Por Alvaro Medina J.- Hace casi 20 años escribí una columna en la que alertaba sobre las reuniones extraoficiales, los encuentros aparentemente inocentes entre empresarios y autoridades de gobierno. Quizás sean temas de políticas públicas donde los privados tienen intereses específicos; quizás asuntos de compras públicas donde los representantes empresariales buscan ser proveedores.
Es posible que las conversaciones se den en el plano más distendido que uno se pueda imaginar: una cena, un asadito, un café en el centro, algo relajado. Es posible incluso que en la conversación, inicialmente, no quieran “nada”, no se converse nada sobre los temas profundos. Seguramente todo tiende a girar en torno a situaciones personales, la casa, la familia, los hijos, los estudios… al menos por un tiempo.
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En la misma columna de hace casi 20 años, antes de que hubiera ley del Lobby, antes de que hubiera Consejo para la Transparencia, que fue publicada como una carta al director en el Diario Financiero, recordaba que, pese a todas las supuestas atenuantes, “no existe almuerzo gratis”.
La frase no es mía. Es de Milton Friedmann, padre del neoliberalismo desde la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago. Así, desde la cuna del ultra capitalismo -no desde la izquierda- se admitía que la tendencia humana es a buscar los propios intereses.
Se echan al bolsillo 20 años de experiencia tratando de evitar estas situaciones, 20 años de escándalos, de facturas falsas, de denuncias, de condenas vacías, de reuniones oscuras y conciliábulos que nos habían enseñado la diferencia entre el bien y el mal. Y se echan al bolsillo un discurso reformador y revolucionario, refractario (en teoría) a estas malas prácticas de la política y de la empresa (si, de la empresa también).
“No nos juntamos a hablar de políticas públicas”… “Estamos convencidos que la correcta interpretación de la ley es otra”…
Las declaraciones justificatorias son una burla para todo el país. Una burla peor que habernos mandado a levantar más temprano o decirnos que compráramos flores ante la inflación.
Porque la frase de Friedmann no se refiere a que le vayan a ofrecer billetes debajo de la mesa por una decisión, un decreto o una ley. Eso sería básico y burdo. La gestión de intereses es mucho más sutil que eso: es, en primer lugar, la generación de relaciones personales que facilitan el camino del dinero y del poder al oído y a la mente de las personas que, desde el Estado, toman las decisiones. Es estar en la lista de números de su celular, poder llamar directamente, hacer un favor, ayudarlos con un problema personal. La gestión de intereses es, por sobre todo, gestión de las relaciones.
De modo que desde puestos de poder no puede nadie decir que ha estado en encuentros inocuos, porque no existen.
Y los ciudadanos tienen derecho a saberlo. Porque así, entonces, nos podemos explicar luego cómo ministros y subsecretarios terminan en los directorios de las empresas o de las universidades, o como consultores.
Para que entiendan bien los secretarios de Estado: es el comercio de las relaciones personales el que debe ser transparentado. Ese es el alcance real del lobby.
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