Entre decisiones unilaterales y tensiones diplomáticas, Trump ha incrementado la incertidumbre global y puesto a prueba los principios que sostienen el orden internacional.
Por Edgardo Riveros Marín.- El 20 de julio se cumplió un año y seis meses desde que Donald Trump asumió su segundo periodo presidencial, bajo el eslogan “Hacer a Estados Unidos grande de nuevo”. Dejemos a la ciudadanía estadounidense que evalúe cuán cerca o cuán lejos ha estado de cumplir esta promesa. Corresponde al resto de la población mundial responder a la interrogante de si, con su accionar y responsabilidad directa, el mundo está mejor o peor que cuando asumió el poder.
Sus pasos estratégicos han impactado negativamente la paz y seguridad mundial. Un ejemplo de ello es la forma de enfrentar la situación en el Medio Oriente. El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel a Irán es una demostración de agravamiento del conflicto con efectos planetarios. Además, su conducta errática refleja que no posee una estrategia de salida que dé viabilidad a un alto el fuego, y más se aleja la posibilidad de una paz estable.
Por otra parte, su desapego a principios y normas lo ha llevado a implementar medidas unilaterales en el ámbito económico, sin considerar la existencia de acuerdos comerciales. El alza de aranceles se ha convertido en una constante como elemento de presión, no solo económica, sino también política. Nuestro país ha recibido los efectos de esta conducta, que colisiona con lo normado en el Tratado de Libre Comercio entre ambos países, vigente desde hace más de veinte años. Estas medidas del gobernante norteamericano han afectado a una serie de países, agravando con ello la incertidumbre que se ha instalado en el mundo.
El estilo del gobernante lo ha llevado a tensionar relaciones con aliados estratégicos de Estados Unidos, incluso dentro de la OTAN. Estados históricamente vinculados al país norteamericano han respondido haciendo valer los principios que han dado forma a las relaciones, particularmente la obligación de respetar el derecho internacional y la institucionalidad que le ha dado forma. Este camino, al cual Chile debe adherir, es idóneo para precaver que se imponga como método el uso desnudo de la fuerza, que preludia más incertidumbre y dificultades mundiales. Lo aconsejable es no debilitar ni abandonar principios permanentes, que son los que han dado estabilidad a la inserción internacional de nuestro país.
Edgardo Riveros Marín es Director del CE en Política Internacional, U. Central

