
Por Juan Medina Torres.- Noventa días feriados, sin contar los domingos, tenían un alto costo económico para Chile durante la Colonia, considerando que nuestro país era uno de los más pobres del Imperio español, azotado constantemente por terremotos, inundaciones y la costosa Guerra de Arauco.
La mayoría de los feriados correspondía a festividades religiosas, entre las que destacaban celebraciones como el Corpus Christi, la Inmaculada Concepción y la fiesta del apóstol Santiago, que servían para que los grupos que conformaban la sociedad colonial cumplieran un rol en el espectáculo público, ya fuera a través de las ceremonias oficiales, cuya dirección estaba reservada a la élite, o a través del sistema de cofradías, en las cuales había una mayor participación popular.
Las celebraciones públicas, como el acceso al trono de un nuevo monarca en España, el nacimiento de un heredero real o la recepción de las autoridades coloniales que llegaban a Chile, formaban un segundo conjunto de fiestas, todas ellas caracterizadas por un aparatoso ritual cívico-religioso cuyo objetivo era legitimar a las autoridades y élites locales, reforzando, a la vez, los soportes ideológicos de la monarquía.
Un ejemplo de lo que comentamos fue la proclamación de Carlos III como rey de España, celebrada en Santiago a fines de 1760. En la descripción de los escribanos de la ciudad, que informaban a la Corona sobre lo realizado en Chile para esa ocasión, se puede apreciar la suntuosidad desplegada a nivel civil y eclesiástico.
Para la realización de las actividades programadas se declararon quince días feriados. Las celebraciones en Santiago incluyeron fuegos artificiales, corridas de toros, juegos de cañas, desfiles de carros alegóricos, juegos de cabeza, obras de teatro en la Plaza Mayor, banquetes y saraos organizados por la nobleza y las autoridades locales.
Es un hecho que tantas celebraciones tenían un fuerte impacto en la producción y en el presupuesto del cabildo, que destinaba gran parte de sus ingresos anuales a financiar banquetes, corridas de toros, fuegos artificiales y obras teatrales, entre otras actividades.
La agricultura, la minería y el transporte de mercancías eran los sectores más perjudicados por los días feriados, porque la suspensión de sus actividades restaba miles de horas de trabajo al año.
Ante tal situación, la dinastía de los Borbones, a partir del siglo XVIII, impuso políticas de mayor eficiencia económica y comenzó a suprimir días festivos por decreto, argumentando que el ocio prolongado fomentaba los vicios populares y perjudicaba gravemente la riqueza y la productividad del reino.
Sin embargo, los feriados eran los momentos del año en los que más dinero circulaba a nivel popular, beneficiando a sectores que dependían del consumo masivo de carne, pan, chicha, aguardiente y dulces.
Asimismo, los gremios de carpinteros, herreros, pintores y costureras multiplicaban sus ingresos preparando carros alegóricos, altares callejeros, ornamentación de plazas y vestimentas especiales para las procesiones.
Además, el funcionamiento de ramadas y chinganas era parte del comercio informal. La venta callejera sin impuestos, las apuestas y los juegos de azar movilizaban grandes sumas de dinero en efectivo entre las clases populares, algo que las autoridades civiles intentaban fiscalizar y reprimir con poco éxito.
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