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La bronca canta, oh musa…

El escritor Fidel Améstica analiza la sensación de la bronca, como expresión emocional que viene desde la Grecia antigua, pero que remata en el canto de una artista popular en los 80.

Por Fidel Améstica.- Marianela… Una voz gruesa de mujer rompía con su canto el velo bullicioso del Paseo Ahumada en los años 80 con una palabra explosiva: Bronca cuando ríen satisfechos / al haber comprado sus derechos

Vendedores; predicadores; balbuceos y contorsiones monocordes de un idiota, «¡gloria a Dios, gloria al Pulento!»; la yuta de cuando en vez arreando ambulantes; pasos sin mayor dirección, prisas sin ritmo; maletines, vendo dólares; una cachita, mijito; un lanza peloduro agenciándose una cartera, un cuma de soslayo y taciturno; unos pinganillas apiñados fumando con poses de choro…

También, humoristas procaces y soeces, con sus rostros viles, travestidos algunos, hacían de la coprolalia un activo de la subsistencia; convocaban a su alrededor a un amplio público, el cual de algún modo se limpiaba en esas catarsis a punta de obscenidades dichas por otros. (A la distancia, se entiende que un país sumido en la mierda tenía que hacer de esta el abono del futuro por medio del lenguaje excrementicio).

Todo esto —¡qué paradoja!— era lo más parecido al ágora en una polis sin democracia: comercio, religión y oratoria, pero en niveles degradados.

Y el velo de esta bullanga se descorre cuando la voz de Marianela irrumpe y captura la atención de una muchedumbre dispersa dos o tres cuadras a la redonda.

De pie, con su guitarra cargada de coraje, su morenidad seduce a la piel por dentro, y todos la rodeamos para escucharla, justamente, cantando ¡Coraje! ¡Coraje! La unión hace la fuerza y un corazón…, letra que es más de ella que de Víctor de Heredia.

Su impronta no es lastimera, sino que gallarda, con un abrigo viejo con chiporro en los inviernos y de camisa blanca en los veranos, por encima de sus jeans, arremangada hasta cerca de los codos.

Camino a la escuela, me desviaba al Paseo Ahumada para ir tras el timbre de su voz, y junté unos pesos para comprarle sus dos casetes, unas grabaciones que quizás dónde las hizo y pagando a pulso el multicopiado no siempre de calidad, con carátulas fotocopiadas y escritas a mano; era necesario prolongar el peso de su música para afirmar una vida que aún no vivía, pero que olía a esa palabra, bronca.

Después, al cruzar la calle, llegaba al medio ’e Alameda de las Delicias, donde Chile limita al centro de la injusticia… Ni en la voz de Isabel Parra me estremeció tanto ese verso: donde uno vaya, donde uno se detenga, varados quedamos en el centro de la injusticia, un centro que va con nosotros en calidad de parias, sin remedio.

Pero la que más hizo suya fue la canción de Miguel Cantilo que junto a Jorge Durietz, el dúo Pedro y Pablo, cala hasta el tuétano desde 1970. Aunque ni estos, ni León Gieco, ni Gervasio dan la talla de Marianela. Ellos la cantaban en escenarios artísticos, conciertos, estudios de grabación, sonaban por la radio Umbral, cobraban derechos de autor y de interpretación.

Esta mujer de un moreno aceitunado, cabello azabache liso cogido en cola de caballo, madura, madre con su cría cerca mientras cantaba, de rostro y complexión firme y fibrosa, y mirada frontal no exenta de cariño, hacía de la calle peatonal un escenario de artista para comunicar belleza pese a la crudeza lírica y desafiante del estribillo: No puedo ver / tanta mentira organizada / sin responder con voz ronca / mi bronca… / mi bronca…

No mendigaba monedas por canturrear ni lloraba la carta como la mayoría hoy lo hace en las micros y los vagones del metro. Mostraba y comunicaba lo que era: puro pueblo valiéndose de sí mismo, libre, autónomo.

Hermosa mujer, y más hermosa cantando la bronca, su bronca; y al entonarla, era más poderosa que una horda de monos peludos, más fuerte que una turba de lumpen consumista, porque su bronca era bronca de la brava, de la mía; bronca que se puede recitar. Era el milagro al borde del día, o en uno de sus pliegues invisibles.

Y la bronca siempre es contra el poder, contra el abuso de ese poder que disminuye y menoscaba el propio a nivel profundo del ser mismo en la valía de la persona, del ser humano.

Refiere a un conflicto, de tú a tú, no entre países ni conglomerados, sino que entre individuos, personal, incluso si son muchos quienes se la bancan o la echan afuera.

Por eso la marcha de la bronca no tiene nada que ver con la de los indignados del 2011 en el mundo, colectivos que se organizan, hartos de la clase política y de los banqueros.

Los usuarios de una maquinaria se indignan cuando esta no funciona como es debido; quien se ve amenguado y envilecido en lo propio, ese mismo, se embronca, se encabrona, hasta la desesperación, el desgarro y la locura.

Es una palabra que viene del lunfardo que al repetirse sin pausa en la fonación transluce el objeto causa de ese sentir: bronca bronca bronca… ¡CABRÓN! Al invertirse, se refiere al gendarme maltratador en las cárceles, al reo conflictivo, y por extensión, al lío, pendencia, altercado, desmán.

En otros ámbitos, la bronca es la yegua no domada (de bronco: áspero, desagradable, tosco), y el Diccionario de la lengua española la deriva del latín vulgar bruncus en tanto cruce de broccus (objeto puntiagudo, la broca) y truncus (tronco).

Y Marianela recorría toda esta semántica en su canto: una sagrada humanidad que nadie puede pisotear; una naturaleza no domesticada ni por la represión ni por las convenciones; una voz que taladra el alma para plantar ahí el árbol de la vida.

La cólera

La bronca no es para nada algo nuevo en el mundo, pero sin duda sigue siendo uno de los temas más originales de todos los tiempos. Y Philip Roth nos lo recuerda en su novela La mancha humana del año 2000 al poner en boca del profesor Coleman Silk estas palabras:

«—¿Sabéis cómo empieza la literatura europea? (…). Con una riña. (…) Es algo tan básico como un altercado en un bar».

Aunque el protagonista, con su ejemplar de La Ilíada en las manos, pone el acento en el botín motivo de la disputa entre «esos dos violentos y poderosos personajes», una mujer, el trasfondo es el abuso de poder: del rey Agamenón hacia Aquiles, en el caso del poema homérico, y de la mojigatería de la sociedad norteamericana, madre de toda farándula al inaugurarse con el caso Lewinsky, empoderada para anular al individuo cuyo peso existencial ha sido ocultar su «diferencia».

La palabra homérica para la bronca es menis (furia enloquecedora capaz de matar), de la cual proviene manía en tanto locura, y también demente. En español, el vocablo consagrado para la traducción de menis es «cólera»:

La cólera canta, diosa, de Aquiles hijo de Peleo, / cólera destructora que a los aqueos puso en innumerables desgracias.

Y también tiene origen griego: chole (χολης, bilis, hiel). Tiene todo el sentido del mundo la elección de este término en español: ¿a quién no se le ha reventado la hiel de rabia alguna vez, esa sensación mezcla de coraje y calor, aunque es una secreción amarillenta del hígado?; ¿o tan amargo como la hiel [χολης] es pensar en mi aflicción y mi tristeza, imagen que nos heredó la Septuaginta para el Antiguo Testamento (Lamentaciones 3:19-20) al traducir el arameo laaná (ajenjo) con su sentido de amargo, venenoso y maldito?

Sin ir tan lejos, Violeta Parra, en «Cantores que reflexionan», nos dice: Cuando en el fondo de su ser / entendimiento así le habló / un vino nuevo le endulzó / las amarguras de su hiel (…); y en «Run Run se fue pa’l norte»: Sin pena ni alegría / sin gloria, sin piedad / sin rabia ni amargura / sin hiel ni libertad (…) // los clavos del martirio / el vinagre y la hiel // ay, ay, ay, de mí.

El cólera (en masculino) además es una enfermedad infecto-contagiosa intestinal de origen bacteriano que produce vómitos y diarrea intensa por ingerir agua y alimentos contaminados con el bacilo Vibrio cholerae… ¿A cuántos de quienes tienen que tragarse la rabia no se les ha inflado el colon, vomitado hasta lo que no han comido y desordenado la digestión?, ¿o reaccionan a punta de gritos, garabatos y agresiones como supuración emocional?

Por donde se mire, las emociones humanas, por lo menos esta, la cólera, no son intangibles ni metafísicas. Muy por el contrario, toman cuerpo, nos cogen el cuerpo por dentro, desequilibran el sistema orgánico y lo enferman. Aquí, que se enferme el alma es lo mismo que se desgracie el cuerpo. La inmunidad corre por igual en ambos por su ausencia.

En el caso de Aquiles, su cólera tiene una evolución, una progresión que llega al summum a través de distintos motores. El primero es lo que podemos llamar la humillación pública, deshonra entre pares, de la virtud, excelencia o areté guerrera; lo que en lenguaje llano no es más que una riña callejera donde se juega la hombría.

El hijo de Peleo llega a llorar de rabia, y se taima, literalmente. Le va a llorar sus penas a la mamá —Tetis, la ninfa oceánica, una de las nereidas—, busca cobijo en las faldas de la que lo parió, y le ruega que le pida a Zeus que los troyanos les partan la madre a los aqueos, porque él se retira del combate, para que vean que la guerra no es lo mismo sin él y su ejército de élite.

De ser víctima de la bronca, Aquiles deviene en el cabrón taimado, «no la ve», la rabia lo ha enceguecido moralmente. De esa calaña es el guerrero de los guerreros.

Y tras la muerte de Patroclo a manos del troyano Héctor, pasa de taimado a bestia; su proceso de deshumanización se acerca a su grado máximo: Aquiles, el modelo heroico por antonomasia, es el cabrón de los cabrones. El verso homérico eleva a la vez que desnuda nuestras miserias, pero se queda corto en el nivel de monstruosidad en que se puede mover un ser humano.

Aquiles es una máquina de matar y de infundir terror hacia el enemigo e incluso entre sus propias huestes, desatado en una furia demencial y vengativa.

Christa Wolf, en su novela Casandra, lo recrea fuera de los parámetros épicos, desde la memoria violentada por el silencio ensordecedor de la narradora a pasos de su cadalso en Micenas, la hija del rey de Troya: Casandra.

Amiga de la esperanza

Homero expuso la condición humana a través de la menis (μῆνις, el furor asesino). En los autores trágicos, dos o tres siglos después, aparecerá con más frecuencia la orgé (ὀργή, ira), como en Edipo Rey de Sófocles o Las fenicias de Eurípides, vocablo que aportó la poesía lírica en el camino y con el que se construye el verbo «enfurecerse» (ὀργίζομαι).

El étimo orgé está en la palabra orgasmo, aporte de la raíz indoeuropea worg- que significa «ser abundante, tener toda la fuerza», distinta a werg- (trabajo) que originó las palabras órgano y orgía.

Orgé no aparece en el poeta de la Ilíada, pero se vale para el mismo sentido de thymós (θυμός), aunque hay un matiz, nos enseña Eric Dodds en Los griegos y lo irracional: el thymós, más que la ira, es el «órgano del sentimiento», una voz interior, un espacio emocional excitable hacia la ira tanto como al coraje, no es un yo sino que un otro dentro del yo en términos actuales, lo que a veces llamamos conversar con el propio corazón.

De hecho, la glándula timo debe su nombre a su ubicación en el pecho, donde uno se toca cuando dice «yo»; y aunque su función es inmunitaria e involuciona hasta no ser más que un tejido adiposo en los adultos, algunas tradiciones como el yoga la creen el centro regulador de las emociones y de la energía vital.

En medicina, aparece en los vocablos ciclotimia (trastorno bipolar en que el ánimo se ve afectado) y lipotimia (pérdida súbita y pasajera del sentido y del movimiento, un desvanecimiento y falta de energía). Es difícil saber si también está en palabras como timidez, temible, temerario, temor, timorato vinculadas al campo semántico de valor y arrojo.

Todo esto es muy somático: las emociones chapotean en la bilis o hiel, la sangre, el hígado, el pecho, el corazón, los intestinos. La psicología ha introducido la noción del «manejo de las emociones», saber administrarlas. Difícil hacerlo si antes no sabemos identificarlas.

En un clásico diálogo de El Chavo del 8, por ejemplo, Don Ramón dice: —¡No debe darte vergüenza ser pobre, Chavo!, y este responde sin reponerse del todo de su lloriqueo característico, como una flecha: —¡A mí no me da vergüenza…! —Pos, ¿entonces?… —Me da coraje.

Y en una anécdota contada por el Gitano Rodríguez, refirió este que en el poema que originó su vals «Valparaíso» la letra decía en una parte «porque yo nací pobre y siempre tuve / un miedo inconcebible a la pobreza»; y su amigo Nelson Osorio Tejeda lo interpeló con un cable a tierra: «¡Mira, Gitano, no seas mentiroso! En primer lugar, tú no naciste pobre; en segundo lugar, los pobres no le tienen miedo a la pobreza, ¡le tienen rabia, que es harto distinto!».

Rabia, ira, furia, cólera. Enojo, enfado, indignación. Bronca y coraje… La menis griega no es una pasión del hombre irascible. No es tan simple como no saber administrar las emociones. Taimarse por una frustración del deseo o la ambición puede ser más parecido a la mezquindad que a la cólera de Aquiles. Pasiones intensas sólo son posibles en humanos dignos de la grandeza. Un retazo de esta herencia pagana de la Antigüedad lo conservan las religiones monoteístas en lo que conciben como «la ira de Dios», ¡de ese toque!

La ira, el enojo, el enfado, son reacciones direccionadas de algún modo por una voluntad más o menos consciente. La cólera, como traducción de menis, responde a un quebrantamiento sagrado producto de un exceso humano más allá de sus límites, por el cual cae en la hybris, una desmesura que enceguece una moral pretérita, anterior a las leyes humanas.

En términos cristianos, aunque no iguales, es un pecado contra el Espíritu no sujeto al perdón. En términos jurídico-psicológicos, correspondería actuar bajo una «locura momentánea», hay consenso en ello de una «intervención psíquica», como propone Dodds, que no conocemos del todo. Esa cólera es sagrada y exige justicia y venganza; las furias o erinias irrumpen de vez en cuando frente a un crimen de lesa humanidad, o de lesa naturaleza, ¿o no?

Hay una zona de la vida que no se toca impunemente, parece decirnos toda esta vuelta. Si lo hacemos, despertamos la cólera, la furia, la bronca, medio por el cual esta busca restituir una condición anterior, como lo hacen los desbordes del río Mapocho al recordar el brazo que le cercenaron.

Si Aquiles llegó a ser el modelo heroico, no es por su efectividad carnicera en la batalla, sino por el combate consigo mismo. Al ver a Príamo abrazado a sus rodillas, humillándose, pidiéndole al asesino de su hijo Héctor que le entregue su cuerpo degradado por el sacrilegio, y así poder darle sepultura, se cae el velo: Aquiles depone su cólera, pues al ver las canas de ese rey enemigo recuerda las de su padre, y que finalmente todos moriremos, tarde o temprano. Recupera su humanidad en un momento muy breve de una guerra que ya lleva diez años, porque no hay nada más absurdo que una guerra. Aquiles vence a Aquiles, por fin. Este es el punto.

¿Qué sería del mundo sin la bronca que lo ve podrido? Tiene que haber bronca, porque no se paga fianza / si nos encarcelan la esperanza… Y por eso la esperanza es una marcha de la bronca y de la fe… en pro de que los fuertes y poderosos, como Aquiles, vuelvan en sí, a su propia humanidad. Ojalá los textos escolares hablaran de esto y no se limitaran, por ejemplo, a poner una reseña de la película Troya con la foto de Brad Pitt.

Afortunadamente, existen las buenas maneras y las cortesías (¡qué sería del mundo sin ellas!), pero esta asepsia en los lenguajes no puede enfriarnos la sangre ni las entrañas ante lo inaceptable, tolerando lo que no debe tolerarse solo para que unos pocos puedan moverse como peces en aguas rojas, amarillas, azules, y con muchos «padrinos» en todos lados, como me contaba una amiga hace poco; instrumentos que firman tratos en nombre de quienes tienen visiones e intenciones mayores que los demás ignoramos, pero que apestan.

En razón de lo anterior es que el 25 de octubre de 2019 millones de chilenos salieron a las calles en todo el país, marchando, cantando y danzando, es decir: se pronunció el Soberano, pero la clase política solo quiso referirse al vandalismo. ¿Y qué querían? Despertaron también a las furias.

La violencia no solo se explica por el miedo y la frustración. Vicente Feliú, trovador cubano, grabó un disco en 1995, Aurora, y en él aparece una de sus canciones más destacadas y potentes, solo con su guitarra: «La cólera» , la que nos busca el lado oculto del corazón, para encontrar sin miedo ni fatiga aquellas cosas que no debieron ser olvidadas, como dice Galadriel en el filme de Peter Jackson:

La cólera es pecado de lesa calma,
hombre desesperado, ansiedad del alma.
La cólera no abriga temor ni cansa.
¡Mi cólera es amiga de la esperanza!

Si la literatura occidental se inicia con el canto de la cólera, después de tres milenios no ha dejado de cantarse. Porque todo en la vida tiene un canto, e incluso Elvis Presley tenía conciencia de ello, y así lo manifestó en una de sus declaraciones:

Aprendí también desde pequeño que, en la vida, sin una canción, el día no terminaría; sin una canción, el hombre no tendría un amigo; sin una canción, el camino nunca acabaría… sin una canción… Así que sigo cantando mi canción.

¿Cuál canción?

Allí habló el infante Arnaldos,
bien oiréis lo que dirá:
—Por tu vida, el marinero,
dígasme ora ese cantar.
Respondióle el marinero,
tal respuesta le fue a dar:
—Yo no digo mi canción
sino a quien conmigo va.

No basta con indignarse, como llamó a hacerlo Stéphane Hessel en 2011 (¡Indignaos! Un alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica). Hay que ser digno de la bronca, para que la diosa musa se la sople al oído al Homero que nunca ha muerto, y la aprendamos de memoria para cantarla cuando el Soberano se pronuncie en su próxima marcha y carnaval. Quedan todos invitados, tengan o no convenios oscuros.

¡Gracias, Marianela, por el privilegio de escucharte!