Una reflexión sobre el rol de la conciencia en el observador, la información y la creación de la experiencia.
Por Susan Elena González .-¿Qué somos realmente? Esta es, quizás, la pregunta más antigua de la humanidad. Hemos construido religiones, filosofías y ciencias intentando responderla. Sin embargo, cada disciplina parece iluminar solo una parte del misterio. ¿Y si el desafío no fuera elegir entre ellas, sino permitir que dialoguen?
¿Por qué mirar al átomo para comprender al ser humano?
No porque la física explique la espiritualidad ni porque la espiritualidad demuestre la física. Sería un error confundir ambos lenguajes. Sin embargo, el átomo nos invita a abandonar la imagen de un universo compuesto por objetos aislados. Nos recuerda que la realidad es más compleja y más relacional de lo que nuestra intuición cotidiana suele imaginar. Esa idea, utilizada como metáfora filosófica, abre una pregunta distinta: ¿y si también nosotros nos definiéramos más por las relaciones que construimos que por aquello que creemos ser?
¿Qué aporta la Cábala a esta reflexión?
La tradición cabalística describe simbólicamente una creación donde la unidad se expresa en una multiplicidad de formas. No interpreto esta enseñanza como un hecho físico, sino como una poderosa imagen filosófica: cada ser humano podría representar una perspectiva única desde la cual la totalidad continúa conociéndose a sí misma.
¿Entonces somos fragmentos?
Prefiero decir que somos expresiones. La palabra fragmento sugiere separación; la palabra expresión conserva el vínculo con el origen. Cada vida revela algo que ninguna otra puede revelar. No somos copias de una totalidad, sino formas irrepetibles mediante las cuales la existencia adquiere conciencia de nuevas posibilidades.
¿Qué significa afirmar que somos información revelada y, al mismo tiempo, información por revelar?
Significa reconocer que nuestra historia, nuestra memoria, nuestro cuerpo y nuestras relaciones contienen información ya manifestada. Pero también significa aceptar que ninguna persona está terminada. Cada experiencia reorganiza lo que somos. Cada encuentro modifica nuestras posibilidades futuras. Vivir es revelar información que hasta ese momento permanecía latente.
¿Qué papel cumple el observador?
Encuentro aquí un punto de diálogo con Humberto Maturana, Francisco Varela y Lisa Feldman Barrett. Ellos muestran, desde perspectivas distintas, que la percepción nunca es completamente independiente del observador. No vemos el mundo únicamente como es; también lo experimentamos desde nuestra historia, nuestro lenguaje y nuestras emociones. Por ello no afirmo que el observador cree la realidad física; propongo que participa activamente en la realidad que experimenta porque toda experiencia está mediada por la información que ha ido construyendo a lo largo de su vida.
¿Qué lugar ocupan las emociones?
Las emociones no son un simple acompañamiento de la razón. Constituyen el horizonte desde el cual interpretamos lo que ocurre. Una misma situación puede abrir caminos completamente distintos según el estado emocional desde el cual es vivida. En este sentido, cada emoción no crea un universo diferente, pero sí inaugura una forma distinta de habitar el mismo mundo y de descubrir posibilidades que antes permanecían invisibles.
¿Y si la creación aún no hubiera terminado?
Quizás la creación no sea un acontecimiento encerrado en el pasado. Quizás continúe ocurriendo cada vez que una conciencia transforma una experiencia en significado. Si cada ser humano revela información que antes no existía en esa forma particular, entonces la creación sigue desplegándose a través de cada vida. No presento esta idea como una verdad definitiva, sino como una invitación a pensar. Tal vez la pregunta más importante no sea de qué está hecho el universo, sino qué está intentando revelar a través de nosotros.
