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Opinión

Chile: la política, lo político y los políticos

Última actualización: 31 de mayo de 2026 7:38 am
11 minutos de lectura
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chile política
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La crisis chilena no puede entenderse únicamente desde la economía o las instituciones. El deterioro de la política, la pérdida del sentido comunitario y la desconexión de las élites han configurado una crisis ética y cultural que continúa condicionando el futuro del país.

Por Carlos Cantero.- En el libro Chile: Crónicas de un Fracaso Anunciado (2022), realicé un análisis de la crisis de confianza y legitimidad que atraviesa el sistema político chileno. Este fenómeno ha sido eludido por el Congreso Nacional y por el sistema de partidos políticos desde comienzos de la década de 2000, cuando diversos indicadores, estudios y encuestas comenzaron a evidenciar una creciente evaluación negativa de la ciudadanía respecto del quehacer político y del propio Parlamento.

Mientras el modelo de desarrollo chileno mostraba indicadores exitosos y el país experimentaba crecimiento económico, el malestar social aumentaba debido a la mala distribución del ingreso, la elevada concentración económica y la concentración del poder. Sin embargo, el problema fue ignorado. No hubo autocrítica. Nadie asumió responsabilidades y la degradación política continuó profundizándose.

Uno de los pilares conceptuales del diagnóstico desarrollado en el libro es la distinción entre la política, lo político y los políticos, categorías que permiten comprender por qué el sistema chileno desembocó en el estallido social de 2019 y por qué la élite gobernante fue incapaz de anticiparlo, tanto en el Ejecutivo como en el Congreso y los partidos políticos.

A esta desatención se sumaron otros desaciertos. El Parlamento renunció, en gran medida, a ejercer con eficacia sus facultades constituyentes, conduciendo al país a dos fracasos institucionales de gran envergadura: primero, el proceso liderado por la Convención Constitucional en 2022; y posteriormente, el proceso encabezado por la Comisión Experta y el Consejo Constitucional en 2023. Ambas propuestas fueron rechazadas en plebiscito. Más allá de sus diferencias ideológicas, ninguna logró generar un proyecto capaz de convocar una auténtica unidad nacional.

En ese Chile se normalizó la mediocridad política y el desprecio por la democracia. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿dónde están las autocríticas? ¿Acaso la ciudadanía terminó legitimando el origen de la Constitución vigente? ¿Quiénes son los responsables de este fracaso colectivo?

La política: administración sin propósito

En este análisis, la referencia a la política apunta a la dimensión institucional y procedimental: el conjunto de leyes, normas, estructuras partidarias y mecanismos de administración del Estado. En Chile, la política se volvió crecientemente tecnocrática y administrativa. Terminó reducida a la gestión de indicadores económicos, configurando una auténtica «política de mercado». La búsqueda del bien común se debilitó progresivamente.

Más tarde, con la irrupción de una nueva generación política que proclamaba una revolución democrática y un supuesto purismo ético, se profundizaron fenómenos igualmente problemáticos: el manoseo ideológico, la anomia valórica, la hipocresía política y el debilitamiento de las instituciones democráticas. La mediocridad terminó erosionando el sistema, frenando el crecimiento económico, incrementando el endeudamiento público y favoreciendo la expansión de la corrupción.

Lo político: la pérdida del sentido de comunidad

Lo político constituye una categoría más profunda y cercana a la ciudadanía. Representa el espacio de los valores, la ética, las utopías y la construcción de un sentido de comunidad. Es la esencia misma de la convivencia humana, pues define para qué vivimos juntos y hacia dónde queremos avanzar como sociedad.

Es también el ámbito propio de la filosofía política y de la visión de largo plazo.

En Chile, «lo político» sufrió un progresivo vaciamiento de contenido ético y comunitario. Se debilitó la mística colectiva y el pensamiento crítico parece encontrarse secuestrado por dinámicas de polarización y simplificación.

Al desaparecer los grandes relatos capaces de otorgar sentido y cohesión, el sistema quedó expuesto al materialismo y al consumismo. La ciudadanía quedó huérfana de proyectos colectivos que fortalecieran su identidad y pertenencia.

Fue el advenimiento de la política POP, caracterizada por la banalidad, la espectacularización mediática y la superficialidad. En ese escenario se desplomó la probidad pública y se desplegó un verdadero escándalo de corrupción, un asalto transversal a los recursos públicos que afectó tanto al ámbito privado como al estatal; a la izquierda y a la derecha; a civiles y militares.

A este fenómeno lo he denominado pandemética: una pandemia de degradación de la ética y la probidad.

Y en esa situación seguimos. Mientras tanto, la ciudadanía continúa dando palos de ciego al momento de elegir autoridades, atrapada en un ambiente de creciente polarización política.

Los políticos: una élite desconectada

La tercera categoría corresponde a los políticos, es decir, las personas que ejercen cargos de poder elegidas por la ciudadanía. En Chile, gran parte de esta clase dirigente vive una profunda desconexión con la realidad. Se ha constituido una élite endogámica, semejante a una tribu urbana encerrada en una burbuja cultural y social.

La obsesión por la exposición mediática y la lógica de la farándula política ha derivado en una verdadera ceguera cognitiva que impidió —e impide— comprender el malestar social que se incubó durante años. Por supuesto, la ciudadanía tampoco es completamente ajena a esta situación. Se queja, critica y lamenta la calidad de sus representantes. Sin embargo, cabe formular una pregunta incómoda: ¿quién elige mediante su voto a estas autoridades?

El acceso al poder rara vez se basa en el mérito, la excelencia o la experiencia. Con frecuencia predominan las redes de influencia, los vínculos partidarios y las lealtades a grupos de poder político o económico. Los políticos ya no representan adecuadamente las aspiraciones de la ciudadanía ni la defensa efectiva de sus derechos sociales. Los indicadores de desarrollo humano muestran avances insuficientes en múltiples áreas. El bien común parece secuestrado.

Resulta evidente que una parte importante de los recursos públicos fue mal utilizada o derechamente dilapidada. Ahora la sociedad debe asumir los costos de esas decisiones. Lo paradójico es que muchos de quienes contribuyeron a esta situación hoy intentan presentarse como salvadores.

Una crisis ética antes que económica

El fracaso de la política, lo político y los políticos en Chile no es únicamente económico o social. Es, fundamentalmente, una crisis de liderazgo ético que afecta estructuras esenciales de la comunidad nacional. Se ha impuesto la idea de que las personas valen por lo que poseen y consumen, no por su dignidad, carácter o trascendencia.

A ello se suman otros factores estructurales: el deterioro de la educación, el debilitamiento de la salud pública, la mercantilización de servicios esenciales y la persistencia de profundas desigualdades sociales.

Por otra parte, el escaso reconocimiento práctico de la familia como célula básica de la sociedad contrasta con las enormes dificultades para acceder a una vivienda digna. A esto se agrega una creciente sensación de inseguridad ciudadana, fenómeno del cual ya nadie parece estar completamente a salvo.

Cada día resulta más evidente que el crimen organizado y el narcotráfico desbordan las capacidades institucionales del Estado, ocupando espacios de poder y control territorial en diversas zonas del país.

Recuperar el sentido de lo político

Durante años, diversas voces advirtieron sobre el creciente distanciamiento entre la élite y la realidad social. Sin embargo, muchas fueron marginadas, desacreditadas o calificadas como díscolas. Lo viví personalmente.

La solución no pasa exclusivamente por nuevas leyes o reformas institucionales —es decir, por la política—, sino por recuperar el sentido ético y comunitario de la vida pública —lo político— y por renovar profundamente las capacidades, habilidades y conductas de quienes ejercen el poder —los políticos—.

Es indispensable reducir la influencia excesiva del dinero en la actividad pública, combatir la endogamia sociopolítica y promover auténticos valores democráticos y republicanos. También es necesario contener la expansión de la política convertida en espectáculo.

Tanto la derecha como la izquierda exhiben síntomas preocupantes de ceguera cognitiva, escasa voluntad autocrítica y un dogmatismo que las lleva a ignorar las preocupaciones reales de la ciudadanía. El centro político, por su parte, aparece debilitado y carente de influencia.

Muchos prefieren cerrar los ojos ante la realidad, pero el país enfrenta amenazas concretas: el avance del populismo, la demagogia y el fortalecimiento del crimen organizado.

Algunos promueven la imposición de la fuerza frente a la diferencia; otros creen en la necesidad de construir fraternidad y acuerdos. Conviene recordar que, en la sociedad digital, ya no asistimos únicamente a un debate de ideas, sino a una disputa por el control de narrativas, emociones y entornos cognitivos. En ese terreno, buena parte de la dirigencia política continúa actuando con herramientas del pasado.

Chile necesita que la política de derecha, centro e izquierda deje de entenderse como una guerra permanente y vuelva a concebirse como una tarea complementaria y colaborativa. Una cosa son las legítimas diferencias ideológicas; otra muy distinta es la obstrucción sistemática.

Debemos elevar el nivel de lo político, recuperar el valor de la ética, el mérito, la experiencia, la excelencia y el sentido de comunidad. Pero ello exige nuevos liderazgos y también una ciudadanía más activa, informada y comprometida. Aún estamos a tiempo. Trabajemos para ello. ¡Que así sea!

Carlos Cantero, Geógrafo, Máster y Doctor en Sociología

ETIQUETADO:Chilepolítica
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