La economía invisible que sostiene a las familias

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Frente a la falta de empleos dignos, las redes familiares son la economía invisible que sostiene microempresas y emprendimientos, con un costo de agotamiento y trabajo de cuidados que recae especialmente en las mujeres.

Por Nicolás Gómez.- Han aumentado los precios, ¿quién pondría eso en duda? En los próximos doce meses volverán a subir el petróleo, el diésel y la parafina. También es probable que suban los alimentos. Por ejemplo, si el pimiento rojo costaba seiscientos pesos, ahora está a mil doscientos pesos.

Además, se asoma la cesantía estructural. Recordemos: hace cuarenta años se usó esa expresión para identificar a las personas que, durante un largo período, no encontraban trabajo con un salario que les permitiera cubrir sus necesidades básicas. En ese mismo período, Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martín Hopenhayn reflexionaban sobre el desarrollo a escala humana, en el que tenían un papel central las economías de los invisibles.

Su énfasis estaba puesto en comprender lo evidente, es decir, la coordinación como recurso reproductivo para gestionar la vida laboral y familiar. Más adelante, José Luis Coraggio subrayaría el papel que cumplen las unidades domésticas como fondos de trabajo. Sin embargo, no se trata solamente de la fuerza de trabajo, sino también de la capacidad que tiene lo doméstico para construir la coordinación social cuando esta ya no es generada por el mercado de trabajo ni por las medianas y grandes empresas.

Esto quiere decir que, cuando las personas se enfrentan a un escenario en el que no hay plazas laborales con salarios dignos, se repliegan a la economía del trabajo, porque la obtención del sustento se vuelve viable gracias a las redes de apoyo que permiten coordinar desplazamientos, responsabilidades parentales y exigencias de lo que hoy se llama microempresa o emprendimiento.

Este tipo de participación económica también se ve tensionado por las condiciones que limitan su expansión. Por un lado, son evidentes el agotamiento y la doble jornada, especialmente de las mujeres, que dificultan el crecimiento sostenido de la microempresa, lo que genera una paradoja entre la actividad productiva y la precariedad.

Por otro lado, la continuidad de la unidad productiva, considerada un éxito de la microempresa —negocio de barrio, taller, carrito de calle, puesto en la feria o en la cola—, se sostiene gracias a la redistribución de las tareas entre los miembros de la familia. Su participación es una pieza clave en la diversificación de las estrategias productivas y en el mantenimiento de jornadas intensas que demuestran su compromiso con la obtención del sustento.

Nicolás Gómez Núñez es sociólogo y académico de la U. Central

 

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