Opinión

Trump y su Gestapo migratoria

La expansión del poder coercitivo de ICE revela un sistema estilo Gestapo que ha dejado de administrar migración para gobernar mediante el miedo. Muertes en custodia, violencia normalizada y una política que convierte la frontera en espectáculo muestran cómo el Estado puede usar sus agencias armadas para imponer obediencia antes que justicia.

Por Miguel Mendoza Jorquera.- Gestapo migratoria” suena a hipérbole hasta que uno mira el método. ICEel Servicio de Inmigración y Control de Aduanas— ya no funciona como una agencia civil que administra extranjería: opera como un dispositivo de intimidación. Redadas en ciudades, despliegue armado, secretismo y un uso de la fuerza que se normaliza porque casi nunca paga costos. Cuando el poder aprende que puede empujar el límite sin consecuencias, deja de “aplicar la ley” y empieza a gobernar por miedo.

Minneapolis fue el punto de quiebre porque la violencia dejó de ser una estadística lejana. El 7 de enero de 2026 murió Renée Good en un operativo atribuido a ICE. El impacto político no fue solo la muerte: fue el espejo. Ya no era “frontera”, era calle; ya no era “migrante”, era una ciudadana estadounidense. Una autopsia privada difundida por su familia indicó que estaba desarmada. Cuando el Estado dispara así, lo que colapsa no es un relato migratorio: colapsa la fantasía de que “esto solo les pasa a otros”.

El 24 de enero de 2026 cayó Alex Jeffrey Pretti, enfermero UCI del sistema de Veteranos. La maquinaria hizo lo de siempre: insinuar amenaza, justificar, cerrar filas. Pero los videos y testimonios abrieron la grieta que el poder detesta: confusión, forcejeo, un teléfono y una muerte que no parece inevitable. En dos semanas, el país vio una verdad incómoda: el método que se ensaya contra el migrante puede dispararse contra cualquiera.

Y aun así, lo más brutal sigue ocurriendo donde casi no hay cámaras: los centros de detención de ICE. Ahí el Estado encierra personas que no han cometido delitos violentos, las mueve como carga, las pierde en el papeleo y luego presenta el encierro como trámite. Críticos los describen como “campos” —por el hacinamiento, la desprotección y la lógica de deshumanización—; el nombre puede discutirse, pero los resultados no: muertes, abandono y familias partidas.

En 2025 se reportaron alrededor de 32 muertes en custodia de ICE, según el propio circuito de reportes públicos de la agencia, el peor registro en más de dos décadas según recuentos periodísticos basados en esos datos. En enero de 2026 ya se contaban al menos seis más. Y con una población detenida que, según datos quincenales publicados por ICE, superó las 68.400 personas el 14 de diciembre de 2025.
Amnistía Internacional y Human Rights Watch han documentado condiciones de detención crueles, inhumanas o degradantes —incluyendo hacinamiento y negligencia médica— y han advertido que ese deterioro incrementa el riesgo de muertes en custodia.

La cifra por sí sola ya acusa, pero los casos desnudan la mecánica: Geraldo Lunas Campos, migrante cubano, murió en una instalación en Texas; una autopsia determinó homicidio por asfixia mecánica (compresión de cuello y torso). Cuando una detención administrativa termina con una autopsia de homicidio, se acabó la excusa de la “negligencia accidental”. Eso no es “un problema de gestión”: es un sistema que tolera violencia porque se siente intocable.

Mientras la gente muere o se pudre esperando, el daño se propaga a lo más básico: los vínculos. Familias separadas por detenciones intempestivas, padres en custodia y niños fuera —o dentro— del engranaje, hogares quebrados por una política que trata la vida familiar como un detalle logístico. La crueldad aquí no es un efecto secundario: es parte del diseño. El miedo funciona mejor cuando no solo atrapa cuerpos, sino cuando rompe la red que podría sostenerlos.

Nada de esto ocurre en un vacío. ICE y CBP (Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos) dependen del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), hoy encabezado por Kristi Noem. Y junto al mando político aparece el mando operativo: el jefe de Border Patrol, Gregory Bovino, quien salió a medios a condenar que se les llame “Gestapo”, culpó a “políticos” y a “constituyentes de mente débil”, y defendió públicamente que “las verdaderas víctimas” son los agentes. Hay mando, hay decisiones, hay prioridades. Y hay una Casa Blanca que, cuando le preguntan por muertos, no responde con datos: ataca a quien pregunta. Se reemplaza el debate por la descalificación, el hecho por el insulto, la rendición de cuentas por el grito. No es improvisación: es táctica. Si conviertes toda pregunta en “propaganda de izquierda”, conviertes cualquier abuso en “orden”.

En el centro de la escena está Donald Trump, figura clave en esta política migratoria. Su enfoque no se presenta como administración: se presenta como castigo. Gobierna con reflejos de autócrata —decreto, amenaza, enemigo interno, espectáculo— y luego se muestra como opositor de “dictaduras” cuando le conviene en el tablero geopolítico: condena a los dictadores que no le son útiles y negocia con los que sí. Diversos analistas sostienen que no tiene un problema con el autoritarismo, sino con el autoritarismo que no le obedece.

La hipocresía se vuelve evidente cuando se mira su origen familiar: Trump es nieto de inmigrante alemán. La familia entró por la misma puerta que hoy él quiere sellar con alambre y fusil. El patriarca no llegó como aristócrata: llegó como tantos, con oficio y necesidad. La escalera que lo subió es la escalera que ahora pretende patear para que otros no suban.

Por eso noviembre de 2026 importa. El 3 de noviembre de 2026, las elecciones de medio término pueden convertirse en un freno institucional a esta política del miedo: investigaciones, citaciones, auditorías, control presupuestario, condiciones estrictas para financiar operaciones, límites a la expansión carcelaria y a la opacidad. La destitución es más difícil —requiere un Senado dispuesto a romper filas—, pero el punto no es solo remover a una autoridad: es cortar el método, obligar a dejar huellas, quitarle a la maquinaria la comodidad de la sombra.

Hoy la pregunta no es qué piensa Estados Unidos sobre inmigración. La pregunta es cuánto dolor está dispuesto a aceptar antes de admitir lo evidente: cuando un gobierno usa una agencia armada para fabricar obediencia, lo que construye no es seguridad. Es dominio. Y cuando el orden se sostiene con sangre de pobres, el villano no es la frontera: es quien la convierte en espectáculo.

Miguel Mendoza Jorquera, Tecnólogo Médico – MBA

Alvaro Medina

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