
Por Hugo Cox.- Hoy se escuchan reclamos de libertad en todos los continentes. Se reclama por la libertad, por ejemplo, en Irán, Cuba, Nicaragua y en un largo etcétera de diversos países africanos. Las autocracias surgen como respuesta a los desasosiegos de la sociedad contemporánea.
Pero la libertad no es un dios: es un don que a menudo solo se aprecia cuando se pierde. El ejemplo más claro está en Chile. Basta revisar la documentación disponible para comprender lo que costó recuperarla: muertos, desaparecidos, detenidos, torturas. Pero nadie aprende en cabeza ajena, sobre todo si tiene helada el alma. Tal vez los europeos o estadounidenses —tan críticos del orden liberal en el que cómodamente viven, tan indiferentes a los luchadores en distintos países— tomarán en serio la libertad cuando lleguen a perderla.
Los reclamos de libertad otorgan plena vigencia al único orden que la defiende: el liberalismo. En su sentido clásico, el liberalismo no es una ideología, sino ante todo una actitud personal, una disposición a la tolerancia. Es un orden cuyos pilares son el Estado de derecho, las garantías individuales y las libertades plenas.
El liberalismo —esa idea de que el individuo es soberano y que el poder estatal debe estar limitado— atraviesa hoy una crisis de identidad global. No es que la gente haya dejado de querer libertad, sino que la percepción de lo que el liberalismo ofrece ha chocado con la realidad de las últimas décadas.
A nivel global, el desapego no es necesariamente hacia las libertades civiles (como la libertad de expresión), sino hacia el liberalismo económico y sus resultados percibidos:
Chile es quizás el laboratorio más intenso de estas tensiones. Pasó de ser el “póster” del liberalismo en América Latina a vivir una crisis social profunda en 2019 que cuestionó sus cimientos.
La polarización política ha impulsado el auge de figuras que prometen orden estatal o justicia social redistributiva, mostrando cómo el “centro liberal” ha perdido terreno frente a visiones más radicales.
El “pecado original” del liberalismo en Chile
Un factor clave es que el liberalismo económico fue implementado durante la dictadura. Esto generó una asociación histórica —justa o injusta— entre libertad de mercado y falta de democracia, lo que hace que para muchos la palabra “liberal” tenga una carga negativa o autoritaria.
No necesariamente. Lo que vemos es una demanda por un “liberalismo con apellidos”, como el socioliberalismo o el Estado de bienestar europeo.
La gente en Chile sigue valorando el emprendimiento y la propiedad privada, pero ya no acepta que el mercado sea el único regulador de la vida social.
Uno de los grandes desafíos actuales es demostrar que la libertad individual no es incompatible con la justicia social y la protección de los más vulnerables.
En Chile, la crítica al liberalismo se confunde con el neoliberalismo.
Occidente y el giro identitario
Hoy, sin hipocresía, Occidente se vuelve identitario. Durante décadas se definió por adhesión, no por origen: democracia, derechos humanos, Estado de derecho, razón. Eras occidental si abrazabas esos valores. Japón lo era. Ucrania quiere serlo.
La hipocresía era parte del mecanismo: Estados Unidos violaba sus principios —como todos los países occidentales—, pero simulaba respetarlos, manteniendo viva la ficción de un marco común. Mientras hubo fingimiento, hubo horizonte. Cuando se deja de fingir valores universales, ¿qué queda? Pertenencia, linaje, herencia, sangre.
Occidente ya no organiza la imaginación del mundo. El mapa mental cambió: siendo destino, no necesitaba convencer; siendo opción, compite. Y compite en desventaja si solo ofrece fuerza, mientras otros ofrecen lo mismo sin el lastre de promesas incumplidas.
Como dijo Ivan Krastev: “América prevaleció en la Guerra Fría porque insistía no solo en ser poderosa, sino diferente.”
Liberalismo clásico vs. neoliberalismo: la confusión chilena
Para entender las críticas actuales, es fundamental distinguir ambos conceptos:
Nace en los siglos XVII y XVIII con figuras como John Locke y Adam Smith.
Surge en el siglo XX con la Escuela de Chicago y figuras como Milton Friedman.
¿Por qué se critican de forma distinta en Chile?
En resumen
La sociedad chilena no rechaza la libertad personal. Cuestiona la mercantilización de la existencia, esa idea neoliberal de que todo es una mercancía y que el Estado no debe intervenir para equilibrar la cancha.
Por eso hoy se habla tanto de un Estado Social de Derecho: una síntesis que busca rescatar las libertades del liberalismo clásico, corrigiendo los excesos de desigualdad que dejó el neoliberalismo.
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