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El poder en la política chilena

Por Hugo Cox.- En los últimos días, han preocupado los acontecimientos sucedidos en nuestro país fronterizo al norte, con la caída del quinto presidente en un período corto de tiempo, de los cuales hay cuatro presos y uno “prófugo”, sin contar un presidente que se suicidó.

A mi juicio, lo que ocurre en Perú es producto del constante enfrentamiento entre el Congreso y la Presidencia (un país semi parlamentario, unicameral), con amplia fragmentación de los partidos políticos, los que tienen una baja representación real y obedecen más a un caudillismo que a ideologías. Esto se traduce en ingobernabilidad. Pese a ello, el país sigue funcionando. … Pero, ¿cómo? Para responder esta pregunta hay que estudiar la profundidad de la economía paralela (producto de las drogas, el empleo informal, transacciones comerciales fuera de la ley, y un largo etc.).

Esto también puede llegar a suceder en Chile. Hay síntomas que complejizan el contexto del poder y la política, para lo cual debemos dedicar algunas líneas a lo que significan estos conceptos.

Política y poder actúan muy unidos: el poder es la base sustancial de la política. Para autores como Marx, la política se centraría en cuanto la lucha de clases; mientras, Carl Smith circunscribe el campo de la relación amigo–enemigo. De otro lado, para Clausewitz la política es la continuación de la guerra por otros medios. Hobbes, establece como primera Ley natural fundamental el buscar la paz, es decir, relaciona a la política propiamente con la condición de paz, ya que ésta es la salida del estado de guerra.

La política puede ser entendida desde dos perspectivas: como conflicto o contraposición, o también puede ser entendida como orden o composición. En la primera perspectiva prevalece una consideración externa del grupo, que se plasma como una relación de desafío latente con otros grupos; en cuanto a la segunda perspectiva, predomina una consideración interna del grupo, en cuyo caso se establecen reglas a los miembros para una mejor convivencia.

Habermas conceptualiza la legitimidad del poder entendiendo que hay buenos argumentos para que un ordenamiento político sea reconocido como justo y equitativo; un ordenamiento legítimo merece el reconocimiento.

Siguiendo esa línea, el poder político es el “poder coactivo por excelencia” y, como tal, debe impedir el recurso de la fuerza por parte de los sujetos no autorizados; de otro lado, debe ser legítimo, en el sentido que debe ser reconocido como válido bajo algún título y aceptado por la ciudadanía.

El poder político puede hacer uso de instrumentos de coacción, que son regulados por normas superiores y, finalmente, el límite está dado por la constitución política, o contrato social.

En síntesis, Bobbio lo clarifica de la siguiente manera: “En la filosofía política moderna, el problema de la convivencia de pluralidad de individuos reconocidos por naturaleza independiente es planteado desde la perspectiva de la creación de un orden artificial fundado sobre el consenso racional de todos”.

Qué nos dice la experiencia comparada al respecto:

“La experiencia comparada demuestra que el funcionamiento de estos mecanismos de coacción en el mundo de hoy es un ‘desde’ o, mejor dicho, una precondición habilitante para el funcionamiento de los poderes públicos. Y este hecho constituye, en teoría, una mejor horizontalidad en la distribución de competencias y espacios de decisión política. Pero, en la práctica, muchos contrapesos y procesos de consulta pueden ser un factor de inestabilidad, alto riesgo de parálisis, bloqueos recíprocos, fragmentación y, sobre todo, en medio de una crisis de representación, entregarle el poder (decidir en la excepción) al veto de las minorías y no al gobierno de las mayorías”. El resultado de lo anterior es la creación de muchos centros de poder al margen del poder constituido, generando populismo y una previsible polarización, la historia nos demuestra que por esta vía surge el fascismo, el nazismo, emerge con fuerza la ultraderecha (Italia, Austria, Hungría, Trump, Bolsonaro), y -como en Perú- fuerte fragmentación y populismo, y muchos otros ejemplos.

Y ya se sabe el diagnóstico: Crisis de representación, creciente fragmentación de los partidos políticos, los tradicionales son desplazados, las instituciones son cada vez más cuestionadas, aumento de la corrupción, e incapacidad del sistema político de dar respuesta ya que se encuentra ensimismada en sus propios temas de tipo corporativo.

En el país, pareciera ser que quienes tienen el poder son: las organizaciones del crimen organizado, que controlan parte del territorio de las principales ciudades del país; las entidades radicalizadas del mundo mapuche, las CAM, Resistencia Mapuche Lafkenche, etc.; los que no quieren los tratados de libre comercio porque fortalecen el modelo “extractivista” de desarrollo, y que dan como excusa infantil la objeción a los mecanismos de solución de controversias contemplados en los contratos. Tienen, también, un fuerte poder de veto los poderes económicos, que se oponen a cambios urgentes y necesarios a menos que deseen una fuerte crisis de insospechadas consecuencias; la extrema derecha, que se opone a una nueva constitución que haga viable cambios en términos graduales; tienen poder los que cortan los caminos, los que se toman propiedades sin consecuencias de sus actos, sin contar con el triste espectáculo de quienes organizan protestas a, por ejemplo, Sergio Micco.

Asistimos a un parlamentarismo marrón, incumplimiento de los compromisos y normas, una creciente incapacidad de generar políticas públicas sustentables a mediano y largo plazo.

En resumen, urge buscar los acuerdos necesarios para desactivar las bombas de tiempos instaladas en la sociedad; urgen políticas claras que permitan la reinstalación del centro del poder político.

Que no sea demasiado tarde para encontrar el rumbo, hay muchos ejemplos en América Latina.