
Por Rodrigo Quintana.- ¿Qué sucedería si usáramos el DeLorean del Dr. Brown para traer al Teatro Finis Terrae “Un enemigo del pueblo”, la clásica obra de Henrik Ibsen del siglo XIX, pero ambientada en un balneario chileno muy top y contaminado?
En la obra de 1882, el Dr. Stockmann descubre cómo las aguas del balneario que financia al municipio están contaminadas y son un peligro. Cuando expone la verdad, su hermano, alcalde de la comuna, se une a las fuerzas políticas, comerciantes y de la prensa para manipular la información, con la misión de evitar la ruina. El doctor no claudica, pero es denostado por todos en una asamblea como un «enemigo del pueblo».
¿Cuánto bienestar estás dispuesto a sacrificar para defender una verdad incómoda?
Para conseguir esta renovada versión del clásico de Henrik Ibsen, se necesitó el laborioso trabajo de Alexandra von Hummel en la dirección y la adaptación de Juan Pablo Troncoso. De esta forma, el montaje cobra, en el Finis Terrae, un acertado engranaje. Gracias a la atmósfera visual sostenida por Fernanda Letelier en iluminación y el diseño audiovisual de Ximena Sánchez, calzan los contenidos operados por Ignacio Herrera y Diego Salgado para el sonido.
Sobre ese gramado podemos disfrutar de un elenco nacional sobresaliente, con las actuaciones de Rodrigo Soto, Paulina García y María Gracia Omegna, que comparten escena con Germán Pinilla, Sofía Guiraldes y Laura Vila.
Con un desgarrador monólogo final del doctor chileno, la cazurra frialdad mercachifle de la alcaldesa del balneario chileno, el rol de la prensa vendida y los discursos histéricos de los sensatos, asistimos a una puesta intensa. Un enemigo del pueblo está ahora en Zapallar, Algarrobo o Maitencillo.
Las interpretaciones piden a los ejecutantes diálogos sólidos; no es tierra para débiles, y las puertas se abren y cierran para que cada uno aparezca con una noticia más absurda que la anterior y agigante la bola de nieve. Hay un sentido del sarcasmo demoledor, un intercambio de cuchilladas verbales entre los personajes en lo macro, lo micro y las relaciones personales, todas construidas sobre la negación de cualquier evidencia.
La alcaldesa cree solo en los intereses del turismo; su hermano es un científico rebelde y, como buen feudo político chileno, implica una endogamia de cargos para hijas, esposas y primos. Vemos a una familia partidista entrar en colapso por las astucias de la edil encarnada en Paulina García, para enrostrarnos lo sabido desde la cuna: es nuestra hacienda eligiendo entre la verdad o la mentira.
En esta versión se puede articular una relación labrada entre la obra noruega decimonónica, las playas veraniegas de Amity Island en “Tiburón” (Jaws) de Steven Spielberg, el apocalipsis transnacional del filme “Don’t Look Up” y los 20 años de la Concertación. La seudorrealpolitik negó lo obvio: nuestro país vive con la Carta de 1980 vigente y aprobada vía fraude electoral. Tocar esa realidad es fumar opio, ya nos dijeron.
El axioma de Ibsen en esta obra donde reina García es claro: la hipocresía de las clases dirigentes del sistema de partidos es la antesala del arribo de los totalitarismos. El siglo XX, atiborrado de dictaduras, fue consecuencia de ello. Hoy, luego de décadas de falsos progresos, gobiernan más regímenes no democráticos y de ultraderecha. Una tragedia anunciada que derechas e izquierdas apernadas post 1990 no quisieron oír.
La alcaldesa chilena sacrifica a los ciudadanos en el altar del libertinaje de mercado, como el edil de Jaws y la presidenta de EE. UU. ante el asteroide. Las izquierdas, con sus monsergas obsoletas, son incapaces de detener la ola neofascista, pues también probaron las mieles de las coimas, como el Dr. DiCaprio con la sexy presentadora del matinal.
La versión chilena de Ibsen llega justo en el mes en que Las Condes fue arrasada por un aluvión de negacionismo climático. Décadas de gobiernos corrompidos extendieron permisos para negar lo evidente, en nombre de un confort que nadie puede alcanzar. Con grupos medios y populares a la fila de la próxima riada, pues también les han vendido la casa propia cerca de despeñaderos cordilleranos.
El aluvión en San Carlos de Apoquindo es el cometa de Don’t Look Up: la obstinada decisión político-mercachifle de «no mirar arriba» hacia las laderas inestables apuntadas por el enemigo del pueblo.
Esta versión chilena de Ibsen resume muy bien los eslóganes. Desde los de la Concertación, el piñerismo, el gobierno del Frente Amplio hasta el actual: hay que mantener las playas abiertas en verano, a pesar del escualo. ¿Consecuencias? No hubo cómo detener el estallido anómico de octubre de 2019 ni al neo-Mussolini Trump de turno.
Y como la realidad de nuestro «Amity macondiano» no posee límites de fantasía, encendieron las luces del teatro y vi, muy sentado, muy rampante, a un famoso exparlamentario de la quinta cordillera, de cuyo nombre no quiero acordarme. Responsable de mil gracias, a las cuales no puedo aludir, pues, si lo hago, la prensa del balneario no me va a publicar esta columna, por ser el suscrito, ahora, otro «enemigo del pueblo».
Más que un instrumento contable, el presupuesto nacional expresa las prioridades políticas, sociales y éticas…
El 1 de abril de 1811, un levantamiento militar encabezado por el coronel español Tomás…
En su segunda novela, "Lo que mata es la humedad", la escritora Sofía Troncoso explora…
La inteligencia artificial promete simplificar nuestras vidas, pero su uso indiscriminado también plantea interrogantes sobre…
El posible fortalecimiento del fenómeno de El Niño durante 2026 y 2027 plantea desafíos que…
La eventual eliminación del programa «Yo elijo mi PC» en el Presupuesto 2027 amenaza con…