Brasília - O deputado Jair Bolsonaro discute com a deputada Maria do Rosário durante comissão geral, no plenário da Câmara dos Deputados, que discute a violência contra mulheres e meninas, a cultura do estupro, o enfrentamento à impunidade e políticas públicas de prevenção, proteção e atendimento às vítimas no Brasil. (Foto: Marcelo Camargo/Agência Brasil)
Por José María Vallejo.- Aunque se enojen todos los autodenominados antifascistas, es importante que la victoria de Bolsonaro en Brasil sea una lección, y que se aprenda algo. Porque ya antes pasó que ganó Trump, y no lo vieron; ganó Piñera en Chile en 2010, y no se dieron cuenta; ganó Macri en Argentina, y no lo ven; ganó Duque en Colombia y Moreno en Ecuador; Le Pen estuvo a un tris del palacio presidencial en Francia.
La gente no está votando derecha y ultraderecha masivamente porque estén completamente de acuerdo con eliminar a los inmigrantes o a los homosexuales y las feministas; estoy seguro que no comparten íntegramente un programa de privatizaciones y reducción del Estado; y puedo poner las manos al fuego de que ninguno es pro Hitler ni Pinochet.
La gente está votando derecha y ultraderecha porque está cansada de la corrupción, de un establishment que los ha engañado. Votan por un Estado que no los protegió, manejado por estructuras de poder que lucraron en su paso por la administración, y de las cuales ahora desconfían. Votan contra una tendencia extrema a dejarse llevar por minorías y convertir eso en discurso político. Y, frente a ese panorama de descrédito absoluto (en que, por ejemplo, en Brasil se enfrentaban a la posibilidad incluso de que un Lula condenado por la justicia fuera a insistir en una nueva postulación presidencial), siguen al sonido de un flautista de Hamelin que se puede resumir en una palabra: sinceridad.
Bolsonaro, igual que Trump, suena sincero. Es extremo, pero se le puede creer. Y la sinceridad, por extrema que sea, es la única bebida que puede apagar la sed que da la desconfianza.
Y, seamos sinceros, la gente también estaba cansada de la asociación de ideas que proponían los líderes de izquierda. ¿Quiénes son, en definitiva, las alternativas? ¿Lula? ¿Cristina Kirchner y los sacos de millones ocultos bajo tierra? ¿Nicolás Maduro? ¿Evo Morales? ¿Fidel Castro? Si los dirigentes de distintos países siguen corriendo a sacarse fotos con ellos como gurús, ¿qué esperan que piense la gente?
Lo que necesitan las fuerzas que se autodenominan “democráticas”, contrarias a los fascismos es aprender, verdaderamente aprender de que el voto por Bolsonaro en Brasil es una alerta de lo que les falta a ellas: y es sinceridad. Es la única receta para obtener la confianza del pueblo. Y una vez que la tengan, honestidad, para cumplir aquello que se dijo y prometió.
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