
Por ElPensador.io.- Hay libros que eligen la comodidad del tratado sistemático y hay otros que prefieren la intemperie del diario. En Mientras todavía haya imágenes: El diario privado de un espectador (2023-2025), de próxima aparición y cuya presentación en Buenos Aires se anuncia con justa expectativa para este 25 de septiembre de 2026, el ensayista argentino Leandro A. Cuellar opta por el segundo camino. No estamos ante un manual de historia del séptimo arte ni ante un compendio de reseñas asépticas destinadas al consumo rápido de la cartelera global. El volumen —editado por Amour du Cinéma— funciona, más bien, como una cartografía íntima y rigurosa de las obsesiones de un espectador que se niega a delegar su capacidad de pensar.
Desde las primeras páginas, Cuellar advierte al lector sobre la naturaleza de su registro. Entre 2023 y 2025, el autor ha consignado en cuadernos manuscritos aquello que el cine moviliza más allá del entretenimiento: el cuerpo, la mirada, el otro, el poder, el tiempo y lo sagrado. Esa estructura en seis partes no es un capricho taxonómico, sino el andamiaje conceptual desde el cual se interroga el malestar de la época. En un ecosistema cultural dominado por la inmediatez algorítmica, las plataformas de streaming y lo que el propio autor ironiza como la «ideología Netflix» —un flujo incesante de estímulos anestésicos y provocaciones vacías—, el ejercicio crítico que propone Cuellar adquiere un valor de trinchera intelectual.
Uno de los mayores méritos analíticos del libro reside en su capacidad para tensionar los consensos de la crítica contemporánea. Lejos de sumarse al aplauso unánime del mainstream o de caer en la autocomplacencia académica, Cuellar somete a un escrutinio implacable pero fundamentado a ciertos tótems del cine reciente. Su escepticismo ante productos hiperpremiados como Poor Things de Yorgos Lanthimos no responde a un mero capricho iconoclasta, sino a una pregunta genuina por el vaciamiento espiritual y la pretensión transgresora que confunde la exposición corporal con la profundidad estética. Para el autor, el cine contemporáneo corre el riesgo permanente de cometer un suicidio simbólico si renuncia al peso de las ideas en favor del efectismo mercantil.
Frente a esa deriva, el libro alza una constelación tutelar donde resuenan con fuerza los nombres de Robert Bresson y Krzysztof Kieślowski. La impronta bressoniana atraviesa el volumen como una columna vertebral ética y estética. En los apartados dedicados a El diablo probablemente, Cuellar transita con agudeza por los territorios del nihilismo, el tedio moderno y la insoportable levedad de una existencia reducida al valor de cambio. Lejos de una lectura devota o simplificadora, el análisis rescata la figura del suicida no solo como transgresión religiosa, sino como el síntoma extremo de un mundo carente de valores comunitarios y profundamente degradado en su relación con la naturaleza.
Asimismo, el libro destaca por su sólida hibridación teórica. Cuellar cruza con naturalidad las coordenadas del cine con la filosofía política y el psicoanálisis, convocando las reflexiones de Walter Benjamin, Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Georges Bataille, Jacques Aumont o Slavoj Žižek, sin que la prosa pierda jamás el pulso ensayístico. En este recorrido, el análisis de films tan diversos como La mujer sin cabeza de Lucrecia Martel, El abrazo partido de Daniel Burman o las incursiones en el film noir clásico de Billy Wilder y Otto Preminger demuestran una mirada capaz de articular la especificidad formal de la puesta en escena con los dilemas de nuestra identidad histórica.
Hacia el final, la tesis sobre la imagen que corona el volumen sintetiza su propuesta más potente: la imagen cinematográfica no es un objeto pasivo que el espectador consume de manera neutral, sino el escenario donde el mundo sensible produce al sujeto. Lo que ocurre entre la pantalla y quien mira se juega en el terreno del deseo, la afección y el reconocimiento.
Mientras todavía haya imágenes es, en definitiva, un libro necesario para sacudir la modorra crítica de nuestro tiempo. Con una prosa lúcida, erudita y profundamente honesta, Leandro Cuellar nos recuerda que ir al cine —y escribir sobre él— sigue siendo un acto de resistencia contra la barbarie y el olvido. Una invitación ineludible a sostener la mirada cuando todo a nuestro alrededor parece empeñado en apagar el pensamiento.
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