
Por Hugo Cox.- Es en el Parlamento donde se expresa la soberanía popular que ha sido delegada por los ciudadanos. Es allí donde los representantes elegidos deben expresar sus opiniones y legislar para la nación. Sin embargo, en lugar de la intervención ponderada y documentada, el ciudadano observa con frecuencia la frase fácil, la descalificación del adversario, la diatriba y un populismo rampante. La falta de respeto hacia el otro parece haberse convertido en una forma habitual de relacionarse en el debate público. Esta situación se observa a lo largo de gran parte del espectro político, con honrosas excepciones.
Lo que se requiere, fundamentalmente, es volver a expresarse con inteligencia. Pero ¿qué significa realmente esto?
Hablar con inteligencia a la ciudadanía en una democracia es un concepto profundo que apela directamente a la calidad del debate público y a la madurez de la relación entre representantes e instituciones, por una parte, y ciudadanos, por otra.
Lejos de la propaganda, el marketing político o el paternalismo, este enfoque transforma la comunicación gubernamental y política en un ejercicio de respeto mutuo.
A continuación, se detallan algunos de sus significados e implicancias más importantes.
Hablar con inteligencia significa desterrar la idea de que el ciudadano es un mero consumidor de eslóganes o un receptor pasivo incapaz de comprender la complejidad del Estado.
Validación ciudadana
Se asume que la población posee criterio, capacidad analítica y el derecho de conocer el «porqué» de las decisiones, y no únicamente el «qué».
Superación del populismo
Implica renunciar a las soluciones simplistas para problemas complejos, evitando apelar exclusivamente a las emociones primarias o al miedo como herramientas de persuasión política.
Las sociedades contemporáneas, incluida la chilena, enfrentan desafíos atravesados por variables económicas, geopolíticas y tecnológicas cada vez más complejas. Hablar con inteligencia exige desarrollar una verdadera pedagogía política.
Explicar los dilemas
Significa reconocer que los recursos son finitos y que gobernar implica, muchas veces, elegir entre alternativas difíciles en las que siempre existen costos. En economía, esto se conoce como costo de oportunidad.
Evitar la posverdad
Implica construir discursos sustentados en datos verificables, evidencia científica y proyecciones honestas, asumiendo la incertidumbre cuando corresponde, en lugar de ofrecer certezas ilusorias.
Cuando el discurso público se infantiliza o se llena de promesas vacías, la consecuencia inevitable es el cinismo ciudadano y la erosión de la confianza en las instituciones.
Construcción de legitimidad
Un ciudadano al que se le habla mediante argumentos sólidos puede estar en desacuerdo con una política pública, pero tenderá a respetar la legitimidad de la decisión si comprende el proceso racional que la fundamenta.
Cultura cívica
Elevar la calidad del discurso institucional contribuye a elevar también el nivel del debate general. Si las instituciones y los líderes debaten con inteligencia, estimulan a que los medios de comunicación y la sociedad civil hagan lo mismo.
La democracia moderna ya no se agota en el acto de votar cada cierto número de años. Aspira a ser una democracia deliberativa, donde la ciudadanía participe activamente en la construcción de soluciones colectivas.
Ciudadanos como actores, no como espectadores
Hablar con inteligencia invita a la sociedad a formar parte de las soluciones. Cuando las personas comprenden el trasfondo de una crisis —ya sea educativa, habitacional, económica o institucional— pueden asumir una cuota de responsabilidad en los consensos necesarios para superarla.
En síntesis
Muchos de estos conceptos han sido abordados en otros artículos que buscan destacar la importancia de la razón, el diálogo y el respeto como pilares indispensables para cuidar la democracia. Son principios que la clase política debería asumir con mayor convicción. No parece una exigencia excesiva.
Hablar con inteligencia a la ciudadanía es entender la comunicación política como un puente de razón pública. Es un antídoto contra la polarización ciega y la demagogia, y constituye una de las vías más sólidas para construir una democracia resiliente, donde los ciudadanos sean tratados como sujetos históricos y no como meros electores a quienes hay que seducir con promesas vacías.
En tiempos de creciente desconfianza hacia las instituciones, hablar con inteligencia no es solo una virtud política: es una necesidad democrática.
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