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Incitación a la desobediencia civil

Por Javier Maldonado.- ¿Quién manda aquí? Esta no es una pregunta capciosa. Cuando los que aparecen mandando son unos funcionarios menores, de tercera línea, subalternos de los secretarios, burócratas romos, de esmerilada inteligencia, que ni pinchan ni cortan, eso significa que quienes debieran mandar, en ciertos casos los jefes, no quieren exponerse al ridículo de las órdenes que tienen que dar.

Y eso, porque los que mandan de verdad no son los autores de las ideas que proponen los asesores  y consultores, por lo general, como ya está visto, malas y pésimas ideas. Los que en realidad mandan no se ven nunca, son los hombres de atrás, que caracteriza muy bien el jurista Montealegre, describiendo a quienes desde las sombras, ocultos por espesos cortinajes aterciopelados, los intrigantes de esta mala obra, este psicodrama plagiado, en el que Otelo no es más que un mal actor disfrazado de primera persona del singular. Ya sabemos quién es, así que no es necesario revelar, develar, su nombre propio. Basta con su conocido alias de comediante.

Lo que sí es absolutamente indispensable pesquisar, es el sentido de toda esta parafernalia de órdenes contradictorias, sospechándose, eso sí, que se trate de una estrategia táctica, enredo diseñado por los proyectistas para confundir a la ciudadanía expuesta con el objetivo de inmovilizarlos a todos, no vaya a ser que decidan, una vez más, demostrar su activo descontento. Como esta posible reacción está siempre ad portas, se hace, entonces, indispensable echar mano a los monos sabios que aguardan ansiosos la oportunidad de demostrar a quien allí los puso, todo lo que pueden hacer, aún sin  saber qué es lo que tienen que hacer.

Es paradojal que en los tiempos de los especialistas, los que manden no lo sean. Cabe suponer que en tiempos de epidemias, como éste que vivimos, el que más mande sea un epidemiólogo, que sería adecuado. Pues no, es un pediatra. Que el primer educador sea un ingeniero comercial (antes, en otros tiempos, se llamaban contadores) y no un pedagogo, aunque para ser justos, dado que la educación es considerada un bien de consumo, casi como un producto de supermercado, es entonces lógico que quien allí mande sea un mercadólogo. Que el secretario de lo agrícola sea un empresario terrateniente y no un ingeniero agrónomo; o que el de lo social sea un empresario, hace posible mostrar, exponer ejemplos que, valga la contradicción, no son ejemplares.

Quizás el personaje más notorio de esta galería sea una señora, o quizás señorita aún, que disfruta –muy bien pagada, como es de rigor-, de una subsecretaría la mar de rara e inútil, por las constantes apariciones demostrativas de su extraño quehacer: prevención del delito, que la voz popular traduce como “confirmación del delito”, y que en el peor sentido de su propósito aparece siempre después de cometidos los delitos, cualesquiera que estos sean, siempre que sean callejeros, de población marginal, de patos malos, por así decirlo. Los delitos de alcurnia, financieros, bancarios, empresarios, institucionales, pareciera que no caben en su job description, y allí no tiene que meter su nariz. Pero, quizás esa curiosa subsecretaría –curiosa porque no existe la secretaría del rubro, que sería su superioridad organizacional y administrativa- corresponde a una idea (de esas malas ideas ya mencionadas) de algún asesor de alto nivel y relieve, pensada para premiar algún servicio colateral, o pagar algún favor, o contentar a algún viejo amigo que tiene una hija.., etc., que las opciones pueden ser infinitas, sobre todo en un gobierno que tiene muchas demandas que satisfacer.

El delito, dicen los expertos, lo es cuando ya está consumado y por ello es prácticamente imposible prevenirlo. Esa prevención podría llegar a ser incómoda. Basta imaginarse a la funcionaria del rubro manejando calle arriba y de pronto sentir la inminente sospecha de que en el número 2543 de esa calle, en algún momento por venir, se cometerá un delito, no necesariamente de sangre, tal vez una falta grave. ¿Qué hacer, entonces? ¿Detener el automóvil, ponerse la camisa roja de funcionaria jefe de anticipaciones, tocar el timbre y detener a la persona que le abra la puerta? ¿Cuál sería la razón? Es que aquí se cometerá un delito, ¿diría la funcionaria ejecutiva?, y si le preguntaran, con la natural curiosidad ¿Sí, y cuándo? Bueno, en algún momento, uno de estos días. ¡Ya! Y entonces ¿qué sigue? Los expertos podrían decir que lo más lógico sería esperar a que se cometiera el delito y después montar el espectáculo de la eficiencia funcionaria. Pero, bueno, es sólo un ejemplo, una conjetura. A los que cometen delitos de modo profesional pareciera no importarles que haya alguien designado para constatar sus operaciones comerciales cotidianas; es más, es posible pensar que se sientan parte activa de la economía, tan venida a menos.

Pero, la otra pregunta que necesita ser respondida es: ¿Qué hace la subsecretaria especialista en lo suyo, figurante entremedio de las autoridades de salud? ¿Es que también ha sumado a sus rarísimas atribuciones la prevención del delito de contagio de la epidemia? ¿Es que el ministro del ramo ya no quiere parecerse más al ministro que le precedió y así mete a la previsora a la fuerza? Quizás deduzcan los que allí deducen que la subsecretaria puede hacer un mejor papel en la obra que escriben a diario siguiendo el plan del work in progress inventado por James Joyce. Ahora bien, la función que le han asignado a la nano autoridad no es muy digna. Aparece como la encargada de amenazar a los pobres ciudadanos con las mayores penas si no se portan bien-¿habrá alguna mayor que tener que soportarlos todos los días negando lo que dijeron el día anterior y en seguida contradiciéndose entre ellos mismos, es decir sí, no, viceversa y todo lo contrario?- si no cumplen con las arbitrariedades inverosímiles que se quiere imponer, convencida detrás de su mascarilla que será obedecida por el rebaño que pastorea, sin darse cuenta de que la jauría espera con el ceño fruncido el momento preciso para reordenar las cosas de un tarascón.

Seguro que no conoce la obra de Thoreau en que el autor justifica con creces el perfecto derecho ciudadano a la desobediencia civil. Nadie te puede obligar a renunciar a tus derechos, y menos aún para satisfacer las pataletas autoritarias de funcionarios menores excedidos en su autoestima. Ni siquiera una epidemia.

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