Economía

Cómo el pesimismo social y la hiperproductividad están reconfigurando la vida laboral

El aumento del pesimismo, la ansiedad y la autoexplotación está afectando el bienestar de trabajadores y organizaciones en Chile. Un análisis sobre cómo construir espacios laborales seguros frente a la incertidumbre y la presión social creciente.

Por Ignacio Valdés.- No es sólo una percepción de conversa después del café / No es sólo esa sensación de calamidad latente antes de irse a la cama./ No es sólo esa presión en el pecho al levantarte y salir a tu trabajo./ No es el comentario post almuerzo del fin de semana. / El país se siente pesimista. / El país se percibe con una anomia institucionalizada. / Se debe seguir produciendo. / Se debe seguir haciendo. / Me debo seguir explotando.

Las Encuestas de la Semana

Criteria, CADEM y Paz Ciudadana dan un único veredicto: las personas son más pesimistas acerca del futuro del país. No hay espacio para dudas ni matices. Se siente un desconsuelo que traspasa las barreras del hogar, de las oficinas e incluso de los llamados “happy hours”.

Este escenario es complejo porque nos vuelve a posicionar en nuestros roles de una manera inestable a nivel consciente e inconsciente. Esto quiere decir que sabemos que las cosas que pasan a nuestro alrededor podrían, hipotéticamente, impactar en nuestro quehacer cotidiano y, por otro lado, tratamos de escapar de estos cuadros insistentes de ansiedad de manera más disfrazada.

El pesimismo que agota

Cuando percibes que todo lo que ocurre a tu alrededor se torna oscuro, pesado, dañino y carente de toda chispa de humanidad, el cuerpo te pasa la cuenta. Esto se debe principalmente a que estás en una alarma constante. Todo tu ser está en un loop preparado para la acción y la defensa. Nada de esto es gratuito. Existen personas que pueden tolerar este estado por más tiempo; sin embargo, llega un momento en que no se resiste más y algo de ti se fractura. En esos instantes, la vida se siente más pesada y navegar sobre la nebulosa capa de la incertidumbre que asedia se transforma en un tormento.

He aquí donde las organizaciones podrían transformarse —si existe un interés genuino— en un lugar que brinde contención y seguridad.

El trabajo, de por sí, ya es una fuente de estrés, de agotamiento físico y psíquico. Si en contextos normales ya nos pasa la cuenta, en este escenario estamos caminando a tropezones sobre la cuerda floja. Solo quedan pocas hebras que sostienen nuestro pasar. El trabajo debería ser una de ellas, porque es un contexto conocido y, al menos, deberíamos comprender las variables que allí habitan.

La hiperproductividad que asedia

Nos autoexplotamos. Esa es la mayor consigna de los últimos años. Sin horarios, sin quiebres en nuestros roles y con fronteras difusas entre nuestros espacios físicos y psíquicos, se carcome el ejercicio de nuestra propia libertad.

El escenario está ideal para un doble paso y exigirnos aún más. Tiene sentido: hay tanta presión afuera que nuestros propios pensamientos se acostumbran a negociar ese movimiento. No se busca la calma; se lucha con mayor intensidad contra el entorno. Más trabajo, más compromisos, más comida, más acción el fin de semana, más tareas por completar. El más y más se transforma en la única batalla ante un asedio externo que ni siquiera tiene forma.

Las redes sociales se convierten en el paladín contemporáneo de los sacrificios: desde Instagram hasta LinkedIn funcionan como el escudo de las batallas no transitadas y el depósito de aquellos suspiros latentes que permanecen detenidos en el cuerpo de las personas.

La hiperproductividad es amiga del pesimismo porque nos brinda la oportunidad de escapar de nuestros propios miedos. Estos siguen ahí, “a la guaite”, retumbando en nuestros pensamientos.

El pesimismo que invade las calles del país nos lleva a separarnos y buscar lugares de regocijo.

¿Es nuestra organización un espacio seguro para que las personas estén tranquilas ejerciendo sus roles?

Alvaro Medina

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