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Solidaridad en Chile: de lo extraordinario a la costumbre

Por Alvaro Medina J.- Chile es un país de contrastes. Y en este caso la palabra contraste en realidad se refiere a nuestras incoherencias e hipocresías.

Este fin de semana, por ejemplo, todo el establishment televisivo se reunió una vez más en el espectáculo en el que el país vuelca su sentido solidario, al apoyar el financiamiento de una institución que entrega un servicio honorable y profesional a miles de personas que tienen algún grado de discapacidad.

Año a año, nos congratulamos del esfuerzo de los rostros de TV por transmitir durante 27 horas para dar cuenta de los aportes de las grandes empresas y los ahorros de los niños, conmovidos. Se le denomina la “cruzada solidaria”.

Se nos ha enseñado, así, que la solidaridad es una conducta extraordinaria, que debe ejecutarse en casos extraordinarios. Como con la Teletón, tras un terremoto, una inundación o un aluvión.

Es un error conceptual que proviene de una cultura individualista exacerbada por el neoliberalismo a partir de los años 80. Nos acostumbramos a la idea de que había que “rascarse” con las propias uñas, no como una forma de validarnos como personas frente a la sociedad, sino para no ayudar al otro; nos acostumbramos a la idea de que la asociación era mala, particularmente aquella que se orienta a la defensa de los derechos colectivos; también a la idea de que debíamos transformarnos en emprendedores, en dueños de nuestro propio destino, en un mundo competitivo; y a la convicción de que el Estado -como organizador social- era nefasto y solo lo privado era bueno, honesto y eficiente.

Todo ello nos llevó a una sociedad profundamente desconfiada, donde somos esclavos de nuestro propio sentido competitivo y no nos preocupan los problemas sociales a menos que nos toquen a nosotros mismos o a nuestras familias. De esta manera, los retiros del 10% los usamos -después de pagar deudas- para darnos algunos “gustitos”, porque trabajamos mucho y creemos que nos los merecemos; un auto nuevo, unas vacaciones como corresponde (claro, después de dos años encerrados), un televisor nuevo. ¿Por qué no?

Pero, ¿queremos una sociedad distinta? Después del 25 de octubre de 2019, creímos que así era. Después del plebiscito de entrada, creíamos que así era.

La postura general tras la propuesta de reforma previsional del gobierno del Presidente Boric da cuenta de que no. La principal posición (y lo era ya durante la campaña por el plebiscito de salida) frente a esta posibilidad de cambio ha sido “con mi plata no”. Y ha sido el argumento a propósito del 6% de cotización adicional de cargo de los empleadores. Queremos que una cotización adicional aumente MI jubilación; quiero garantizar MI vejez. El resto no importa.

Es verdad que a estas alturas, este individualismo es atávico, estamos impregnados de él. Y juzgamos prácticamente naturales algunos de sus elementos a nivel social, aunque sean solo mitos: que tenemos derecho a elegir la educación de nuestros hijos (cuando dicha elección no es real para los millones que no tienen acceso a educación privada y cuando el esfuerzo por acceder a la educación subvencionada en realidad es un remedo de elección, ya que detrás de los proyectos educativos subvencionados no hay diferencias significativas); que tenemos derecho a emprender, cuando es evidente que el mercado está desbalanceado y que cualquier emprendedor se enfrenta a desigualdades brutales para competir, en acceso a créditos para capital de trabajo y costos laborales, por ejemplo.

En esta mitología de la libertad individual en Chile, es parte de nuestra cultura, por ejemplo, que “debemos” tener nuestra vivienda propia, que “debemos” ser propietarios. No se nos ocurre (no es parte de nuestro ADN neoliberal) que podamos tener alternativas de dignidad, como existe en otros países, donde los individuos pueden vivir decentemente a costos razonables y sin necesitar pensar en ser propietarios.

Sabemos que las jubilaciones son miserables para la mayoría de los chilenos, pero seguimos aferrándonos a la idea de que esos escuálidos fondos que tenemos en las AFP son nuestra propiedad. Y ahora que nos proponen la posibilidad de que coticemos un 6% adicional, queremos que sean nuestros. De nadie más.

No nos hemos dado cuenta de que ese 6% no soluciona el problema para la mayoría de los chilenos. En el mercado laboral, 1 de cada 3 chilenos o no tiene cotizaciones o es un independiente que no se está cotizando regularmente y, por lo tanto, con lagunas que serán difícilmente salvables por los individuos. Del resto, de aquellos que sí cotizan como empleados, la mitad gana 400 mil pesos o menos, segmento donde -en los próximos 15 años al menos- un 6% no tendrá impacto significativo si formara parte de la cotización individual. Un 6% adicional sólo aumentará, en lo inmediato, la jubilación de los sueldos más altos. Así de simple.

Pese a ello, el discurso es: “con mi plata no”.  Ese discurso es una falacia, un nuevo mito que nos hace creer que tenemos libertad de elección o de que lo que logro lo hago con mis propios medios.

El 6% tiene un solo fin: generar un sentido de apoyo mutuo para quienes, teniendo cotizaciones insuficientes, no lograrán una jubilación digna.

No estoy defendiendo la propuesta completa, que tiene muchas aristas. Solo establezco la necesidad de un cambio cultural, mucho más que uno político, para que se acepte una idea de solidaridad que vaya más allá de un evento extraordinario y se logre convertir en costumbre y parte de nuestra forma de ser y pensar.