impunidad deja de ser excepcional y se convierte en espectáculo, obedecer la ley empieza a parecer cosa de ingenuos que todavía no logran entender la manera absurda en que hoy funcionan el país y —¿por qué no?— el mundo. Total, da lo mismo no cumplir. Bien dicen que dijo Cristo: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y eso corre para todos los que hemos venido construyendo esta sociedad.
La ambigüedad no se distribuye de manera igualitaria. Para el ciudadano corriente, las normas suelen ser precisas: debe pagar dentro de plazo, tener receta médica, presentar el documento correcto y cumplir cada requisito, legalizado ante notario, que es ese señor viejito que cobra por creerte. Para las instituciones y sus autoridades, en cambio, el lenguaje se vuelve interpretativo: existieron circunstancias complejas, responsabilidades compartidas, problemas de coordinación y decisiones adoptadas con la información disponible en el momento. Mejor no hablar de las empresas, allí todo es cancha.
El resultado es una asimetría moral: rigor para exigir obediencia hacia abajo y flexibilidad para juzgar responsabilidades hacia arriba. Pablo Neruda, en 1950, dejó constancia de la Ley del Embudo. Que yo sepa, nadie la ha derogado.
Sin estándares claros, tampoco puede existir aprendizaje institucional. Si nunca se establece qué se hizo mal, quién y por qué debería actuar de otro modo y cuál es la conducta exigible, cada crisis termina convertida en una controversia de relatos que diluyen la verdad. Todos pueden defender su versión, nadie necesita reconocer una falla y entonces las mismas decisiones vuelven a repetirse una y otra vez.
Una sociedad madura no es aquella en que nunca se cometen errores, sino aquella que dispone de criterios claros para reconocerlos, distinguirlos de la negligencia y extraer consecuencias. Nosotros aún estamos en la etapa anterior: la del cabro chico con la boca llena de chocolate que jura que él no fue. La confianza comienza a desaparecer cuando hacer las cosas bien deja de ser una obligación verificable y se convierte en una interpretación favorable de nuestros propios actos. Es una pichanga donde cada equipo trae su propio árbitro, y todos ganan 5 a 0.
El problema es serio. Después de una dictadura y de muchos inocentes asesinados, la sociedad en pleno pareciera haber comenzado a dar tumbos entre opciones políticas poco claras, dogmatismos destructivos y una polarización que, azuzada por la prensa, nos ha llevado a odiarnos de manera insana. Hoy, o bien eres zurdo o eres facho, y sea cual sea tu posición, eres por definición poseedor de la verdad y el otro, la misma encarnación del mal. No nos extrañe entonces que el mundo esté en manos de idiotas que pasito a paso nos llevan a una destrucción masiva.
Duele preguntarse entonces: ¿será este el camino para la autorregulación de la especie humana? ¿Será esta idiotez el balance ecológico de un futuro cercano? En la ficha de la especie dirá: extinta por tonta. De nada han servido 300 mil años de evolución si nuevamente los sapiens exterminarán a los neandertales. Al parecer hemos retrocedido 40 mil años sin siquiera saberlo. La primera vez, dicen, fue solo porque a las mujeres sapiens les gustaban más los recios machos neandertales. Esta vez los sapiens son unos gorditos con trajes Brioni y corbatas Italo Ferretti y los neandertales somos nosotros. Y esta vez ni siquiera es por celos: nos van a borrar sin haberla pasado bien como los ancestros.
¿Tú qué piensas?

