Por Fernando Estenssoro.- El 24 de febrero de 2022 tropas rusas ingresaron a territorio ucraniano, en lo que denominaron “operación especial”, cuyo objetivo principal era y es impedir el ingreso de Ucrania a la OTAN. De esta forma se inició la actual guerra ruso-ucraniana, que se ha prolongado por más de tres años y una de sus principales características, más allá de lo cruenta que ha sido, es que, por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, se considera que estamos frente a una posibilidad de que escale a una guerra nuclear.
Lo anterior, que puede ser tachado de exagerado o propagandístico, sólo puede ser cabalmente entendido si se estudia con criterio objetivo el origen real y profundo de este conflicto.
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Al respecto, lo primero que se debe tener presente, es que esta guerra no comenzó el 24 febrero de 2022. El ingreso de tropas rusas a territorio ucraniano fue una consecuencia obligada y prácticamente inevitable de un conflicto que se remonta a los años 90 del siglo pasado y que se agravó, en las primeras dos décadas del presente, a raíz del pertinaz y torpe empeño de Estados Unidos y sus aliados de la Unión Europea de expandir la OTAN hacia Europa oriental, incluyendo a las ex-repúblicas soviéticas de Ucrania y Georgia.
Aquí radica el origen real de este conflicto, como muy bien han señalado los propios expertos, académicos y políticos, tanto estadounidenses como europeos, todos de gran prestigio y reconocimiento. A saber:
Causa real del Conflicto
La causa inmediata de la actual guerra ruso-ucrania, se remonta a los años inmediatamente posteriores al fin de la Guerra Fría (1989/91). De hecho, cuando desapareció su enemigo comunista, tras la desintegración de la URSS, Estados Unidos quedó como la única superpotencia global, sin amenazas directas por parte de algún Estado que pudiera ensombrecer su supremacía militar incontestable.
Esos fueron los años en que los especialistas estadounidenses en política mundial comenzaron a hablar de que habíamos ingresado a un nuevo orden mundial de carácter unipolar (Krauthammer, 1990). Por su parte, ideólogos y políticos estadounidenses, mareados por tan exuberante e impensado triunfo contra su adversario ideológico, proyectaron al siglo XXI como “un nuevo siglo americano”.
En este contexto de triunfo final del capitalismo, lo lógico era que todas las alianzas militares que se habían creado bajo el alero de Estados Unidos para combatir la “amenaza comunista” en cualquier parte de mundo, como era el caso de la OTAN para el espacio europeo, se disolvieran dado que ya no tenían objeto, de la misma forma como se había disuelto la alianza militar que los soviéticos habían creado para defenderse del “enemigo capitalista”, como era caso del Pacto de Varsovia que desapareció en 1991.
De esta forma pensaba el último líder soviético Mijaíl Gorbachov, quien propuso, en este nuevo clima internacional, donde ahora todos eran capitalistas convencidos, la construcción de un nuevo esquema de seguridad regional que incluyera a toda Europa, incluida Rusia.
En1990, Gorbachov solicitó al entonces Secretario de Estado estadounidense, James Baker, la incorporación de Rusia a la OTAN, en una suerte de reforma radical del sentido originario anti-soviético de esta alianza. Al respecto, se ha señalado que Baker consideró que Gorbachov “debía estar soñando” (Sánchez, 2022).
El interés del último líder soviético por intervenir directamente en las políticas estratégicas de la OTAN o de cualquier alianza que pudiera sucederla era velar por un aspecto clave de la doctrina de seguridad nacional soviética: no permitir la instalación de armas nucleares en sus fronteras europeas y que pudieran alcanzar, en un par de minutos, centros neurálgicos, como Moscú entre otros, anulando así toda capacidad de reacción oportuna.
Se debe recordar que, por una razón similar, a inicios de los años 60 del siglo pasado Estados Unidos nunca permitió la instalación de misiles nucleares soviéticos en Cuba y estuvo dispuesto a iniciar una guerra nuclear si era necesario para impedirlo.
Por razones similares, ningún líder ruso quería que la OTAN, se expandiera hacia los países de Europa oriental que habían quedado en la órbita soviética tras el fin de la Segunda Guerra Mundial (Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y Alemania oriental) y, menos aún, a sus ex territorios como Ucrania y Georgia, que tras la disolución de la URSS se habían convertido en republicas independientes.
Este interés de Gorbachov también será reiterado por los lideres rusos que vinieron después, como Boris Yeltsin y Vladimir Putin.
Según los documentos de Seguridad Nacional de EEUU, actualmente desclasificados, tras la reunificación alemana en 1990, donde la ex Alemania Democrática (comunista) se fundió en la Alemania Federal (capitalista) que, si era miembro de la OTAN, los líderes estadounidenses y europeo occidentales de la época le aseguraron a Gorbachov que más allá de esta situación puntual, la OTAN jamás se expandiría hacia el este:
Documentos desclasificados proporcionan evidencia irrefutable de que James Baker, George Bush, Hans-Dietrich Genscher, Helmut Kohl, Robert Gates, Francois Mitterrand, Margaret Thatcher, Douglas Hurd y John Major hicieron promesas de no ampliar la OTAN. En febrero de 1990, el Secretario de Estado de Estados Unidos, James Baker, hizo su famosa promesa de que la OTAN no se movería ni una pulgada hacia el este (Diesen, 2024: 144)
Como bien recuerda Jack Matlock (embajador estadounidense en Moscú entre 1989 y 1991), en 1990 “se le aseguró a Gorbachov, aunque no en un tratado formal, que, si se permitía que una Alemania unificada permaneciera en la OTAN, no habría movimiento de la jurisdicción de la OTAN hacia el este, ni un centímetro” (Matlock, 2022).
Sin embargo, pronto estas promesas se hicieron sal y agua. En medio de la euforia del unipolarismo post Guerra Fría, un sector creciente del establishment de poder estadounidense, relacionados fundamentalmente al partido demócrata, pero también a sectores republicanos, junto a la promoción de globalismo neoliberal en términos económicos, comenzaron plantear que en vez de disolver la OTAN, había que fortalecerla expandiéndola hacia el este, esperando en algún minuto cercar y derrotar a Rusia si es que esta se negaba a aceptar la supremacía y directrices norteamericanas.
Además, había que actuar rápido, aprovechando la extrema debilidad interna en que se encontraba Rusia durante los años 90, tras su “explosivo” ingreso al capitalismo vía terapia de shock.
Por cierto, esta estrategia expansionista se justificaba ideológicamente bajo el discurso de que tenían el deber de llevar sus ideales liberales y su democracia al mundo entero. Como bien señaló la historiadora y periodista estadounidense, Anne Applebaum, “la OTAN quedó desorientada por el colapso de la Unión Soviética.
Y hubo un debate sobre si debía desmantelarse. Pero sus líderes empezaron a ver que podía asumir otra función: ser la punta de lanza ideológica de las democracias liberales en el centro y este de Europa» (Applebaum, 2018).
En este sentido, tempranamente en 1992, Paul Wolfowitz, entonces subsecretario de Defensa, planteó que el primer objetivo que buscaba el nuevo plan de defensa nacional que él proponía era «prevenir el resurgimiento de un nuevo rival», para lo cual la nueva estrategia de defensa exigía evitar «que cualquier potencia hostil domine una región cuyos recursos, bajo un control consolidado, serían suficientes para generar poder global.
Estas regiones incluyen Europa Occidental, Asia Oriental, el territorio de la antigua Unión Soviética y el Sudoeste Asiático». Sólo de esta forma EEUU podría «salvaguardar sus intereses y promover sus valores» a nivel mundial (Wolfowitz, 1992).
Al respecto, es interesante destacar que 30 años después de estas declaraciones, la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, justificando el apoyo en armas y dinero a Ucrania en su guerra contra Rusia, señaló:
Esta no es sólo una guerra desatada por Rusia contra Ucrania. Es una guerra contra nuestra energía, una guerra contra nuestra economía, una guerra contra nuestros valores y una guerra contra nuestro futuro. Se trata de la autocracia contra la democracia (Von der Leyen, 2022)
En otras palabras, si durante la Guerra Fría EE UU justifico su hegemonía sobre la base de encabezar la lucha del “mundo capitalista y libre” contra el “totalitarismo comunista”, en la post Guerra Fría, ahora esa lucha se dirigía contra las “autocracias”. Si bien la letra cambio un poco, la música sigue siendo la misma: la supremacía global de EE UU y su orden internacional liberal.
Para Jeffrey Sachs, en estos planteamientos geopolíticos de EEUU y sus aliados, radica el verdadero origen de la actual guerra ruso-ucraniana. Señala que el conflicto actual es la culminación de «un proyecto de 30 años de duración del movimiento neoconservador estadounidense».
Estos neo-conservadores (neocon) surgieron en la década de los 70 en EEUU, influidos por las ideas del politólogo de la Universidad de Chicago, Leo Strauss, y el profesor de historia clásica de la Universidad de Yale, Donald Kagan. Y, entre los neocon más destacados van a figurar: «Norman Podhoretz, Irving Kristol, Paul Wolfowitz, Robert Kagan (hijo de Donald), Frederick Kagan (hijo de Donald), Victoria Nuland (mujer de Robert), Elliott Cohen, Elliott Abrams y Kimberley Allen Kagan (mujer de Frederick)» (Sachs, 2022).
La idea que estructuró el pensamiento estratégico neocon tras el fin de la Guerra Fría, es que EEUU debía “mantener su predominio militar mundial y enfrentarse a las potencias regionales emergentes que puedan poner en peligro su dominio global o regional, especialmente Rusia y China», para lo cual «Estados Unidos debería desplegar su ejército en cientos de bases militares a lo largo y ancho del mundo, de forma preventiva, para estar preparado para iniciar una guerra de elección si fuera necesario» y sólo debería apelar a las Naciones Unidas. «únicamente cuando ello conviniera a sus intereses» (Sachs, 2022).
Y la historia demuestra que estos neocon tuvieron bastante éxito en permear al establishment del poder con sus ideas. De hecho, Bill Clinton, en la campaña presidencial para su segundo mandato en 1996 anunció su decisión de expandir la OTAN hacia el este (Mitchell, 1996).
De esta forma, en julio de 1997, la OTAN formalizó la invitación a ingresar a Polonia, Hungría y la República Checa. Sin embargo connotados geopolíticos, académicos, políticos y funcionarios estadounidenses, expertos en temas de seguridad y en la Unión Soviética advirtieron que esa política era un gran error.
Ni la antigua URSS ni la actual Rusia, sin importar quien fuera el dirigente del momento, iban a aceptar semejante expansión de buena manera. Ineluctablemente lo verían como una nueva agresión de occidente hacia ellos y actuarían tomando contramedidas, volviendo a producirse una fractura estratégica entre las relaciones europeo occidentales y Rusia.
Entre estos críticos, sin duda que la mirada de George Kennan fue una de las más interesantes, dado que fue uno de los mayores expertos que contribuyó a construir la política estratégica de EE. UU en la Guerra Fría y un gran conocedor de Rusia. En 1997, publicó en The New York Times:
…ampliar la OTAN sería el error más fatídico de la política estadounidense en toda la era posterior a la Guerra Fría. Se puede esperar que una decisión de este tipo inflame las tendencias nacionalistas, antioccidentales y militaristas en la opinión rusa; que tenga un efecto adverso sobre el desarrollo de la democracia rusa; que restablezca la atmósfera de la Guerra Fría en las relaciones Este-Oeste y que impulse la política exterior rusa en direcciones decididamente desfavorables para nosotros (Kennan, 1997)
Pero, obviamente, no se trataba sólo de Kennan. Por ejemplo, E.J. Carroll, contraalmirante retirado de la Marina y subdirector del Centro de Información de Defensa con sede en Washington, compartía plenamente esta perspectiva. Más aun, denunció públicamente que la Albright (Secretaria de Estado de Clinton) había “confesado” que el objetivo final de la expansión de la OTAN hacia el este era Rusia: “La secretaria de Estado Madeleine Albright confirmó esto en su testimonio ante el Comité de Servicios Armados del Senado el 23 de abril: ‘En el caso improbable de que en realidad Rusia no funcione como esperamos que lo haga … la OTAN está allí’….” (Carroll, 1997).
Sin embargo, pese a las advertencias esta expansión de la OTAN hasta las fronteras rusas continuo en los gobiernos siguientes de Bush hijo, Obama, Biden y Trump 1. En 2002, en la cumbre de la OTAN de Praga, se invitó a ingresar a Estonia, Letonia, Lituania, Eslovaquia, Eslovenia, Bulgaria y Rumanía, quienes ingresan en 2004. En 2008, en la cumbre de Bucarest se anunció formalmente que Ucrania y Georgia, serían invitadas a ingresar.
En 2009, ingresó Albania y Croacia. En 2017 ingresó Montenegro. También en 2017 la OTAN declaró formalmente que Ucrania es un miembro aspirante de entrar a la OTAN. En 2020 ingresó Macedonia del Norte. En junio de 2021, en el comunicado final de la Cumbre de la OTAN en Bruselas, se declaró: “Reiteramos la decisión tomada en la Cumbre de Bucarest de 2008 de que Ucrania se convertirá en miembro de la OTAN” (OTAN, 2021). En febrero de 2022, los rusos iniciaron la “operación especial”.
La intervención de Estados Unidos en Ucrania: “Revolución Naranja” y “Maidan”
Como esta archi-estudiado por la historia política contemporánea, durante la Guerra Fría y también en la post Guerra Fría, EE. UU ha utilizado su influencia diplomática, su capacidad económica, sus medios de prensa, sus agencias secretas (CIA) sus fondos reservados y, si es necesario la acción militar directa, para intervenir en la política interna de otros países si considera que esta no marcha de acuerdo a sus intereses.
De hecho, la experiencia del gobierno de Salvador Allende y su dramático fin por medio del golpe de estado del 11 de septiembre de 1973, es una prueba irrefutable de lo señalado. Y, por cierto, Ucrania no iba a ser la excepción.
La primera gran injerencia de EEUU en la política interna ucraniana se manifestó en la elección presidencial de noviembre de 2004 cuando generó la llamada “revolución naranja”. Se trató de una serie de manifestaciones callejeras masivas, en protesta por que se habría cometido fraude en la elección donde el candidato pro-ruso Víctor Yanukovich ganó con el 49,4% de los votos al candidato pro-estadounidense Víctor Yuschenko, representante del etnonacionalismo ucraniano anti ruso que obtuvo el 46,7% (Diesen, 2024:165).
Fue precisamente el observador internacional estadounidense, el senador Richard Lugar, el que “decretó” que había existido fraude, siendo secundado por los observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) y, evidentemente, el gobierno de EE UU no reconoció esta elección. Tras las protestas, el Tribunal Supremo de Ucrania ordeno repetir la elección el 26 de diciembre, donde ganó Yuschenko con el 53% de los votos frente al 45% de Yanukovich.
La manifiesta y profunda injerencia estadounidense en todo el proceso político ucraniano ha sido ampliamente descrita por académicos especialistas (Mearsheimer, 2014; Diesen, 2024). También fue denunciada por parte de la prensa europea. Al respecto, sintomático es lo que se señaló en The Guardian, en plena “revolución naranja” y antes de que se repitiera la elección:
Intervenir en elecciones extranjeras, bajo el pretexto de un interés imparcial en ayudar a la sociedad civil, se ha convertido en la antesala del golpe de estado postmoderno, el levantamiento del tercer mundo patrocinado por la CIA de los días de la Guerra Fría, adaptado a las condiciones postsoviéticas. Los instrumentos de la democracia se utilizan selectivamente para derrocar a dictadores impopulares, una vez que se ha preparado a un candidato o régimen sucesor (…) Ucrania se ha convertido en un asunto geoestratégico, no por Moscú, sino por Estados Unidos, que se niega a abandonar su política de la Guerra Fría de cercar a Rusia y busca atraer a todas las ex repúblicas soviéticas a su lado (Steele, 2004)
En enero de 2010, nuevamente Ucrania desarrolló elecciones presidenciales. La segunda vuelta confrontó al ya conocido candidato pro-ruso, Víctor Yanukovich, con la prooccidental Julia Tymoshenko, una de las lideres de la “revolución naranja” de 2004 y que para entonces era primer ministro de Ucrania.
Yanukovich ganó con el 48,9% de los votos frente al 45,4% de Tymoshenko. Y si bien Tymoshenko alegó fraude, el presidente saliente, también pro-estadounidense, Víctor Yuschenko, reconoció el triunfo y Yanukovich asumió la presidencia a fines de febrero de 2010. Pero, como era de esperarse, Estados Unidos no iba a quedarse de brazos cruzados ante semejante derrota de su “candidata”.
Desde la “revolución naranja” en adelante, las tensiones entre ucranianos ruso parlantes prorusos (mayoritarios en Ucrania oriental), y los sectores ucraniano parlantes pro estadounidenses y pro-OTAN (mayoritarios en Ucrania occidental), continuaron acentuándose, bajo la directa injerencia de EE UU y sus aliados de la OTAN.
En 2008, bajo la presidencia del pro-estadounidense Yuschenko, la OTAN anunció que invitaría a Ucrania a integrar la alianza, por esta razón en junio de 2010, el presidente proruso “Yanukovich aprobó un proyecto de ley que consolidaba la neutralidad de Ucrania y, por tanto, impedía que el país se uniera a la OTAN” (Diesen, 2024: 172).
Sin embargo, la Unión Europea siguió presionando para que Ucrania dejara de ser neutral y en 2013 la invitó a integrar un pacto económico con ellos “lo que efectivamente fue un ultimátum para elegir entre Occidente o Rusia” (Diesen, 2024: 173). Yanukovich desahucio la propuesta de la UE y eligió un acuerdo económico con Rusia.
Los pro-occidentales salieron masivamente a protestar a las calles confrontándose con la policía en movilizaciones cada vez más violentas que terminaron por derribar a Yanukovich, quien huyó a Moscú cuando el parlamento lo destituyó en febrero de 2014. Esto fue el movimiento del “Maidan”, nombre de la plaza donde comenzaron las protestas, bajo claras directrices del gobierno estadounidense.
Como bien reconoció Jack Matlock, miembro del Consejo de Seguridad Nacional bajo el presidente Ronald Reagan y embajador en la URSS entre 1987-1991. En esos años, el presidente Obama “siguió ignorando las preocupaciones rusas más serias y redobló los esfuerzos estadounidenses anteriores para separar a las ex repúblicas soviéticas de la influencia rusa y, de hecho, para alentar un ‘cambio de régimen’ en la propia Rusia” y, en la Ucrania del Maidan, “la intrusión estadounidense en su política interna fue profunda, apoyando activamente la revolución de 2014 y el derrocamiento del gobierno ucraniano electo” (Matlock, 2022).
Por su parte, George Friedman, geopolítico y ex presidente de la consultora de inteligencia estadounidense Stratfor, refiriéndose al papel de EEUU en el Maidan, señaló que fue «el golpe de Estado más abierto de la historia» (como se citó en Diesen, 2024: 177). Al respecto se ha planteado que fue la Subsecretaria de Estado, Victoria Nuland, la encargada de montar con éxito este golpe contra Yanukovich (Chiacu and Mohamed, 2014; Parry, 2015; Scheben, 2022).
Comienza el conflicto armado
Tras el derrocamiento de su aliado Yanukovich y constatando que EE UU estaba “subiendo la apuesta” y no se iba a detener, Putin invadió Crimea en febrero de 2014 y en marzo la anexó a Rusia. En abril del 2014 comenzó el conflicto armado del Donbass, entre las provincias orientales prorrusas de esta región que plantearon su escisión de Ucrania (República Popular del Donetsk, RPD; República Popular de Lugansk, RPL), y el gobierno central en Kiev.
Mientras Rusia apoyaba con equipo a los separatistas, la OTAN, por su parte, comenzó a armar y a entrenar al ejército ucraniano preparándolo para un cada vez más inminente enfrentamiento militar directo con Rusia.
Para poner fin al conflicto del Donbass, en septiembre de 2014 se celebraron Los Acuerdos de Minsk o Protocolo de Minsk, entre Rusia, Ucrania y representantes de la RPD y RPL, bajo los auspicios de la OSCE. Sin embargo, el conflicto no disminuyó dado que nunca existió voluntad de Ucrania y occidente de respetar el Protocolo de Minsk, considerado demasiado favorable a los intereses rusos.
En 2022 la ex canciller alemana de la época, Ángela Merkel, reconoció públicamente que los Acuerdos de Minsk se firmaron para ganar tiempo y permitir que la OTAN y EEUU rearmaran y fortalecieran a Ucrania (Schwarz, 2022; Scheben, 2022).
Bajo este clima de confrontación creciente en junio de 2021 la OTAN reiteró que Ucrania ingresaría a la Alianza. En enero de 2022 congresistas de EEUU propusieron una ley para declarar a Ucrania como un país “OTAN más” (NATO plus), a fin de disuadir a Rusia de intervenir en su vecino “al establecer consecuencias directas contra la invasión y la hostilidad del Kremlin” (Womack, 2022). El 24 de febrero de 2022 Rusia inició su “operación especial”.
Rusia entró con 120 mil tropas y llego a los suburbios de Kiev, en lo que parecía una operación relámpago y de corta duración buscando presionar a Zelenski para que firmara un tratado que diera garantías que Ucrania nunca ingresaría a la OTAN (entre otros aspectos).
Un par de semanas después, en marzo de 2022, bajo mediación de Turquía se llevaron conversaciones entre Rusia y Ucrania para firmar un acuerdo y poner fin al conflicto. Sin embargo, por oposición de la OTAN y con la activa mediación de Boris Johnson, Ucrania desechó estas conversaciones y aposto por la derrota militar de Rusia con el apoyo de la OTAN, de la UE y de EEUU, que impuso sanciones económicas sin precedentes a Rusia, además de congelar miles de millones de dólares de sus activos en bancos occidentales.
Lo cierto es que durante el 2022 el exitismo y triunfalismo de la OTAN frente a la contraofensiva ucraniana y lo que consideraban el inminente colapso militar y económico de Rusia, fue exuberante. Lograron demonizar a Putin y al “imperialismo” ruso como en los mejores años de la Guerra Fría, sólo que esta vez, parecía que iban a obtener una contundente derrotar militar de Rusia, al punto que la Von der Leyen, llegó a señalar que el colapso y quiebre económico-industrial ruso era tan impresionante que estaban usando chips de lavadoras y refrigeradores para poder reparar su armamento (Von der Leyen, 2022).
Evidentemente, esta guerra ha pasado por distintas etapas. Una vez que Rusia vio que su intento de negociación rápida con Ucrania fracasó, cambio su estrategia militar y se “atrincheró” en las provincias ucranianas del Donbass y comenzó una guerra de desgaste que, con más tres años de desarrollo, tiene a Ucrania destruida y dependiendo totalmente del suministro permanente de recursos y armas de la OTAN para poder mantener su esfuerzo de guerra.
Por su parte, los aliados otanistas, una vez que despertaron de sus fantasías militares triunfalistas y, además, se percataron de que Rusia logró sortear el “mega bloqueo” económico, comenzaron a suministrar armamento cada vez más sofisticado a los ucranianos, comenzando una peligrosa escalada del conflicto.
Sin embargo, para fines de 2024, ya no se podía seguir ocultando la dramática realidad: la OTAN ha puesto las armas y Ucrania ha puesto los muertos en una estrategia militar que no logra frenar los lentos pero sistemáticos avances del adversario. De hecho, la UE ha reconocido que la única forma de “derrotar” a Rusia es ingresando directamente con tropas de la OTAN a Ucrania.
Sin embargo, frente a esa posible acción, los rusos que saben que no tienen posibilidad de derrotar a la OTAN con armas convencionales, han advertido que responderán con armamento nuclear.
Reflexión final
La historia política reciente demuestra que esta guerra perfectamente se podría haber evitado.
Bastaba con haber cumplido la promesa a Gorbachov de que la OTAN, después de la unificación alemana, “jamás” se expandiría hacia el este y haber avanzado en un plan de paz y seguridad europeo conjunto. Pero la soberbia y ambición estadounidense pudo más.
Creyeron que llevando la OTAN a espacios tan sensibles como Georgia y Ucrania, Rusia cedería y se sometería mansamente a los dictados de un orden mundial dirigido por Estados Unidos. Craso error. Pensar así, es desconocer profundamente la historia europea y del gigante eslavo.
Pero lo más grave, es que las elites del establishment neoliberal y globalista que gobernó Estados Unidos desde Clinton hasta Biden, y que ha gobernado a la UE desde el fin de la Guerra Fría hasta el presente, fueron advertidas, por sus propios expertos, de no cometer este grave error. La guerra de Ucrania no es un capricho de Putin. Sea quien sea el líder, los rusos no aceptarán una Ucrania integrante de una alianza militar que perciben como enemiga.
Por cierto, en la actualidad, un Trump repotenciado, que “habría” reconocido esta política errónea respecto de Rusia, está intentado alcanzar un acuerdo con Putin. Sin embargo, nada está concluido aún y, mientras los rusos no tengan plenas garantías de que ni Ucrania ni Georgia ingresaran a la OTAN, el conflicto continuará, así como la amenaza de que escale a algo peor.
Fernando Estenssoro es Director del Doctorado en Estudios Americanos Universidad de Santiago de Chile, USACH
BIBLIOGRAFIA:
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