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Curiosidades de la Historia: cuando los mapuche se jugaron la vida de un obispo en un partido de chueca

La expedición del obispo Marán hacia tierras mapuches en 1787 revela el choque entre el poder eclesiástico colonial y la resistencia indígena. Entre la ostentación de sus riquezas y la tensión de los parlamentos, su vida terminó dependiendo del azar de un juego de chueca, símbolo de cómo la tradición local pudo imponerse sobre la autoridad imperial.

Por Juan Medina Torres.- En 1770, el rey de España Carlos III nombró obispo de Concepción a Francisco de Borja José de Marán, natural de Arequipa, quien tomó posesión de su cargo el 24 de mayo de 1780. El equipaje con el que llegó el nuevo obispo debió causar estupor en los habitantes de su diócesis, por los ricos ornamentos que lo componían. La sola mitra, adornada con perlas, diamantes, rubíes, topacios y amatistas, estaba avaluada en ocho mil pesos de la época, lo que daba cuenta de la riqueza que traía consigo.

En 1787 decidió visitar Valdivia. El viaje resultaba extremadamente peligroso, y así se lo hicieron notar sus más cercanos. Sin embargo, en un documento fechado en Concepción el 1 de septiembre de 1787, dirigido a Tomás Álvarez de Acevedo, gobernador interino, señaló: “a mí nada me detiene, sacrificaré mi vida gustoso y moriré si fuere dable, en la honrosa ocupación de mi ministerio”. Quizá el obispo confiaba en que los mapuches, que habían estado en paz desde el parlamento de Lonquilmo realizado en 1784, no serían obstáculo para sus propósitos sacerdotales.

Álvarez de Acevedo le contestó el 18 de septiembre y le ofreció auxilio de tropa, lo que el obispo agradeció mediante una carta, expresando: “estar persuadido, por los informes más juiciosos, de que un aparato menos pomposo ocasionaría menos alteración en estos infelices naturales, por la cualidad de su carácter, y me dejara mejor entrarme en su corazón para tomar luces con que promover el bien y progresos de la religión, del Estado y del reino, como lo deseo”.

El aparato “menos pomposo” con el que penetró en tierras araucanas consistió en varias alhajas de gran valor, ornamentos y abundante plata sellada. La comitiva estaba compuesta por numerosos clérigos, comerciantes e indígenas que lo acompañaban.

La expedición se puso en marcha en noviembre de 1787, guiada por el cacique Martín Curumilla. El 2 de diciembre, don Alfonso Pérez de Polanco, comandante de Los Ángeles, escribió a don Ambrosio O’Higgins, intendente de Concepción, informándole de los problemas que ocasionaba el viaje y de la inquietud creciente entre la población indígena por desconocer el objetivo de la visita del obispo.

Ante la situación, el 3 de diciembre O’Higgins se dirigió a Los Ángeles y, al mismo tiempo, envió un correo al comandante don Pedro Nolasco del Río, ordenándole aquietar a los indígenas por todos los medios posibles y citar a un parlamento a los caciques principales. Asimismo, dispuso que el “comisionado de naciones” don Juan Rey conferenciara con los caciques de Repocura, Imperial Alta, Boroa y otras localidades, citándolos a un parlamento para el 10 u 11 de diciembre.

Lamentablemente, las medidas de precaución no fueron suficientes. Se produjo un alzamiento de dos mil o tres mil indígenas que atacaron la comitiva del obispo Marán, matando a varios de sus acompañantes y saqueando el valioso cargamento. El obispo logró huir junto con su confesor, el padre Núñez, pero fue descubierto y capturado. El cacique amigo Curumilla logró salvarlo, llevándolo a la casa del cacique Agustín Yaupi, quien consiguió que respetaran su vida.

Según relata Justo Abel Rosales en su libro La Cañadilla de Santiago, se formaron dos grupos: uno pedía la cabeza de Marán y el otro trataba de salvarlo. Para resolver el conflicto, acordaron celebrar una junta extraordinaria (aucalhaun) en Tupen, donde se decidió jugar a la chueca la cabeza del obispo. El bando que ganara dos de tres partidos decidiría su destino. Los partidarios de sacrificarlo ganaron el primer juego, pero la gente de Curumilla venció en los dos siguientes, salvando la vida del obispo.

El 22 de diciembre de 1787, el propio Marán relató sus penalidades en una comunicación al Capitán General: “frustrados todos mis deseos, me hallo en mi palacio derrotado, enfermo, sin pontifical, sin equipaje y sin mis alhajas, con solo un vestido debido a la piedad, y con una vida de muerte concedida por la divina Providencia, declarada a mi favor en el azar y casualidad de un juego de chueca”.

Finalmente, la totalidad de las joyas fueron recuperadas y devueltas a su dueño. La alarma que provocó este incidente en Concepción y otras ciudades del norte fue inmensa, llegando la noticia hasta Lima y Madrid, comunicada oficialmente por Álvarez de Acevedo. Marán se cuidó de no volver a intentar otro viaje al sur y, en enero de 1795, asumió como obispo de Santiago.

Alvaro Medina

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Etiquetas: historiamapuche

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