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Lectura: Rosalyn: Dos Mujeres, Un Enigma
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Cultura(s)

Rosalyn: Dos Mujeres, Un Enigma

Última actualización: 1 de agosto de 2026 12:27 pm
7 minutos de lectura
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teatro Rosalyn
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Una obra que convierte la memoria en un territorio de sospecha: Rosalyn expone cómo la identidad, el trauma y las verdades ocultas pueden derrumbarse como un escenario mal iluminado, revelando que los enigmas de la mente son siempre más peligrosos que los del crimen.

Por Rodrigo Quintana.- Ha tenido una temporada muy exitosa en el Teatro Finis Terrae una de las obras más interesantes del año: Rosalyn. Dos mujeres, un enigma, un laberinto al estilo del dramaturgo italiano Eduardo Erba, pleno de reflexiones y esquirlas.

Esther es una escritora de bestsellers pronta a un interrogatorio peor que el que se vive con un editor: la acusan de un homicidio perpetrado hace cuatro años, un lapso óptimo para un olvido consolidado bajo el trabajo artesanal —y siempre cuestionado— de la percepción humana.

Su testimonio le exige evocar a Rosalyn, empleada de limpieza cuyo “superpoder” consistía en la invisibilidad social, pero que ahora regresa y se alza como la clave del puzzle. Por supuesto, brotan las culpas de rigor y los secretos de manual, tan propicios para los críticos dominicales.

Los recuerdos de la exitosa escritora se tornan fragmentos, transformando la investigación en un descenso a las zonas oscuras de la psiquis. Hay una estructura cercana al cine y una dramaturgia en idilio con la novela negra y el thriller psicológico, donde la memoria juega a ser el testigo más propenso al perjurio.

La obra cuenta con dirección de Bárbara Ruiz-Tagle y asistencia de dirección de Ángeles Rivero. El elenco está coprotagonizado por María Olga Matte (Esther) y Alessandra Guerzoni (Rosalyn), quienes también lideran la producción ejecutiva, sumando además la traducción de la propia Guerzoni. El apartado visual y atmosférico cobra vida gracias al diseño de escenografía e iluminación de Rocío Hernández, y el diseño de visuales de Alex Waxghotn.

El verdadero escenario del misterio no es la comisaría, el hotel, los suburbios o la sala de conferencias, sino la propia mente de la protagonista, la cual podría ser la de cualquiera de nosotros. Poseemos una conciencia y percepción frágil, usamos máscaras urbanas, vivimos relaciones tóxicas y debemos lidiar con fantasmas, miedos y juicios hechos, todo construido con la madera de nuestras experiencias.

El consagrado autor de Maratona di New York y Venditori permite, en Rosalyn. Dos mujeres, un enigma, un interesante debate sobre las memorias de víctimas y victimarios, tanto que podría ser un festín para escuelas de psicología y psiquiatría.

La escritora acusada sufre un quiebre psicótico y moral entre la negación absoluta y la aceptación de su propia monstruosidad. Sus heridas personales la llevaron a construir una mujer exitosa, culta y civilizada; ahora debe elegir entre asumirse como asesina o defender la máscara glamorosa de su estatus.

Lo que en Crimen y castigo de Fiódor Dostoievski es conflicto moral y espiritual, en Rosalyn es psicológico y clínico.

En un caso policial, el asunto sería materia de la criminalística y la psicología forense, pero ¿cómo se transita este dilema cuando enfrentamos los crímenes de lesa humanidad, hoy distorsionados desde el negacionismo?

La gran diferencia radica en la intención del relato: el aparato represivo y los victimarios construyeron una verdad falsificada de manera deliberada, consciente y planificada, con pactos de silencio, destrucción de archivos, montajes de prensa y un empate moral vía negacionismo, expelido por todos sus medios de propaganda. Incluso piden un “museo de toda la verdad”, post horrores del siglo XX.

Mientras tanto, las víctimas deben recurrir a su memoria para testificar sobre una fractura real. Si esta falla en ciertos datos, es por el daño del propio trauma.

El Chile en eterna postdictadura y Esther comparten el mismo embrollo: una fachada de éxito construida sobre un crimen oculto. Esther proyecta una vida glamorosa, pero su estabilidad es un engaño. Dice poseer más contactos que el abogado Hermosilla; culpas, mentiras y vacíos prontos a desmoronarse, sobre todo cuando Rosalyn desentierra el caso frío de ayer.

El modelo económico y social chileno opera parecido. Bajo el bestseller del “oasis macroeconómico”, heredado de los Chicago Boys (bbc.com in Bing), yace el dinero mal habido. El clóset de los chilenos huele mal.

Esther y Chile prefieren la omisión selectiva y las apariencias, en vez de enfrentar sus aberraciones. Sin embargo, el viaje físico y psicológico por los suburbios de la ciudad despoja a la novelista de sus caretas, así como la crisis del país —iniciada desde la muerte de Pinochet— demuestra cómo la desigualdad estructural  siempre rebrota. Ni la escritora puede evadir su complicidad en el asesinato, ni el país puede sostener más ese relato de “éxito” sin sus fantasmas. Ambos son prisioneros de un pasado sin terapia.

Erba construyó a Rosalyn como una coartada inocente, torpe, estrafalaria y vulnerable. En estos nuevos locos años 20, ella —junto a los grupos medios y populares atrapados en la violencia de los oligarcas— es una fuerza explosiva oculta ya conocida: instinto de supervivencia capaz de transformarlo todo cuando aparece en escena sin avisar.

La temporada en el Teatro Finis Terrae fue aclamada por la crítica, destacando la dirección y las actuaciones. La obra generó un balance positivo impulsado por el boca a boca y una alta demanda en sus funciones de cierre.

Rosalyn volverá a aparecer… muy pronto.

ETIQUETADO:teatro
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