Opinión

La irresponsabilidad fiscal de Boric

El cierre fiscal del gobierno de Gabriel Boric dejó déficit estructural muy por sobre la meta, una regla fiscal incumplida y una caja estatal prácticamente vacía. Más que un debate técnico, el balance revela un problema político mayor: la distancia entre el discurso de responsabilidad y el manejo real de las finanzas públicas.

Por Miguel Mendoza Jorquera.- Gabriel Boric no deja solo un gobierno fracasado en seguridad, desordenado en gestión y agotado en credibilidad. Deja además una herencia fiscal que merece una condena política clara: irresponsabilidad. No es una palabra exagerada. Es la descripción más precisa para un gobierno que prometió una superioridad moral sobre sus antecesores y terminó entregando un Estado con déficit elevado, meta fiscal incumplida y una liquidez que rozó el ridículo. El problema no fue simplemente gastar mucho. El problema fue gastar mal, proyectar peor y, cuando la realidad ya no se pudo esconder, intentar cubrir el deterioro con tecnicismos.

Los números son brutales. El cierre fiscal preliminar de 2025 estimó un déficit fiscal efectivo de 2,8% del PIB, un déficit estructural de 3,55% del PIB —que en el Informe de Finanzas Públicas también aparece redondeado en 3,6%— y una deuda bruta del Gobierno Central de 41,7% del PIB. La meta original de balance estructural era de -1,1% del PIB, por lo que el desvío fue gigantesco. No se trata de una desviación menor ni de una discusión académica entre expertos: se trata de un gobierno que incumplió de manera severa la regla que debía ordenar su conducta fiscal.

Y si alguien cree que esto puede relativizarse con frases bonitas sobre “protección social” o “contexto internacional”, conviene mirar el juicio del propio Consejo Fiscal Autónomo (CFA). El CFA sostuvo que el incumplimiento de 2025 respondió a “errores reiterados y significativos en la proyección de ingresos fiscales”, a la escasa efectividad del plan de acciones correctivas y a un nivel de gasto que incluso excedió lo comprometido. Es decir: no fue mala suerte, no fue solo una tormenta externa, no fue apenas una coyuntura incómoda. Fue un problema de conducción, de cálculo y de disciplina. En castellano simple: el gobierno de Boric manejó mal las cuentas públicas.

Pero el dato que mejor retrata la magnitud del desorden no está solo en el déficit. Está en la caja. O, más bien, en la casi ausencia de ella. El nuevo ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, afirmó que la administración saliente dejó apenas US$40 millones disponibles al 31 de diciembre de 2025, cuando una transición normal, según él, suele cerrar con entre US$3.000 millones y US$4.000 millones. Otras publicaciones situaron ese cierre en torno a US$46,28 millones, una diferencia menor que no cambia el diagnóstico de fondo: Boric entregó un Fisco con una estrechez de liquidez alarmante para un cambio de mando. Cuando un Estado termina un ciclo con una caja de ese tamaño, no está mostrando prudencia. Está mostrando fragilidad.

Nicolás Grau intentó responder diciendo que el “último dato público” mostraba US$1.406 millones a fines de enero de 2026, y que la caja fiscal es un flujo, no una fotografía estática. Pero esa defensa omite un hecho políticamente demoledor: durante enero se realizó una emisión de deuda pública por US$4.375 millones, una operación extraordinariamente temprana que permitió recomponer la caja tras el cierre exiguo de diciembre. Dicho de otro modo, la cifra que Grau exhibe como prueba de normalidad no desmiente el problema de fondo, sino que lo confirma: ese saldo de enero no reflejaba holgura heredada, sino liquidez reconstruida a última hora mediante endeudamiento. Eso puede servir como defensa comunicacional, pero no absuelve al gobierno saliente del hecho central: el cierre de 2025 fue extraordinariamente estrecho, y esa estrechez fue lo suficientemente seria como para detonar una crisis política apenas producido el cambio de mando. Más aún, incluso medios que recogieron la defensa de Grau consignaron que el stock al 31 de diciembre de 2025 era del orden de US$46 millones, es decir, esencialmente compatible con la denuncia inicial sobre una caja exangüe.

Eso es lo que vuelve tan devastador el cierre económico de Boric. No dejó una discusión interpretativa. Dejó una evidencia. Dejó un gobierno entrante hablando de “fisco sin caja” y un exministro respondiendo con un dato de enero para intentar suavizar un dato de diciembre, aunque ese dato de enero descansara en una fuerte emisión de deuda posterior al cierre anual. Dejó una regla fiscal vulnerada, un déficit estructural triplicando la meta original y un Consejo Fiscal Autónomo diciendo, en los hechos, que el problema fue tanto de ingresos mal proyectados como de correctivos mal ejecutados. Esa no es la firma de un gobierno responsable. Es la firma de un gobierno que quiso mantener el gasto, el discurso y la apariencia de control, aunque el respaldo real se estuviera desfondando.

Lo más irritante de todo es el doble estándar moral. Este mismo sector político pasó años pontificando sobre ética pública, responsabilidad y seriedad. Miraba a sus adversarios desde una altura supuestamente superior. Hablaba como si la sola pureza de sus intenciones fuera suficiente para gobernar mejor. Pero cuando les tocó administrar la caja del Estado, hicieron lo que tantas veces criticaron: estirar el margen, fallar en las proyecciones y dejar que el país siguiente cargara con los costos. La diferencia es que ellos lo hicieron mientras seguían predicando virtud.

La izquierda boricista quiso instalar la idea de que la disciplina fiscal era compatible con su proyecto. Los hechos dicen otra cosa. Sí, la deuda no se disparó por sobre lo proyectado y se mantuvo en 41,7% del PIB, pero eso no borra el incumplimiento estructural ni el estrés de caja con que terminó el mandato. Defenderse diciendo que “podría haber sido peor” no es un argumento serio. Es la coartada del alumno que reprueba y cree merecer felicitaciones porque no abandonó la sala a mitad del examen.

La irresponsabilidad fiscal de Boric no fue un accidente administrativo. Fue la consecuencia lógica de una forma de gobernar basada en la grandilocuencia, la improvisación y la subestimación permanente de los límites materiales. Se creyó que el Estado podía sostenerlo todo: promesas, símbolos, gasto, relatos y superioridad moral. Pero las cuentas públicas no obedecen consignas. Obedecen realidad. Y la realidad terminó pasando la cuenta.

Por eso esta discusión importa más de lo que algunos quisieran admitir. Porque no se trata solo de una pelea entre Jorge Quiroz y Nicolás Grau. Se trata del juicio histórico sobre un gobierno que quiso pasar por serio y termina saliendo bajo sospecha de haber dejado una billetera fiscal famélica. Se trata de decidir si Chile va a normalizar que un Presidente entregue el poder con un déficit estructural de 3,55% a 3,6% del PIB, con una meta incumplida de forma escandalosa y con apenas US$46 millones de caja al cierre del año. Y la respuesta debería ser no.

Porque cuando un gobierno deja estrechez fiscal extrema, deterioro de credibilidad y un Estado sin holgura real, no deja una simple herencia técnica. Deja una irresponsabilidad política mayor. Y eso es exactamente lo que hizo Gabriel Boric.

Miguel Mendoza Jorquera, Tecnólogo Médico – MBA.

Alvaro Medina

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