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La simbólica salida de Allamand y la necesidad de unidad y coherencia

Por Carlos Cantero.- En 1987 conocí a Andrés Allamand en Calama. Me pidió una reunión y lo invité a mi casa, su misión era pedirme que me integrara a Renovación Nacional y hablar sobre los desafíos democráticos que se venían por delante. Lo recibí como el líder de la derecha liberal. Nuestra conversación giró en torno a organizar una centro-derecha amplia, plural, democrática, de fuerte sentido social, comprometida con la libertad, el orden y la solidaridad, favoreciendo el emprendimiento para la generación de la riqueza.

En ese entendido me integré a Renovación Nacional, asumí el desafío de ser candidato a diputado en 1989 y fui el único diputado electo del sector en la región de Antofagasta. Luego fui reelecto por otro período. A continuación, fui electo senador de la región en dos períodos. A lo largo de más de dos décadas fui testigo de cómo se desdibujaba ese proyecto original que nos convocó. La influencia del dinero terminaba distorsionando el sentido original; lo partidista tomaba características de una sociedad por acciones; la influencia y cargos a ocupar dependía del dinero invertido; los líderes del pensamiento liberal mutaban a gestores del conservadurismo; lo social trastocó al servicio a los más ricos; lo ciudadano abandonado en pro de un elitismo rayano en el clasismo; la sintonía social mutó a una élite ajena a la realidad (endogámica), sin ninguna sintonía con la gente y hasta con un cierto desprecio, que terminó con la explosión social de octubre  de 2019.

Por eso renuncié a la militancia y lo denuncié públicamente, repudiando esa derecha que confunde los “principios” y “valores” con “precios” o “monto” en la cuenta de banco; que no distingue virtudes de vicios; ni mérito de compadrazgo. Detrás de mi renuncia fueron muchos los que siguieron el mismo derrotero, siempre con los mismos argumentos. Salió un importante número de diputados, senadores y destacados dirigentes. Pero, al parecer, era deseable que saliera cualquiera que se atreviera a contradecir la hegemonía de una élite cuyo interés no era el bien común. Muchos dejaron esa militancia, pero, nunca importó ni llamó la atención de esa élite.

Es triste ser testigo del fracaso, varias veces anunciado, de un proyecto político que fue degenerando hacia una élite ensimismada, que articuló una estructura auto-replicativa, para seguir haciendo más de lo mismo, con los mismos. No se toleró sentido crítico ni la auto-crítica, se demandó sometimiento y obediencia, un entorno incondicional y, en consecuencia, mediocre, sin pensamiento propio. Lo que algunos trataron como otredad, ahora descubren que fue mismicidad, pero con sentido autocrítico. Ahora ya no es posible ese desprecio y desconsideración por los matices de los propios, cuando lo que amenaza es la otredad verdadera, ese peligroso enfoque refundacional y radical, que observamos en algunos políticos y constituyentes.

Leer la declaración de Allamand, en que anuncia “el cierre definitivo en mi larga carrera política nacional”, no deja de sorprenderme. Es un hecho simbólico, en la forma y fondo. Lo hace en medio de la peor crisis democrática que recuerde la centro-derecha, con el gobierno (del que fue varias veces Ministro y del círculo íntimo de Piñera) convertido en un esperpento político, una grave crisis migratoria y cuando enfrentamos un complejo desafío constitucional desbordado. Resulta paradojal la renuncia por videoconferencia, con efecto inmediato. La salida de la Cancillería define el estado de ánimo y compromiso con el gobierno y el Presidente Piñera. Solo cabe imaginar el papelito que diga: “El último apaga la Luz”. ¡Querido Andrés, el desalojo de estos días es escandaloso!

Es la verificación del fracaso del estilo político en que degeneró el proyecto del que hablamos en los años 87-88. Sin duda, no es un cierre de ciclo feliz, ni luminoso. Todo lo contrario. No era pesimismo, ni negativismo, como dijo un prominente de la élite de Piñera ante la denuncia de falta de sintonía con la ciudadanía. La complicidad de un sector de la derecha política con la derecha económica (cuya composición e influencia alcanza todos los sectores políticos) “mató la gallina de los huevos de oro”, por descriterio. “Se abusó tanto de la vaca lechera que se terminó matándola”. Esta generación deja un legado cuestionable. El problema no estuvo en el modelo (exitoso en generar riqueza) sino en la ética de quienes lo administraron.

Es inevitable una refundación o reconfiguración de la centro-derecha chilena. Es importante que cada cual diga lo que debe, porque, como se sabe, el triunfo tiene muchos padres. Pero el fracaso es huérfano. Los tiempos que vienen exigen realismo y altura de miras, se acabaron las ventajas de la democracia protegida. No se puede seguir haciendo más de lo mismo, no tiene espacio el “Gatopardismo”, donde todo cambia para que nada cambie.  El país ha cambiado radicalmente. Esta democracia exige sintonizar con la ciudadanía.

Por el bien del sector, es necesario reconocer aciertos y errores. Para corregir es necesario identificar lo que se hizo mal. Es mejor asumir que el Gobierno de Piñera no fue el proyecto político que imaginamos. Cuando el Presidente busca identificar su legado y el sentido de su tiempo, le respondo que el legado es un forado constitucional y legal de dimensiones humanas, éticas, políticas, económicas, institucionales. El sentido de su tiempo, en un tiempo sin sentido. Por malas decisiones tomadas sin pertinencia ni oportunidad, con endogamia social y política. Esta centro-derecha muestra inopia o indigencia de ideas, como si temiera a la lectura y la discusión de los nuevos paradigmas que emergen.

Estimado Andrés: en tu auto-destierro anterior usaste la metáfora del “cruce del desierto”. Los judíos escapaban de la esclavitud a que le sometían los egipcios y en busca de la tierra prometida. Me pregunto: ¿de qué esclavitud escapas y cuál es esa tierra prometida? Te deseo lo mejor. Espero vengan tiempos mejores. Y que el proyecto político que alguna vez soñamos tome nuevo vigor.

Ahora solo cabe remover las ruinas y reconstruir. Recuperar las bases fundacionales de un sector que debe aprender de estos errores. El país y su democracia requieren una centro-derecha que supere su dependencia del poder del dinero y valore en mayor medida el sentido social y ciudadano. Espero que la distancia sirva para comprender la cruda realidad. Soy optimista, hay regeneración y recambio: surgen nuevas ideas, nuevos liderazgos, hay gente de excelente sentido político que debe tomar su oportunidad y construir una unidad amplia en la centro-derecha. Más aún, cuando estamos conscientes, de los trascendentales desafíos que vienen, partiendo por la Constitución.