
Por Yoshvani Medina, guionista y dramaturgo (desde Miami).- No conocía el término Schopsui. Tampoco conocía la cinematografía de Edgardo Viereck. Ahora conozco ambas cosas. Y puedo afirmar algo: con Viereck, la cámara habla.
Cine de cámara. Seis personajes. Seis saetas dramáticas. Seis entidades con una carga vivencial y psicológica brutal. Entre ellas, quien menos habla es uno de los que más dice: Don Chang, dueño de un lúgubre restaurante chino enclavado en algún rincón periférico de Santiago, uno de esos lugares donde hasta la policía parece pedir permiso antes de entrar.
Confieso que no vi venir el crescendo.
Entré en aquel restaurante como un séptimo personaje, mirando a través del ojo narrativo de Viereck. Allí estaban tres obreros celebrando el primer sueldo de uno de ellos. Allí estaban también el cocinero y la camarera, unidos por una historia de amor intensa, destructiva, visceral.
Y confieso otra cosa: pocas veces he visto a una mujer besar en el cine con tanta belleza, tanta intensidad y tanta sensualidad.
Las líneas de fuerza de la historia me agarraron por el cuello y no me soltaron hasta hacerme sentir que la garganta se me desprendía del esternocleidomastoideo.
Homosexualidad, xenofobia, racismo, identidad cultural, orgullo étnico y un sentido desenfocado —por eso mismo, peligroso— de los valores nacionales e individuales.
El choque es brutal. El choque es mortal.
Hay momentos en que la cinematografía alcanza cimas verdaderamente trascendentes: la servilleta roja convertida en sangre; la cámara mirando a través de una cortina que parece separar el oxígeno del dióxido de carbono que respiran aquellos condenados al horror; la violencia creciendo mientras todos creen todavía que están participando en una cena.
Viereck filma y firma una joyita.
Aunque rodada en color, Schopsui posee una monocromía moral que nos instala cromáticamente en lo sucio, en lo turbio, en lo lúgubre. Aquí se habla por todas partes: no solo desde el texto ni desde la interpretación —donde los seis actores refulgen—, sino desde cada plano, cada silencio, cada encuadre y cada escalón de la progresión dramática de un relato implacable que avanza hacia un clímax brutal.
Hoy sé por qué conocí a Edgardo Viereck. Me comprometí a no comunicar sobre esto, pero hay carne humana que uno no puede digerir: en el TIE (Taller Internacional de Escritores) aprendí a decir cine; con Edgardo aprendí a callarlo. Uno me llevó al otro y los dos, a mí mismo. Juntos estamos pensando, conspirando, cuadrando un hold-up: una irrupción en un segmento de la industria donde no podemos entrar pidiendo permiso ni ofreciendo disculpas.
Hoy me siento mucho más seguro. Y comprendo mejor por qué Dios puso en mi camino a Edgardo Viereck y a Daniel Aguilera, su productor.
Porque, para producir en nueve días todo lo que Viereck fue capaz de concebir, hay que estar tan loco como él.
O ser, definitivamente, tan genio como él.
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