La escultura que Bansky instaló en Londres simboliza fanatismo, ambición, ignorancia, lenidad, banalidad y permisividad. Es una crítica social al inmediatismo y la superficialidad.
Por Carlos Cantero.- Escribo esta columna conmovido por una forma de expresión artística disruptiva y pacífica, de gran impacto mediático, profundidad conceptual y alcance glocal, plasmada en una poderosa imagen de valor simbólico universal. Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia: es una intencionalidad clara y directa frente a una realidad que golpea a la sociedad.
Se trata de una escultura instalada en el centro de Londres, en la plaza Waterloo, durante la noche del 28 de abril, sin autorización. Su simbolismo es potente, actual y de vigencia global. Representa a una persona con traje que avanza levantando una bandera, la cual flamea al viento y le cubre los ojos, cegándola. Sin embargo, el individuo avanza temerariamente, sin ver y sin conciencia de estar dando un paso al vacío, reflejando la falta de discernimiento ante el peligro y la incapacidad de medir consecuencias.
La autoría corresponde a Banksy, el célebre artista urbano británico cuya identidad permanece, curiosamente, en el anonimato. Actúa fuera del mundo tradicional del arte, ajeno a militancias políticas formales. Se le considera un agudo crítico de la sociedad y del establishment, en general.
Utiliza como medio de expresión el arte callejero para una crítica de profundo sentido sociocultural, representando el extravío del sentido de vida contemporáneo. Sus mensajes cuestionan la deshumanización, el consumismo, las guerras y las desigualdades. En su lenguaje artístico, satírico y transversal, interpela por igual a conservadores y liberales; a la izquierda y a la derecha; a creyentes y no creyentes.
Su lenguaje metafórico, o simbolismo gráfico, admite múltiples alcances, perspectivas e interpretaciones en el contexto histórico actual, particularmente en un mundo polarizado, atravesado por una cultura binaria y por un tiempo marcado por un alto relativismo ético.
En este caso, critica las cegueras y lealtades a banderas que nublan la visión: ideologismos, dogmatismos y fundamentalismos que limitan o anulan el juicio propio, llevando a las personas a obedecer fanáticamente, perdiendo su individualidad y sus valores esenciales. Constituye una metáfora de amplio espectro, aplicable tanto a ideologías como a creencias. Simboliza fanatismo, ambición, ignorancia, lenidad, banalidad y permisividad. Es una crítica social al inmediatismo y la superficialidad; a quienes renuncian al pensamiento crítico y a la reflexión profunda.
Ampliar la perspectiva de análisis permite que esta crítica alcance una dimensión más profunda y transversal. No solo interpela al ámbito político, sino también a las creencias dogmáticas asumidas como verdades absolutas e incuestionables, cualquiera sea su origen. En general, cuestiona todo aquello que lleva a actuar sin pensar en uno mismo ni en el otro, es decir, sin alteridad.
La crítica alcanza también a la banalidad y a la normosis, a la cultura pop y su exhibicionismo, así como a la falta de reflexión y conversación respecto del vacío hacia el que parecemos dirigirnos.
En este contexto, resultan pertinentes también las cuatro “G”: Generación, referida al edadismo y las discriminaciones asociadas a la edad; Género, relativo a sesgos o abusos vinculados al sexo biológico o a la dimensión sociocultural e identitaria; Gustos, entendidos como las opciones subjetivas en las diversas dimensiones del ser, estar y hacer en el mundo; y Geográficas, relacionadas con discriminaciones asociadas a localización, cultura o identidad territorial.
Esta crítica amplia e integral, de carácter ecoético, sistémico y relacional, pone atención sobre nuevas dinámicas en la sociedad de redes, la autoexplotación y la superficialidad, la polarización binaria, la exposición de la intimidad y el libertinaje en torno a la data personal, así como el permanente acecho a la subjetividad de las personas.
Obliga a reflexionar sobre nuevos dogmas —de segunda generación— que constituyen un verdadero paso al vacío en el contexto tecnológico, relacional, valórico y ético que configura nuevas formas de vinculación y brechas asociadas.
Muchos somos Banksy. Nos sentimos solidarios e identificados con su arte simbólico, humanista, y con la profundidad de su mensaje metafórico.
Que se contagie este sentimiento de fraternidad. Que se amplifique este pensamiento crítico y solidario. Que cada eslabón asuma su compromiso para fortalecer una gran cadena universal por el humanismo, por una vida cada vez más digna y trascendente, con desarrollo humano y cultura de paz. Unidos en el valor de ver: todos para uno y uno para todos.
¡Que así sea!
Carlos Cantero es Geógrafo y Doctor en Sociología

