La transición de la enseñanza media a la universidad plantea desafíos que van mucho más allá de los conocimientos académicos. Frente a las dificultades de adaptación, rendimiento y permanencia estudiantil, el vínculo con los docentes emerge como un factor fundamental para acompañar a los jóvenes durante sus primeros años de educación superior.
Por Jorge Ortiz.- “Muchos estudiantes ni siquiera deberían haber llegado allí”. Con esta frase comienza una publicación de un medio de comunicación, la cual reúne la opinión de un exministro de Hacienda y dos académicos sobre uno de los mayores desafíos en la transición de la enseñanza media a la educación superior: el rendimiento académico durante el primer año.
El exministro asegura que el problema son las escuelas, que no entregan lo necesario. En consecuencia, las universidades deben hacer un esfuerzo mayor. El académico asegura que el problema radica en una deficiencia en habilidades necesarias, como el pensamiento crítico, producto de las redes sociales y la llegada de la inteligencia artificial (IA), que producen una ansiedad de inmediatez.
Finalmente, una académica pone el foco fuera de la institución de educación superior y del estudiante, cuestionando si, en parte, los mecanismos por los cuales se asigna la acreditación son los culpables.
Tres focos desde los cuales nos podemos situar para estudiar un problema de naturaleza compleja. Ante un escenario tan adverso, en el que no tenemos control directo sobre el fortalecimiento de la educación pública, sobre la llegada de la IA ni sobre los mecanismos de fiscalización y acreditación externos, ¿qué podemos hacer nosotros como docentes? La respuesta es que quizás ya estamos haciendo lo correcto.
La evidencia nacional e internacional establece que la autorregulación, la autoeficacia, el esfuerzo sostenido, el acompañamiento académico y las prácticas docentes, entre otros factores, explican el buen rendimiento y la retención: el vínculo de los estudiantes con su entorno, con la universidad y con sus docentes.
En particular, se evidencia cómo el profesorado desempeña un papel central en la retención estudiantil. Los docentes que son capaces de reconocer las capacidades, contribuciones y el potencial de sus estudiantes contribuyen a un primer y segundo año exitosos. También juega un papel importante la institución, que asume una responsabilidad en la permanencia estudiantil.
Comprender y abordar lo que significa el primer año universitario en función de la retención y los resultados académicos es un problema dinámico que está lejos de solucionarse por completo. Pero comprender nuestro rol es un primer paso importante.
Por eso, cuando les deseen un feliz Día del Profesor, no entiendan este saludo o felicitación solo como “ser un buen transmisor de contenidos” o “enseñar bien”. Nuestro rol en el aula actualmente va mucho más allá.
Y muchos de nosotros ya lo hacemos, pero a veces sin darnos cuenta. ¿Quiénes sí se dan cuenta? Nuestros estudiantes. Sigamos trabajando para entregar lo mejor y ayudarlos en su formación durante esta difícil transición.
Jorge Ortiz es académico de la Facultad de Medicina, U. Central

