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La magia filosófica de Byung Chul Han

Por Antonio Leal.- Byung Chul Han es el fenómeno más novedoso de la filosofía actual porque renueva la teoría crítica contemporánea y construye una radiografía mundial sobre el capitalismo neoliberal a partir de lo que llama la sociedad del cansancio y de su sujeto autoexplotado, que tiene como soporte filosófico las visiones críticas del sujeto y la sociedad, como la que nace con Heidegger, o de otras versiones de fenomenología hermenéutica como las de Levinás o de Arendt, pero, también, y tal vez aquí radica su originalidad, su elaboración está profundamente ligada a su pensamiento originario, al conocimiento y comprensión de la tradición del budismo zen.

La meditación zen, a diferencia de la meditación del racionalismo cartesaino, en que se ha inspirado la cultura occidental por siglos, no redescubre y resignifica el yo, sino que se desprende de él. Han al incorporar el budismo zen afirma la confianza originaria en el aquí y en el mundo, un espíritu cotidiano que constituye un giro práctico hacia la inmanencia y el tiempo sin preocupación, sin cuidado, sin sujeto, sin regreso sino en un incesante transito que se confunde con su esencia.

Ver también:
La expulsión de lo distinto en la sociedad neoliberal: análisis bajo la mirada de Byung-Chul Han

Han, nacido en Seúl, llegó a Berlín en 1985 estudió filosofía en la Universidad de Friburgo y literatura alemana y teología en la Universidad de Münich. En 1994 se doctoró en Friburgo con una tesis sobre Martin Heidegger. Desde 2012, es profesor de estudios de filosofía y estudios culturales en la Universidad de las Artes de Berlín (UdK), donde dirige el Studium Generale, o programa de estudios generales, de reciente creación.

En los veinte libros publicados en los últimos 15 años Chul Han apela a ideas simples, directas, casi sin tecnicismos, con frases concisas desplegadas en libros que van respondiendo a los nuevos fenómenos que el propio ser humano va descubriendo que ingresa irremediablemente, son una radiografía de lo que se vive en el alma de cada cual. Libros que, además, no superan las 150 páginas y a través de los cuales incorpora a un amplio público de lectores que casi sin advertirlo terminan reflexionando sobre Hegel o Heidegger que son referentes del filósofo coreano.

Aunque ya había publicado sobre Heidegger, sobre el budismo, sobre Hegel, el poder y la amabilidad, y sobre la hiperculturalidad y la globalización, Han se hizo célebre en 2010 con un tratado sobre La Sociedad del Cansancio, traducido a once idiomas, donde medita en torno a la autoexigencia, la autoexplotación, el síndrome del quemado y la depresión como características de nuestro tiempo, que con gran frecuencia llevan al derrumbamiento del individuo.

Han señala que el capitalismo transita de un tipo de sociedad que se sustentaba en relaciones de dominación basadas en mecanismos externos de sumisión, a una sociedad en la que la dominación ha devenido más sutil y en la que –como resultado del neoliberalismo– los mecanismos externos están siendo sustituidos por un tipo de sumisión que los individuos se auto-imponen. Por tanto, en su opinión, hemos pasado de una sociedad disciplinaria, regulada por el criterio del “deber”, proveniente de una voz externa, a una sociedad del rendimiento, sustentada en el criterio del “poder” que cada uno se establece para sí mismo. A partir de esta transformación, quién hoy nos explota no es necesariamente Otro. Nos hemos convertido, en el decir de Han, en víctimas y verdugos de nosotros mismos, en artífices de nuestra propia explotación.

Estas nuevas relaciones implican modificaciones en las relaciones hasta ahora configuradas : desde un Otro externo –que es el sometedor– a uno mismo; desde un sustrato de negatividad, entendida como imposición, como restricción, como limitación a nuestro comportamiento, a un sustrato de positividad, que elimina la noción de límite y asume la apariencia de libertad. En las nuevas relaciones de dominación lo que escuchamos no es una voz ajena que nos obliga, sino una voz interna que nos desafía y nos impulsa a competir, a ir por mas, como el leit motiv de la existencia.

Sin una noción de límite, los individuos se dirigen irremediablemente hacia el agotamiento, el agobio, la depresión, los estimulantes. Explotarse a sí mismo es más efectivo que ser explotado por alguien más: eres libre en una dimensión distinta a la libertad de vender la fuerza de trabajo del primer capitalismo industrial. Tú “puedes” presiona al sujeto más que “tú debes”, sobre todo si se trata de una exigencia interior formulada libre y voluntariamente. El fracaso lleva a la culpa, por ello, hay que recuperarse y tender al éxito. No hay atajo posible.

Esta mutación propia de esta nueva fase del capitalismo, se manifiesta, según Han, en la producción, creando mecanismos tecnológicos que incrementan permanente la productividad y en el consumo, a través del desarrollo de algoritmos que permiten predecir los deseos de los individuos, a partir de sus propios comportamientos y de la información que estos entregan voluntariamente a las redes digitales.

Han platea que las revoluciones ya no son posibles, porque ni la dominación ni el poder continúan funcionando como lo hicieron hasta finales del siglo XX. En un juicio, que probablemente devenía del escenario en el momento que escribe su libro, de un neoliberalismo que dominaba la producción de subjetividad, las esperanzas en el sujeto multitud se diluyen porque toda protesta parece ser contra sí mismo, sin que dicho sujeto sea siquiera consciente de su estado de enajenación y sometimiento, de hecho, se cree libre para protestar y movilizarse para hacer la revolución, sin percatarse que el neoliberalismo global le asigna un rol: hacerse dependiente. Por ello, dice “el régimen neoliberal es tan estable, se inmuniza contra toda resistencia porque hace uso de la libertad en lugar de someterla. La opresión de la libertad genera de inmediato resistencia. En cambio, no sucede así con la explotación…”.

Han sostiene que el neoliberalismo al haber hecho del trabajador un empleador de sí mismo, hace que éste se autoexplote; se someta a sí mismo al nuevo régimen de dominación instaurado por el neoliberalismo. Por ello, dice que “cada uno es amo y esclavo en una persona”. También la lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza, “ se cuestiona a sí mismo, no a la sociedad”. Ya no se trata de una lucha de clases que se juega en la arena revolucionaria, en el espacio social donde se antagoniza para ganar posiciones, sino de una lucha en la que cada quien lucha consigo mismo en soledad y aislado, por la competencia y la productividad requerida, que destruye la solidaridad y el sentido de comunidad.

Actualmente, dice polémicamente Han, el neoliberalismo no se reproduce por golpes de Estado. En su lugar, tenemos un tecnocratismo, digital que gestiona incluso el aspecto emocional en los empleados. Hay un cambio de sensibilidad en las relaciones de poder. La base material de la solidaridad con el capitalismo contemporáneo, desaparece de los centros de producción inmateriales: el crédito, las finanzas, el dinero se virtualiza, y la virtualidad se valoriza. Existe un hiperindividualismo narcisista que elimina los espacios de la vieja sociabilidad laboral. La competencia es tanto más descarnada cuanto más se libra al interior del sujeto lo cual lleva a que muchas veces la indignación y la rabia no logren construir una política de enfrentamiento real al neoliberalismo.

Cuando Han sostiene que el neoliberalismo no se puede explicar en términos marxistas lo que en el fondo señala es que se requiere de nuevas categorías para pensar el surgimiento de la “sociedad positiva del rendimiento”. La enajenación requería que el sujeto fuera desrealizado para la realización del valor en la mercancía, mientras más valor tienen las mercancías, más pobre es el mundo humano; una contradicción que Marx subsume a la contradicción entre capital y trabajo. Esto implicaba que el trabajador era la antítesis del burgués que explota su trabajo para acumular el capital, que es una relación social.

En la actualidad, dice Han, la lucha de clases está en la subjetividad del individuo referido al rol de autoexplotación que la competencia por cumplir le genera, por eso la libertad es la forma más efectiva de explotación e incremento del rendimiento económico, además de dar la ilusión de un “empoderamiento” del ciudadano.

La sociedad del rendimiento es una sociedad del cansancio. El cansancio es el efecto del exceso de positividad. Una diferencia entre el capitalismo analizado por Marx y la crítica de Han al neoliberalismo consiste en la mercantilización actual de la información y las telecomunicaciones. La información es también una relación consigo misma. El dinero que no se tiene pero que se puede gastar virtualmente; el capital financiero, volátil e inmaterial de las acciones e inversiones acrecentadas.

En La sociedad del cansancio, Han despliega un análisis crítico a través del cual busca identificar aspectos problemáticos de la sociabilidad de los individuos, dado que presenta el siglo XXI como neuronal, por lo que le corresponden más enfermedades como la depresión, cansancio crónico, déficit de atención, combinada en muchos casos con hiperactividad mortal, trastornos de personalidad y de desgaste ocupacional, entre otras. En este escenario, desaparecen la otredad y la extrañeza, que bajo el imaginario de la globalización y el neoliberalismo, conlleva a que el otro y el diferente se vean más como una carga innecesaria antes que como un peligro.

La sociedad de rendimiento, en cambio, no sin vasos comunicantes aun con la sociedad de control y con la disciplinaria que Foucault elaborara en los años 60, se basa en la positividad en exceso lo cual tiene consecuencias inmediatas y mediatas sobre la subjetividad y la objetividad, pues ambas conforman parte constitutiva del imaginario de la sociedad de rendimiento. Según Han “la sociedad basada en la negatividad, genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados”. El sujeto es más productivo y eficiente rindiendo que siendo disciplinado, donde puede más el poder que el deber.

Para Han la desnarrativización general del mundo refuerza la sensación de fugacidad: desnuda la vida.
En otro de sus libros significativos, La sociedad de la transparencia, Han sostiene que la demanda de transparencia en las sociedades democráticas liberales, se ha convertido en un tópico de las tecnologías de gobernanza globales. Si en La sociedad del cansancio, Han detalla los tipos de subjetividad contemporáneos, en La sociedad de la transparencia se dedica a criticar los supuestos culturales sobre los que se construye esta demanda. Para él, la transparencia no es sólo una demanda de la sociedad civil, sino un cambio de época y de sociedad. “Transparencia es la palabra clave de la segunda Ilustración. Los datos son un medio transparente. El imperativo de la segunda Ilustración es: se ha de convertir todo en datos e información. El dataísmo, que pretende superar toda ideología, es en sí mismo una ideología. Conduce al totalitarismo digital”. Esto implica pasar de la sociedad negativa a la sociedad positiva; de un mundo organizado en torno a antagonismos nítidos a un mundo de integrismos totalitarios. La transparencia se sitúa como el mecanismo dentro del discurso público, como el objetivo de la libertad de información.

La transparencia está allí siempre, no sólo se opone a la negatividad y la política, sino también a la verdad, a la narrativa, a la palabra y a la comunicación. Está ligada al cálculo, a la saturación de producción y el consumo de información. Afirma que “los números no cuentan nada sobre el Yo. La numeración no es una narración. El Yo se debe a una narración. No contar sino narrar lleva al encuentro con uno mismo o al autoconocimiento”. Es contenido que se instala por encima de lo real en esta sociedad de la transparencia dando forma a la sociedad de la información, entendiendo lo anterior, como aquello que en virtud de acumular la mayor cantidad de información sin importar el sentido, la significación o la verdad contenida, contribuye a producir cansancio, neurosis, es decir, a transparentar las coordenadas espacio-temporales. Se trata de una crisis del espíritu que afecta todos los ámbitos de la vida.

La sociedad pierde en ritualidad e intimidad mientras se desnuda, se aleja, pierde presencia, sino vaciando sus propios contenidos. La seducción se transforma en un simulacro, pues se encuentra vacío de sentimientos y sensaciones. Plantea que “lo que profundiza el placer no es el disfrute en tiempo real, sino el imaginativo preludio y el epílogo. El disfrute inmediato, que no admite ningún rodeo imaginativo y narrativo, es pornográfico”.

La transparencia busca la homogeneidad, la simetría y la uniformización de la vida, por tanto “el sujeto en red, digitalizado, es un panóptico de sí mismo. Así pues, se delega a cada uno la vigilancia”. La hipercomunicación expone, ya todo aparece exhibido y nada por descubrir. Toda comunicación es una instrucción panóptica, que le dice al sujeto qué debe exigirse a sí mismo, desnudarse.

Han considera que el totalitarismo no se define por la hipertrofia del Estado sino por su flexibilidad integrista de todos los aspectos de la vida social. Lo típico del totalitarismo contemporáneo reside en la curiosa síntesis que existe entre la sociedad del espectáculo y la sociedad del control donde la esfera pública se convierte en un lugar de exposición. Se aleja cada vez más del espacio de acción común.

Lo que denota Han es que resulta seductor y placentero vivir en el mundo de la imagen del sí mismo. Los estilos de vida generan actualmente un afán de exhibición que va más allá del valor de uso y de cambio: es valor mostrable para alcanzar estatus y el capitalismo, en esto, se resuelve como espectáculo. El capitalismo neoliberal contiene la sociedad del conocimiento y de la información, pero ella es solo una verdad parcial, incompleta y, por ende, fetichista, pues el capitalismo no produce propiamente conocimiento, sino que lo apropia privadamente

Han señala que se vive en el vacío de las apariencias, en la negación de lo negativo, abiertos a la pura positividad y a una transparencia sin límites, mostrando, sin conciencia, que así como somos vistos cada uno podamos también ver a los otros. Lo que sobresale es en el dominio digital es el exhibicionismo y el voyeurismo sin fin, controlando a todos. subsumiéndolos en la uniformidad y a un mismo imperativo económico. La información nos torna indiferentes de todo cuanto acontece en el mundo; mientras la narración lo llena de cualidades y rispidez, de enigmas que podemos desentrañar. La de Han es una crítica dura a la comunicación contemporánea. Mientras más nos conectamos, menos vivimos. Sólo vivimos de aquello que los demás no saben de nosotros.

En otro de sus libros claves, El Enjambre, Han sostiene que esta sociedad, o masa digital, se conforma básicamente de sujetos aislados, pasivos y desalmados incapaces de conformar una comunidad activa y dialogante a la cual se refiere también, como enjambre digital. Para revertir esto, los individuos tendrían que salir de ese narcisismo que los asfixia y que los hace creerse libres en la hipercomunicación, y el torrente de información que les impide pensar. Ya no hay espacio para el silencio y la reflexión, para encontrarse con la mirada del otro. Las redes sociales, considera, exprimen la energía, la negatividad que podría requerirse para interrumpir la positividad, rebelándose al régimen de vida a la que la sociedad nos ha sumido voluntariamente. La revolución digital, nos ha encantado, ha trastornado nuestra percepción, visibilidad, convivencia cotidiana. Su conclusión es que “el medio digital es un medio de presencia. Su temporalidad es el presente inmediato. La comunicación digital se distingue por el hecho de que las informaciones se producen, envían y reciben sin mediación de los intermediarios. No son dirigidas y filtradas por mediadores”. y agrega que “la comunicación digital deshace, en general, las distancias. La destrucción de las distancias espaciales va de la mano con la erosión de las distancias mentales”. 

La veneración hacia la tecnología digital opera simultáneamente aumentando el aislamiento y la exclusión de unos con otros, fomenta la exposición de la intimidad, de lo privado que se hace público, sin tener que exponerse presencial o físicamente. La comunidad queda privatizada también, es de todos y de nadie. Los criterios de la discreción o la indiscreción se nublan, ya no hay respeto, fuera del espacio cibernético, de la red social, no existes. Dentro de éstos, te niegas a ti mismo voluntariamente, pero te crees libre por el anonimato que este espacio brinda.

Para Han “esta constitución está inmersa en una decadencia general de lo común y lo comunitario. Desaparece la solidaridad. La privatización se impone hasta en el alma. La erosión de lo comunitario hace cada vez menos probable una acción común”. Esto significa que el medio digital arroja un mínimo de información, de datos, la mayor parte de lo que allí se generará los generaremos nosotros mismos y la mayor parte de ésta, no es del interés de nadie y pocas veces lleva un receptor elegido. “La época digital no es una era de la musa, sino del rendimiento”, porque el neoliberalismo transforma a la musa-contemplación en tiempo-trabajo. El emisor no importa, es otra imagen, que no representa como resultado de la desmediatización. “La cuantificación de lo real en búsqueda de datos expulsa al espíritu del conocimiento”.

Para Han, “la comunicación del poder transcurre en una sola dirección, a saber, desde arriba hacia abajo. El reflujo comunicativo destruye el orden del poder”.  La simetría debilita el poder de las relaciones intersubjetivas activas dado que el enjambre digital no tiene alma ni espíritu, carece de negatividad para congregar y articular individuos aislados y libres en su anonimato. La relación entre los sujetos genera una identidad homogénea que impide la consolidación necesaria para actuar políticamente, no tiene voz y ha permitido que le quiten el espacio público. Renunció a su voz y le regalaron a cambio ruido. Explotándose a sí mismo, su dominación resultó más eficaz y diluida frente a las relaciones dominantes del poder.

Ha dice que el “me gusta” del Facebook sustituye el carácter táctil y corporal con el otro, con la persona real y con lo real en su conjunto; hoy los dedos y las manos son al teclado y el mouse. “El nuevo hombre teclea en lugar de actuar. El sólo querrá jugar y no actuar”. Las comunidades son individuos dispersos que simulan comunicarse, dialogar y existir. “Hoy se registra cada clic que hacemos, cada palabra que introducimos en el buscador. Todo paso en la red es observado y registrado. Nuestra vida se reproduce totalmente en la red digital”. No tienen rostro, solo imagen. “Lo digital somete a una reconstrucción radical la tríada lacaniana de lo real, lo imaginario y lo simbólico. Desmonta lo real y totaliza lo imaginario”.

El propio narcisismo no puede palpar al otro, no lo mira ni mira su mirar, lo desaparece, lo hace invisible; asume que el real del otro es la imagen de éste en la red social; lo invita, lo elimina, lo bloquea, lo comparte, lo reconfigura, lo hace partícipe de este mundo irreal de los muertos vivientes: mundo zombie. “La pantalla táctil del teléfono inteligente podría llamarse la pantalla transparente. Carece de mirada”.  En ausencia de Eros no puede haber encuentro con el otro ni deseo por el otro. El otro sólo puede existir como objeto , aquello que no se apetece y que no guarda ningún misterio, que no puede ser por tanto, objeto de deseo, imagen sin rostro y sin semblante, sin alma, sin interioridad, se transforma en pura exposición sin distancia. La imagen se convierte en modelo y estilo de vida.

“La óptica digital posibilita la vigilancia desde todos los ángulos. Así, elimina los ángulos muertos. Frente a la óptica analógica, puede dirigir su mirada incluso hacia la psique”. La vida se extingue en el tiempo digital, que niega la muerte y el devenir, y establece una “fecha de nacimiento” al ingresar a su “mundo”, allí comienza también a escribirse tu biografía, no importa lo que hagas, siempre estarás allí en ningún lado. Nos convertimos en la historia de la nada de los otros y los otros en la nada de mi historia que me niega a mí mismo.

En su libro Psicopolítica la propia libertad aparece como mecanismo de autoexplotación. La sociedad de la transparencia es también una sociedad del escándalo, pero la indignación nunca ha sido suficiente por si sola para transformar el mundo. El sujeto se vuelve libre de explotarse a sí mismo más allá del cansancio y la fatiga, de la neurosis y la esquizofrenia, llegando en no pocas ocasiones al suicidio y el asesinato. Para Han los políticos no son ajenos y padecen también la sociedad de la transparencia y el cansancio, viéndose frecuentemente sustituidos por expertos, economistas, estadísticos, informáticos, que administran y optimizan el sistema de tal manera, que están allí, controlan y disponen, si hay que realizar ajustes y afinaciones en el desarrollo y funcionamiento de la máquina neoliberal capitalista, dejando a los políticos solo en la apariencia y a los partidos políticos apenas participando en el simulacro y la parafernalia mercadológica necesaria para publicitar la democracia ya desnaturalizada de su efervescencia simbólica popular.

Han se interroga ¿Qué política, qué democracia sería pensable hoy ante la desaparición de lo público, ante el crecimiento del egoísmo y del narcisismo del hombre? ¿Sería necesaria una política tecnológica inteligente que condenara a la superfluidad las elecciones y las luchas electorales, el parlamento, las ideologías y las reuniones de los miembros, una democracia digital en la que el botón de “me gusta” suplantara la papeleta electoral? ¿Para qué son necesarios hoy los partidos, si cada uno es él mismo un partido, si las ideologías, que en tiempo constituían un horizonte político, se descomponen en innumerables opiniones y opciones particulares? ¿A quién representan los representantes políticos si cada uno ya sólo se representa a sí mismo?

Han propone el inconsciente digital frente al inconsciente colectivo, en el cual el psicopoder resulta más eficaz como categoría de estudio que el biopoder, ya que, a diferencia de este, no vigila, controla y manipula a los hombres desde afuera sino desde dentro de ellos mismos. La psicopolítica digital se apodera del inconsciente totalitariamente. “Cada vez se asemejan más votar y comprar, el Estado y el mercado, el ciudadano y el consumidor. El microtargeting se convierte en praxis general de la psicopolítica”. Se trata de un proyecto de coacción que conforma un modelo de subjetivación, de aparente libertad y renovado sometimiento. Señala que “la biopolítica es la forma de gobierno de la sociedad disciplinaria. Pero es totalmente inadecuada para el régimen neoliberal que explota principalmente la psique. La biopolítica que se sirve de la estadística de la población no tiene ningún acceso a lo psíquico”.

El neoliberalismo, relacionado con la forma de producción del capitalismo actual, gira hacia la psique y ya no propiamente hacia el cuerpo y lo material, pues éste se enfoca hoy en día, más a formas de producción simbólica, inmaterial e incorpórea. “Para incrementar la productividad, se optimizan procesos psíquicos y mentales. El disciplinamiento corporal cede ante la optimización mental”. Todo encuentra equivalencia en el mercado, no importa su valor, encontrará precio y mensurabilidad en éste

“La trascendencia del capital cierra el paso a la inmanencia de la vida.  El consumo se asume como parámetro del desarrollo de un país, la explotación contra sí mismo como elemento primordial de la productividad”. Este capitalismo no va ya al cuerpo per se, sino a las emociones, desde allí produce ideológicamente necesidades, para incrementar el consumo, la productividad y el rendimiento. La racionalidad se emocionaliza quedando así atrapada la subjetividad en un sentimiento de insuficiencia, vacío y frustración permanente. “La psicopolítica neoliberal se apodera de la emoción para influir en las acciones a este nivel prerreflexivo” La compulsión a consumir nos condena más en esta lógica de sometimiento y dominación, la cual aceptamos voluntariamente y practicamos inconscientemente.

En su libro La Desaparición de los rituales, Han señala que ello implica que la comunidad está desapareciendo. En las redes sociales el hombre actual busca, en parte, regenerar los vínculos comunitarios perdidos. Sin embargo, fracasa porque las redes sociales son un caldo de cultivo de la autorreferencialidad y del narcisismo. Los rituales, dice Han, dan estabilidad a la vida y son en el tiempo lo que una vivienda en el espacio. El tiempo carece hoy de una estructura firme; no es una casa sino un flujo inconstante. Pasamos de una información a la siguiente, de una vivencia a la siguiente, de una sensación a la siguiente, sin finalizar jamás nada.

En un texto reciente sobre el efecto de la pandemia que azota al mundo, Han retoma los conceptos de su libro y enfatiza que la hipercomunicación consecuencia de la digitalización, permite estar cada vez más interconectados, pero la interconexión no trae consigo más vinculación ni más cercanía. Las redes sociales también acaban con la dimensión social al poner el ego en el centro. A pesar de la hipercomunicación digital, en nuestra sociedad la soledad y el aislamiento aumentan. Hoy se nos invita continuamente a comunicar nuestras opiniones, necesidades, deseos o preferencias, incluso a que contemos nuestra vida. Cada uno se produce y se representa a sí mismo. Todo el mundo practica el culto, la adoración del yo. Por eso digo que los rituales producen una comunidad sin comunicación. En cambio, hoy prevalece la comunicación sin comunidad.

La crisis del coronavirus ha acabado totalmente con los rituales. Ni siquiera está permitido darse la mano. La distancia social destruye cualquier proximidad física. La pandemia ha dado lugar a una sociedad de la cuarentena en la que se pierde toda experiencia comunitaria. Como estamos interconectados digitalmente, seguimos comunicándonos, pero sin ninguna experiencia comunitaria que nos haga felices. El virus aísla a las personas. Agrava la soledad y el aislamiento que, de todos modos, dominan nuestra sociedad.

Casi como una leve esperanza, Han concluye con un mensaje: “Ojalá la pandemia nos haga darnos cuenta de que ya la mera presencia corporal del otro tiene algo que nos hace sentir felices, de que el lenguaje implica una experiencia corporal, de que un diálogo logrado presupone un cuerpo, de que somos seres corpóreos”.

Antonio Leal es sociólogo y Doctor en Filosofía

 

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