
Por Yady Campo.- Ver la película Un poeta (Mesa Soto, 2025) es desgarrador. Cuando me enfrenté a ella por primera vez, no llevaba ni quince minutos ante mis ojos y me sentía confundida, maravillada, incómoda y hasta triste. Sí, todo al mismo tiempo. Todo en un mismo lugar. Pensé incluso en abandonarla. Quise resistirme a esa nefasta dosis de realidad porque la historia de Óscar me sobrepasaba. Me veía reflejada en él: tan ilusa, tan fracasada, tan portadora de agravios, tan merecedora de condenas.
De hecho, cuando el protagonista intenta convencer a su joven promesa de que se dedique a hacer poesía, ella le pregunta: “¿Y se puede vivir de esto?” y ahí mismito me dieron ganas de apagar el televisor.
Pero bueno, mejor ordenemos este lío. El filme del que vengo a hablarles es colombiano, contemporáneo, reciente y con tan buena recepción crítica que ya fueron comprados sus derechos para hacer una versión estadounidense con actores de Hollywood. Se trata de Óscar, un cuarentón desempleado y alcohólico que llegó a recibir un premio por sus dos primeros y únicos libros de poesía —por allá en la época de María Castaña— y que anhela vivir de esas viejas glorias, esquivando permanentemente sus responsabilidades como padre, hijo, profesional y ciudadano.
“Yo soy un poeta”, le dice a su hermana mayor con profundo lamento, y ella responde: “usted es un desempleado”, obligándolo a aceptar trabajo como profesor en un colegio de secundaria. Allí, en medio del caos que supone ejercer la docencia con adolescentes que lo menos que quieren es oír hablar de poetas lejanos como José Asunción Silva, conoce a una estudiante con verdaderos dotes para la poesía. Inocente, auténtica, sin pretensiones de ningún tipo; incluso podría decirse que ni ella misma entiende que lo que escribe es poesía.
En ella se ve reflejado Óscar y conecta con ese otrora poeta joven y talentoso que alguna vez fue. Tratar de ser su mentor lo meterá en mil problemas, pero a la vez le dará la oportunidad de enmendar errores trascendentales de su vida que aún hacen mella en su presente.
Y no les cuento más, porque todo lo que les diga se queda corto frente a esta maravilla latinoamericana que demuestra lo valioso de nuestro cine. Lo que sí no puedo dejar pasar es reconocer el excelente reparto. Es tan bueno que logra lo más valioso del séptimo arte: hacer que el espectador olvide que está frente a una obra de ficción, que son actores, que no es real.
Todo es tan vívido en la película de Mesa Soto que el protagonista me provocaba repulsión. Por mucho rato podía hasta olerlo. Luce tan mal, tan descuidado, despeinado, mugriento, que incluso en la escena donde se baña sentí una especie de alivio al imaginarlo limpio por fin.
A lo mejor es porque la historia es tan humana que no había otra manera de representarla, o porque tal vez no es tan mala ni tan “tercermundista” la cinematografía de estos lares y demuestra con creces que, cuando se le pone vida, alma y corazón a un proyecto, se puede sacar agua de las piedras. Porque sí, admitámoslo: este director y todo su equipo no solo hicieron mucho con poco, sino que supieron atomizar temas complejos en una sola historia.
Por todo ello y mucho más, la película es ingeniosa, fresca, compleja y a la vez ligera. Dramática, pero genialmente graciosa. Una joya imperdible.
Toca parafrasear a Gustavo Adolfo Bécquer: “Podrá morir la poesía, pero siempre habrá poetas”. Y podrán hacer una millonaria versión hollywoodense, pero siempre tendremos Un poeta: original, única e irrepetible.
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