Economía

La paradoja del Poder Fiscal recién estrenado

El hallazgo de un déficit fiscal mayor al esperado obliga al presidente electo a iniciar su mandato desde la restricción y no desde la promesa, redefiniendo su margen de acción, la cohesión de su gabinete y la narrativa política con la que deberá gobernar en un escenario marcado por la austeridad y el realismo económico.

Por Bernardo Javalquinto.- La transición de la campaña electoral al ejercicio del poder es, por definición, un salto de la retórica a la realidad. Ningún presidente electo recibe exactamente el país que prometió transformar. Sin embargo, pocos escenarios ilustran este choque con tanta crudeza como el de un mandatario que, antes incluso de jurar el cargo, se enfrenta a la noticia de que las cuentas públicas presentan un déficit muy superior al anunciado, obligando a un inmediato y severo ajuste del gasto.

Este no es un mero dato económico; es la redefinición total del campo de juego político. El significado de este hecho para el presidente electo y su gabinete trasciende lo presupuestario: constituye una paradoja fundacional que modelará su estilo de gobierno, su relación con la ciudadanía y la naturaleza misma del “cambio” político que puede ofrecer.

En primer lugar, este escenario instala una tensión irresoluble entre la voluntad política y la restricción material. Durante la campaña, el discurso se construye sobre horizontes de posibilidad: nuevas políticas, programas sociales, inversiones en infraestructura. El gabinete anunciado suele ser presentado como el equipo de arquitectos de ese futuro. Pero la brusca revelación del déficit convierte a esos mismos ministros, especialmente al de Hacienda, en administradores de la escasez. Su primer acto ya no será lanzar una gran iniciativa, sino implementar recortes, contener demandas y racionar recursos.

El Ministerio de Hacienda deja de ser el motor financiero del programa de gobierno para transformarse en su guardián y limitante. Para el presidente, esto implica un ejercicio temprano y doloroso de priorización: ¿qué promesas son esenciales y cuáles son ahora inviables? La narrativa del “cambio” choca frontalmente con la práctica de la “continuidad” en la austeridad, una continuidad impuesta por cifras, no por convicción.

Esta tensión genera, en segundo término, un desafío monumental de comunicación política y gestión de expectativas. La legitimidad de un gobierno nuevo se basa en gran medida en el cumplimiento de sus promesas fundacionales. Un ajuste fiscal prematuro es interpretado, casi inevitablemente, como una traición a esa confianza. El gabinete se ve forzado a adoptar un doble discurso complejo: por un lado, debe proyectar autoridad y control sobre la situación, demostrando serenidad técnica; por otro, debe desplazar la responsabilidad hacia la administración anterior, sin parecer evasivo o quejumbroso.

El riesgo de desgaste es inmediato y alto. La oposición política, por supuesto, explotará esta contradicción: acusará al nuevo gobierno de usar el déficit como excusa para recortes ideológicos o de falta de destreza para manejar lo que ellos mismos heredaron. Así, la batalla política de los primeros meses ya no será sobre la visión de país, sino sobre la interpretación de una cifra contable y sobre quién carga con su peso político.

Finalmente, y de manera más profunda, este contexto fiscal de asfixia redefine la naturaleza misma del poder político. El poder, en la imaginación popular y muchas veces en la del propio mandatario electo, es la capacidad de hacer, de crear, de dirigir. Un déficit desbordado invierte esta lógica: el poder se convierte, en gran medida, en la capacidad de no hacer, de contener, de negociar la disminución.

El liderazgo del presidente se pondrá a prueba no en su habilidad para inaugurar obras, sino en su firmeza para respaldar a un ministro de Hacienda que debe decir “no” a sus pares de gabinete. La cohesión del equipo será tensionada por la pugna entre las necesidades sociales (que exigen gasto) y la sostenibilidad macroeconómica (que exige equilibrio). El presidente que soñaba con ser un transformador se encuentra, de pronto, en el rol de árbitro de un juego de suma cero entre sus propios ministros.

En conclusión, para un presidente electo, heredar un déficit fiscal muy superior al previsto no es un simple obstáculo técnico; es una redefinición existencial de su mandato. Marca el tránsito abrupto de una lógica de promesa a una lógica de gestión, de la política expansiva a la política defensiva. Su gabinete, diseñado para gobernar el futuro, es inmediatamente capturado por las urgencias del presente. La paradoja es amarga: accede al máximo cargo de decisión para descubrir que sus opciones están dramáticamente constreñidas.

El éxito de su gobierno ya no se medirá únicamente por sus logros positivos, sino por su habilidad para navegar esta restricción sin fracturar su coalición, sin perder credibilidad ante los mercados y sin desilusionar por completo a una ciudadanía que esperaba, precisamente, un giro. En este escenario, el primer acto de gobierno ya no es un discurso de esperanza, sino un complejo y sobrio ejercicio de realismo económico. Quedará en la habilidad política del mandatario y su equipo transformar esa limitación forzosa en una narrativa de responsabilidad y, quizás, en los cimientos de una futura legitimidad más sobria, pero también más sólida.

 

Alvaro Medina

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